– Sabía que diría eso.
– ¿De verdad? Entonces permítame que lo sorprenda. Esta vez el enigma es para usted. No puedo satisfacer el precio que me pide. Yo también quiero saber quién mató al teniente Tully. -Sonrió ante la expresión de Jake, como si acabara de ganar la primera partida-. Hasta las ocho.
Jake volvió a cruzar el pasillo, le daba vueltas en la mano al bolígrafo de Jeanie con gesto nervioso. Nada iba a dar resultado, ni Shaeffer y su disfraz de soviético, ni aquella entrevista. Otra negociación que no avanzaba. «No puedo satisfacer el precio que me pide.» Entonces, ¿por qué se había mostrado de acuerdo? Esa maliciosa sonrisa eslava mientras aplastaba el cigarrillo, como si fuera un insecto…
La puerta del despacho estaba cerrada, pero no con llave. El escritorio se encontraba tal y como lo había dejado Jeanie, ordenado para marcharse a comer. Devolvió el bolígrafo a su sitio y echó un vistazo a los archivadores. ¿Adonde habría ido? ¿Al comedor del sótano? Abrió el cajón en el que se encontraba la carpeta de asuntos pendientes y encontró un taco de hojas de papel carbón además de unos separadores alfabéticos. De Francfort a Oakland. Aunque no supiera su nombre, tenía que estar por allí. ¿Y luego qué? ¿Enviaría un mensaje a través de los canales? ¿Un telegrama a Hal Reidy para que lo localizara? Tardaría semanas de todos modos. Quienquiera que fuera la persona anónima que se encontraba navegando por el Atlántico, representaba otro cabo suelto. Jake cerró el cajón.
Echó mano al siguiente módulo, en el que Jeanie había archivado el informe de la policía hacía semanas. Por curiosidad, abrió el cajón para ver si todavía estaba allí. Había una pequeña carpeta sólo para Tully. El informe completo de la DIC con el informe de balística, una carta oficial de condolencia para la madre, el recibo de los gastos de expedición del ataúd y demás preparativos. Nada más, como si las aguas del Havel se lo hubieran tragado. Volvió a leer el informe, pero era el mismo que había visto ya: el acta de servicio, las misiones anteriores, los ascensos. «¿Por qué sigues interesándole a Sikorsky?», se preguntaba mientras lo hojeaba sin obtener respuesta, como de costumbre.
Abrió el cajón de debajo y hurgó dentro. A lo mejor encontraba alguna referencia cruzada, como los archivos del Centro de Documentación. Actas de la Kommandatura, presupuestos de las provisiones de víveres; la verdadera gestión de la ocupación, cajones y cajones llenos. Volvió a abrir el cajón del traslado y fue directo a la T. Echó un vistazo a los expedientes sin muchas esperanzas y, de pronto, se detuvo, sorprendido de que el nombre le saltara a la vista. Tal vez se tratara de otro Patrick Tully, más afortunado. Sin embargo, el número de serie era el mismo.
Sacó la hoja. Ordenes de viaje, de Bremen a Boston; fecha de salida, 21 de julio. Habría estado de vuelta en su hogar de Natick al final de la semana. Tenía que tratarse de otro truco, pero ¿cuál? ¿Para qué fue a Berlín? No sería para volar hasta Bremen, sin equipaje. La respuesta obvia era que quería cobrar, recoger el dinero para el viaje de vuelta a casa. Sin embargo, ¿por qué fue al Centro de Documentación? Jake se quedó mirando el papel de calco. No habían encontrado órdenes de viaje entre sus efectos. ¿Era posible que Tully no lo hubiera sabido, que hubiera seguido enfrascado en sus asuntos mientras su billete de vuelta a casa se encontraba en algún lugar de los canales burocráticos que recorrían Alemania?
– ¿Ha encontrado lo que estaba buscando? -Jake se volvió y observó a Jeanie de pie en la puerta con un bocadillo y una coca-cola-. ¡Qué descaro!
– Lo siento, es que me he acordado de su nombre después de que se marchara y pensaba que podría averiguar la dirección. No creí que le importara…
– La próxima vez que necesite algo, pídalo. Ahora será mejor que salga de aquí antes de que me entere de qué es lo que busca de verdad.
