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– ¿Puede dejarle un mensaje?

– No, si quiero conservar mi trabajo. Nada de prensa los días en que hay reunión. Me mataría.

– No, a él no. A uno de los rusos. Sikorsky. Es…

– Ya sé quién es. ¿Quiere verlo? ¿Por qué no les pregunta por él a los rusos?

– Me gustaría verlo hoy -dijo sonriente-. Ya sabe cómo son. Si puede dejarle una nota… Es un asunto oficial.

– ¿De quién? -preguntó en tono seco.

– Sólo una nota…

La secretaria suspiró y le tendió un trozo de papel.

– Dese prisa. Es mi hora de comer.

Ni que tuviera una cita en su cafetería preferida.

– Se lo agradezco -dijo Jake mientras escribía-. Jeanie, ¿verdad?

– Cabo -aclaró, pero le sonrió, halagada.

– Por cierto, ¿tiene al despachador de vuelo?

La secretaria se llevó la mano a la cadera.

– ¿Va con segundas o me lo pregunta en serio?

– El despachador del aeropuerto de Francfort. Muller iba a localizarlo a petición mía. ¿Le suena?

Jake observó su rostro perplejo. Por fin cayó en la cuenta.

– Ah, el trasladado, claro -dijo-. Acabamos de terminar con el papeleo. ¿Tendría que haberle informado?

– ¿Lo han trasladado? ¿Cómo se llama?

– Es imposible acordarse. ¿Sabe todo lo que pasa por aquí? -dijo, mientras señalaba los archivadores con la cabeza-. Es otro de los muchos que vuelven a casa. Sólo me fijé por Oakland.

– ¿Oakland?

– Su lugar de procedencia, y el mío. Pensé que al menos uno de los dos volvía a casa. ¿Quién es?

– El amigo de un amigo. Le dije que iría a verlo y me he olvidado de su nombre.

– Bueno, ¿qué más da? Ya estará de camino. Espere un momento, a lo mejor todavía lo encuentro entre los asuntos pendientes. -Abrió uno de los cajones del archivador y echó un vistazo por encima-. No, está archivado -dijo, y cerró. De nuevo en un callejón sin salida-. ¿Era importante?

– Ya no. -Estaría en algún buque de transporte atravesando el Atlántico-. Le preguntaré a Muller, tal vez él se acuerde.

– ¿Muller? La mayor parte del tiempo no tiene ni idea de lo que entra. Para él no es más que papeleo. El ejército… Y luego dicen que es un buen sitio para conocer gente.

– ¿Usted ha conocido a mucha gente? -preguntó Jake sonriente.

– A cientos. ¿Está escribiendo un libro o qué? Es mi hora de comer.

La mujer lo condujo por el pasillo hasta la antigua sala del tribunal y pasó como si nada junto a los guardias de la entrada, con la nota en alto. A través de la puerta abierta, Jake vio las cuatro mesas colocadas juntas formando un cuadrado; los ceniceros, desde los que ascendía humo como el vapor de las alcantarillas. Muller se sentaba junto al general Clay, tenía el rostro anguloso y adusto, su expresión mostraba la paciencia circunspecta del que está escuchando un sermón. El ruso que tenía la palabra parecía intimidar a todo el mundo, incluso a los de su propia mesa que, sentados junto a él, permanecían hieráticos y cabizbajos, como si también ellos estuvieran esperando a oír la traducción. Jake vio cómo Jeanie se dirigía a la zona de la sala reservada a los rusos, cosa que sorprendió a Muller. Siguió sus movimientos mientras ella se inclinaba para tenderle la nota a Sikorsky. Un vistazo rápido, el índice que señalaba al pasillo, un asentimiento, un gesto discreto para apartar la silla mientras el delegado ruso hablaba en tono monótono.

– Señor Geismar -dijo el ruso, una vez en el pasillo, con las cejas arqueadas y expresión intrigada.

– Siento interrumpirle.

– No importa. Entregas de carbón. -Señaló la puerta cerrada con un gesto de la cabeza. Luego se volvió hacia Jake, expectante-. ¿Quería algo?

– Una entrevista.

– Una entrevista. No es el mejor momento…

– Usted decide. Tenemos que hablar. Tengo algo para usted.

– ¿Qué?

