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Todo fue mal desde el principio. Los rusos, sin motivo aparente, habían establecido un puesto de control en la Puerta de Brandeburgo y, para cuando dejaron pasar a Jake, después de que les mostrara su documentación, ya se le había hecho tarde. Aún perdió más tiempo al tratar de encontrar el camino entre las ruinas desiertas del Adlon, y al final lo rescató un hombre vestido de chaqué que apareció en la oscuridad como un fantasma del pasado. Parecía un recepcionista sin mostrador. Dados los estragos, era un milagro que alguien siguiera viviendo allí. El vestíbulo y el edificio principal que daba a Unter den Linden habían quedado destrozados, pero entre los escombros se abría un amplio camino que conducía a un anexo trasero. El recepcionista lo orientó con la linterna a través de los pequeños montones de ladrillos, pasando por encima de ellos como si no fueran más que restos que la empleada de la limpieza aún no había pasado a recoger. Luego subieron un tramo de la escalera de servicio hasta el pasillo en penumbra. Al final, se abría un comedor muy iluminado, tan surrealista como todo lo demás, un hervidero de uniformes soviéticos y camareros que transportaban fuentes ataviados con chaqueta blanca. Las ventanas, abiertas, daban a un agujero que antes había sido el jardín de Goebbels. Sikorsky estaba sentado cerca de una de ellas y expulsaba el humo del cigarrillo hacia el aire nocturno. Jake apenas había echado a andar hacia él cuando alguien lo aferró por la manga.

– ¿Qué haces tú aquí?

Jake se sobresaltó. Estaba más nervioso de lo que creía.

– Brian -dijo, medio aturdido.

Su rostro rubicundo también tenía algo de surrealista, fuera de lugar. Estaba sentado a una mesa de cuatro, con dos soldados rusos y un pálido civil.

– No habrás venido por la comida, me imagino. Aunque a Dieter le encanta el colinabo. ¿Te apetece tomar algo?

– No puedo. He quedado con alguien, para una entrevista.

– Nadie mejor que esta gente. Tomaron el Reichstag. Este de aquí plantó la bandera en persona.

– ¿De verdad?

– Bueno, eso dice, lo que viene a ser lo mismo. -Echó un vistazo alrededor de la sala-. No será Sikorsky, ¿verdad?

– Ocúpate de tus asuntos -soltó Jake.

– No conseguirás nada. Es como querer sacar agua de las piedras. ¿Irás luego al centro? Va a haber una buena juerga.

– ¿Por qué?

– ¿No lo has oído? El Sol Naciente está a punto de ponerse. Sólo están esperando un telegrama. Esto ya está hecho, ¿no te parece? Seis jodidos años.

– Sí, se acabó.

– ¡Salud! -exclamó Brian, y al levantar la copa volvió los ojos hacia Sikorsky-. Ándate con cuidado. Ese se carga hasta a los suyos.

– ¿Quién lo dice?

– Todo el mundo. Pregúntaselo. -Apuró la copa-. No, mejor no lo hagas. Ve con cuidado.

Jake le dio una palmada en el hombro y se alejó. Sikorsky se había puesto en pie mientras lo esperaba. Al encontrarse, no le estrechó la mano, sólo asintió mientras Jake se quitaba la gorra y la dejaba encima de la mesa tocando la del ruso, como si también las gorras fueran a enfrentarse.

– ¿Un colega? -inquirió Sikorsky, y se sentó.

– Sí.

– Bebe demasiado.

– Sólo lo aparenta. Es un viejo truco de reportero.

– Los ingleses… -dijo Sikorsky sacudiéndose un poco de ceniza-. Los rusos bebemos de verdad. -Sirvió un vaso de vodka y se lo acercó a Jake, tenía la mirada clara y sobria-. Muy bien, señor Geismar, ya tiene su entrevista, pero no dice nada. -Dio una calada a su cigarrillo negro sin apartar la vista de los ojos de Jake-. ¿Hay algún problema?

– Nunca había mirado a los ojos a un hombre que quisiera asesinarme. Es una sensación extraña.

– Eso es porque no ha estado en la guerra. Yo he mirado a cientos. Claro que ellos también me han mirado a mí.

– ¿También rusos? -preguntó Jake, buscando su reacción-. He oído que mata a sus propios hombres.

– No eran rusos, eran saboteadores -puntualizó sin inmutarse.