Jake se encogió de hombros. Se sentía como un colegial al que hubieran sorprendido registrando a hurtadillas el archivo del director.
– Ya le he dicho que lo siento -se disculpó mientras devolvía el papel a su sitio y cerraba el cajón-. No es precisamente un secreto de Estado.
– Se lo digo en serio, lárguese. Si lo encuentra aquí, nos cortará la cabeza a los dos. Le tengo aprecio, pero no tanto.
Jake levantó las dos manos como si se diera por vencido.
– De acuerdo, de acuerdo. -Se dirigió a la puerta y, al llegar, se detuvo sin soltar el pomo-. ¿Puede decirme una cosa?
– ¿Qué?
– ¿Cuánto tardan en llegar unas órdenes normalmente? Me refiero a las copias.
– ¿Por qué? -preguntó la chica con recelo. A continuación, dejó la coca-cola encima del escritorio y se apoyó en el borde-. Mire, las cosas llegan cuando llegan. Depende de cuándo las envían. Su amigo estaba en Francfort, ¿no? A saber cuánto pueden tardar. Francfort es un caos. Munich funciona bien, pero Francfort… Vaya a saber.
– ¿Y si las cancelaron?
– Lo mismo, pero ¿a qué viene todo esto?
– No lo sé muy bien -dijo, y sonrió-. Sólo estaba pensando. Gracias por su ayuda. Ha sido un placer. Tal vez algún día podamos tomar algo.
– Estoy impaciente -respondió.
Jake salió del despacho y empezó a bajar la gran escalera digna de un teatro de la ópera. Tratándose de Francfort, a saber cuánto podían tardar. Sin embargo, las órdenes del despachador de vuelo ya se encontraban allí. ¿Por qué no las de la cancelación de Tully, que tenían que ser anteriores? A menos que nadie se hubiera tomado la molestia, pensando que su muerte lo solucionaba todo. En el manifiesto aparecería que no se había presentado a la hora de embarcar, un papel menos.
Una vez en la calle, se dirigió a la hilera de jeeps aparcados en el patio, como los viejos taxis de Zoo Station o del Kaiserhof. Los aparcaban allí o en la sede central de Dahlem; divisiones de la flota, esperando a distintos pasajeros. Si alguien quería cubrir un trayecto, aquél era el lugar al que debía dirigirse. A menos que ya contara con un chófer ruso.
Jake volvió a Savignyplatz y se encontró a Erich jugando con algunas chicas del edificio, para las que era como un nuevo juguete. Pensó que era probable que le estuvieran dedicando más atención de la que había recibido hasta entonces en toda su vida. Rosen estaba en el apartamento con su maletín de médico, tomando un té. La habitación desprendía un aire hogareño poco habitual. Lena lo siguió hasta el dormitorio.
– ¿Qué ha ocurrido?
– Todavía nada. Sikorsky quiere que cenemos en el Adlon.
– Bien, en el Adlon -dijo con ironía atusándose el pelo-. Como en los viejos tiempos.
– Tú no. La cena es para dos.
– ¿Piensas ir solo? ¿Y Shaeffer?
– Primero tengo que arreglar las cosas.
– ¿Y luego iré yo?
– Veamos primero lo que tiene que decirme.
Cogió la pistola de Liz de la cómoda y abrió la recámara para examinarla.
– ¿Te refieres a que no lo hará?
– De momento lo que dice es que Emil está en el oeste.
– ¿En el oeste?
– Eso dice -respondió Jake, que había captado en el espejo la expresión angustiada de Lena-. No te preocupes, lo hará. Sólo quiere retrasar el compromiso.
– No te cree -dijo, aún inquieta.
Jake se volvió hacia ella.
– Sí me cree. Es un juego, eso es todo, así que tendremos que seguir sus reglas. -La cogió por el hombro-. Ahora, basta. Dije que sacaría a Emil de allí y lo haré. Lo haremos así. Sikorsky es de los que prefiere empezar por una cena para romper el hielo.
Lena se apartó.
– ¿De verdad? ¿Eso es todo? ¿Una cena?
– Sí.
– Entonces, ¿por qué te llevas la pistola?
– ¿Has visto el Adlon últimamente? -Ella lo miró sin comprender-. Está lleno de ratas.
17