– La esposa de Emil Brandt.

Sikorsky no dijo nada, su mirada severa recorría el rostro de Jake.

– Me sorprende -confesó por fin.

– No veo por qué. Hizo un trato para conseguir a Emil. Ahora puede cerrar otro para tenerla a ella.

– Se equivoca -dijo, sin alterarse-. Emil Brandt está en el oeste.

– ¿De verdad? Pruebe en Burgstrasse. Es probable que se alegre de tener noticias suyas, sobre todo si le dijo que su mujer iba a ir a verlo. Seguro que eso lo anima.

Sikorsky se volvió y se alejó un poco para hacer tiempo mientras encendía un cigarrillo.

– Verá, a veces hay personas que acuden a nosotros, por motivos políticos. El futuro soviético. Ven las cosas como nosotros. Imagino que no será ése el caso de la esposa de Brandt.

– Eso es cosa de ella. Tal vez pueda convencerla, explicarle lo bien que se vive en los koljost. A lo mejor puede hacerlo Emil. Es su marido.

– ¿Y usted quién es exactamente?

– Un viejo amigo de la familia. Considérelo una especie de entrega de carbón.

– De procedencia inesperada. ¿Puedo preguntarle qué le induce a hacerme una proposición así? Imagino que no tendrá nada que ver con la cooperación entre Aliados.

– No exactamente. Le hablaba de cerrar un trato.

– Ah.

– No se preocupe. No soy tan caro como Tully.

– Me está hablando en clave, señor Geismar.

– Al contrario, trato de resolver un enigma. Yo le entrego a la esposa y usted me proporciona cierta información. No es un precio excesivo, sólo le pido unos datos.

– Unos datos -repitió Sikorsky, sin definirse al respecto.

– Pequeñas preguntas que me rondan por la cabeza: por qué se encontró con Tully en el aeropuerto, adonde lo llevó, qué hacía en el mercado de Potsdam… Unas cuantas cosas por el estilo.

– Una entrevista de prensa.

– No, privada. Sólo entre usted y yo. Una buena amiga mía fue asesinada ese mismo día en Potsdam. Era una buena chica, no le había hecho daño a nadie. Quiero saber por qué. Es importante para mí.

– A veces, por desgracia, ocurren accidentes.

– A veces, sí. Pero la muerte de Tully no fue un accidente. Quiero saber quién lo mató. Ese es el precio.

– ¿Y por eso va a entregar a Frau Brandt? ¿Por eso habrá reunión familiar?

– Le dije que se la entregaría, no que pudiera quedarse con ella. Hay ciertas condiciones.

– Más negociaciones -soltó Sikorsky mientras miraba atrás, hacia la puerta-. Según mi experiencia, nunca resultan satisfactorias. Nosotros no conseguimos lo que queremos y usted tampoco. Es un proceso muy pesado.

– La conseguirá.

– ¿Qué le hace pensar que estoy interesado en Frau Brandt?

– La ha estado buscando. Tenía a un hombre vigilando al padre de Emil, por si aparecía.

– Con usted -aclaró Sikorsky sin rodeos.

– Y, como conozco a Emil, sé que se pasa el día soñando con ella. Es difícil sonsacar información a un hombre que desea tanto ver a su esposa. Resulta muy violento.

– Cree que se trata de eso.

– Nos hizo lo mismo a nosotros cuando lo teníamos. No irá a ninguna parte sin ella. Si no, ya lo habría enviado usted al este hace semanas.

– Lo habríamos hecho si lo tuviéramos.

– ¿Le interesa o no?

Tras ellos, la puerta se abrió y se oyeron unas imperiosas frases pronunciadas en ruso. Sikorsky se volvió y le hizo un gesto con la cabeza a un ayudante.

– Los británicos muestran interés. Ahora es grano, nuestro grano. Parece que todo el mundo quiere algo.

– Incluso usted -espetó Jake.

Sikorsky se lo quedó mirando, tiró el cigarrillo al suelo de mármol y lo aplastó con la bota, en un gesto crudo, un campesino con un barniz de buenas maneras.

– Venga al Adlon, hacia las ocho. Hablaremos en privado -dijo. Después señaló el bolígrafo de Jeanie, que Jake aún sostenía en la mano-. Y nada de notas. Quizá podamos llegar a algo.