– Desertores, querrá decir.

– En Stalingrado no había desertores, sólo saboteadores. La primera opción no existía. ¿Es de eso de lo que quiere hablar? ¿De la guerra? No sabe nada de ella. Defendimos el frente. Nos atacaban por delante y por detrás. Un buen incentivo para combatir. Era necesario ganar, y ganamos.

– Algunos ganaron.

– Permítame que le cuente una historia, ya que parece que le interesa. Teníamos que abastecer la línea desde el otro lado del Volga y los alemanes cubrían la orilla desde lo alto. Si desembarcábamos, nos dispararían. Pero teníamos que desembarcar. Así que enviamos a muchachos, no a soldados. Nos servimos de niños.

– ¿Y?

– Les dispararon.

Jake apartó la mirada.

– ¿Adonde quiere ir a parar?

– Lo que quiero decir es que seguramente usted no puede hacerse una la idea de lo que fue. Es imposible que entienda lo que tuvimos que pasar. Tuvimos que volvernos de acero. Después de eso, unos cuantos saboteadores no significan nada de nada.

– Me pregunto si ellos opinaban lo mismo.

– Se está poniendo sentimental. Nosotros no podíamos permitirnos ese lujo. -Llamó al camarero y le tendió unos cuantos cupones-. Dos. Lo siento, pero no hay carta. ¿Le gusta la sopa de repollo?

– Es uno de mis platos favoritos.

Sikorsky alzó las cejas y hizo un gesto al camarero para que se fuera.

– Tal como dice Gunther, le encantan las bromas. Es un cínico, como todos los sentimentales.

– Han hablado de mí.

– Claro. Una combinación muy curiosa. También es perseverante. ¿Qué quiere? Todavía no lo sé.

– ¿A él también le pagó?

– ¿Para que me hablara de usted? -Sikorsky esbozó una sonrisa-. No se preocupe por eso. No es corrupto. Es un ladrón, pero no un degenerado. Otro sentimental.

– Tal vez no queramos volvernos de acero.

– Entonces no ganarán -se limitó a responder Sikorsky-. Acabarán cediendo.

Jake se recostó y se quedó mirando el duro rostro del soldado, el brillo literalmente metálico del sudor bajo la luz intensa.

– Explíqueme una cosa -dijo, casi en un susurro-. ¿Qué ocurrirá cuando todo termine? -La vieja pregunta surgía de nuevo-. Los japoneses van a rendirse. ¿Qué pasará entonces con todo? ¿Con tanto acero?

Sikorsky lo miró intrigado.

– ¿Le parece que todo ha terminado?

Antes de que pudiera responder, el camarero llegó con la comida. La manga blanca deshilachada le quedaba demasiado larga y estuvo a punto de meterla en la sopa. Sikorsky empezó a sorber haciendo ruido, sin molestarse en apagar el cigarrillo.

– Bien, ¿empezamos? -lo invitó, y echó un trozo de pan en el caldo-. Dijo que quería hacer un trato, pero la verdad es que no tiene ninguna intención de entregarnos a Frau Brandt. ¿A qué está jugando?

– ¿Qué le hace pensar eso? -preguntó Jake, desconcertado.

– ¿Es la mujer que conocí en Unter den Linden? Creo que no se trataba sólo de una amiga. -Negó con la cabeza-. No, ninguna intención.

– Se equivoca -lo contradijo Jake tratando de hablar en tono firme.

– Me alegro, pero no tiene importancia. No me interesa si Herr Brandt se reúne con su esposa o no. Será bueno para él, pero a mí me da igual. Ya ve, me ha ofrecido el producto equivocado. La próxima vez, pruebe con el carbón, con algo más buscado. Con eso no puede negociar.

– Entonces, ¿por qué no lo ha trasladado?

– Sí lo he hecho. Un instante después de que me dijera dónde se encontraba. Si usted lo sabía, tal vez lo supiera alguien más. Medidas de precaución, puede que innecesarias. Gunther dice que trabaja usted solo, y lo admira por ello. Tal vez porque cree que son iguales, pero no es más que un imbécil. -Levantó la vista del plato-. Nosotros no somos imbéciles. Muchos han cometido ese error, incluso los alemanes, hasta que los destruimos. -Se llevó el pedazo de pan mojado a la boca y lo sorbió.