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– Pero lo ha retenido en Berlín -continuó Jake sin darse por vencido.

– Sí, durante demasiado tiempo. Eso fue cosa de su querido teniente Tully. Dijo que lo retuviera aquí, que tal vez necesitara su ayuda. Un error.

– ¿Su ayuda? ¿Para qué?

– Para dar con los demás -se limitó a responder Sikorsky.

– Emil nunca…

– ¿Eso cree? No ponga nunca la mano en el fuego por lo que un hombre es o no es capaz de hacer. De todas formas, en este caso coincido con usted. No es como Tully, ése sí era capaz de cualquier cosa.

– Incluso de utilizar a Lena para obligar a Emil a colaborar.

– Yo también creía que ése era su plan. Así que, como bien dice, la busqué, la moneda de cambio. Sin embargo, ahora sé que estaba equivocado. Tully no lo sabía.

– ¿Qué es lo que no sabía?

– Lo de usted. ¿Qué utilidad tiene una esposa que está con otro hombre? Ninguna. La infiel Frau Brandt. Ya lo ve, señor Geismar, va por mal camino. Me ofrece a la esposa, finge que me la ofrece, pero en realidad yo quiero a sus compañeros de trabajo, no a su mujer. A ella ya no la necesito para nada. De hecho, parece que nunca me hizo falta. Gracias por aclarar ese asunto. Ha llegado el momento de que Brandt salga de Berlín. No hay ningún motivo para que siga aquí, y no está en Burgstrasse. Por cierto, ¿cómo lo supo?

– Lo vieron -respondió Jake.

– ¿Los americanos? Como creía, era mejor sacarlo de aquí. Además, tiene trabajo que hacer. La demora ha sido un error. Tómese la sopa, se le está enfriando.

– No me apetece.

– Entonces, no le importará. -Sikorsky estiró los brazos para intercambiar los platos-. Desperdiciar la comida…

– Sírvase -dijo Jake mientras le daba vueltas a la cabeza tratando de ordenar las ideas.

Iba a utilizarla de moneda de cambio, pero Tully no la buscaba a ella, había ido al Centro de Documentación. ¿Lo sabría Sikorsky? Seguía sin soltar prenda, sólo comía sopa. Detrás de ellos, en la mesa de Brian, cada vez había más ruido. Los brindis y las carcajadas llegaban a sus oídos como un eco mientras miraba el plato de sopa. «Me ha ofrecido el producto equivocado.»

– Entonces, ¿por qué me ha citado aquí?

– Ha sido usted quien me ha citado -puntualizó Sikorsky en tono insulso mientras inclinaba el plato para apurarlo.

– Ya, y pensó que resultaría divertido mandarme al cuerno.

– No, divertido no. A mí no me gustan tanto las bromas como a usted. Tuve una idea y quería proponerle otro trato, algo que los dos queremos. ¿Me permite que le sorprenda?

– Pruebe.

– Voy a llevarlo hasta Emil Brandt.

Jake bajó la vista despacio, no se fiaba de su propia reacción. El mantel blanco estaba manchado. Sikorsky seguía sujetando la cuchara entre sus dedos toscos.

– ¿De verdad? ¿Por qué querría hacer eso?

– Será útil. No hace más que… ¿Cómo ha dicho? Soñar con ella. Es cierto, no deja de nombrarla. «¿Cuándo vendrá?» -preguntó con voz de falsete-. Es mejor para su trabajo que no albergue falsas esperanzas. A mí no me creería, pero a usted, al novio de su esposa… -Arrastró la palabra «novio»-. Puede ir a decirle adiós de parte de ella, y así Brandt se marchará tranquilo. Sólo se trata de un pequeño favor.

Se enjugó la comisura de los labios con la servilleta y luego la dejo hecha un ovillo encima de la mesa.

– Es usted un verdadero cabrón, ¿verdad?

– Señor Geismar -dijo Sikorsky con un brillo en los ojos-. No soy yo el que se acuesta con la esposa de Brandt.

– ¿Y cuándo se supone que voy a hacerlo? -preguntó Jake mientras trataba de aparentar serenidad.

– Ahora. Se marcha mañana. Es mejor así, si los americanos saben lo de Burgstrasse. Se estarán poniendo nerviosos, así que también puede tranquilizarlos a ellos. No va a volver.

– Protestarán.

– Sí, les gusta hacerlo. Pero él ya no estará aquí. Uno más que se decanta por el futuro soviético. ¿Nos vamos ya? -Cogió el sombrero.

– Va demasiado deprisa.

Sikorsky sonrió.

– Es el elemento sorpresa. Resulta muy efectivo.

– Me refiero a que no hemos terminado. Yo todavía no tengo lo que quiero.

Sikorsky se lo quedó mirando sin comprenderlo.

– La información. En eso consistía el trato.

– Señor Geismar -dijo con un suspiro-, ¿tiene que ser precisamente ahora? -Dejó la gorra, encendió otro cigarrillo y miró el reloj-. Le doy cinco minutos. ¿Quiere que le hable de su amiga, la del mercado? Ya se lo dije, una desgracia…

– El objetivo era yo. ¿Por qué?

– Porque era un fastidio -soltó enseguida el ruso en tono aburrido mientras apartaba el humo-. Y lo sigue siendo.

– ¿A quién se lo parezco? A usted no.

Sikorsky se lo quedó mirando sin responderle, luego se volvió hacia la ventana abierta.

– ¿Qué más?

– Dijo que usted también quería saber quién mató a Tully. ¿Por qué?

– ¿No le parece obvio? Era mi cómplice, tal como lo describiría usted. Ahora tendremos que procurarnos otra fuente de suministro. Ha sido una muerte muy inoportuna. -Se volvió-. ¿Qué más?

– Fue a buscarlo a Tempelhof. ¿Adonde lo llevó?

– ¿Le importa?

– La entrevista la hago yo. Quiero conocer los detalles. ¿Adonde?

Sikorsky se encogió de hombros.

– A buscar un jeep. Quería uno.

– ¿Al Consejo de Control? -insistió Jake, y dio un trago.

– Sí, a Kleist Park. Allí hay jeeps.

– ¿Y luego?

– ¿Luego? ¿Cree que era el momento de dar un paseo por Berlín, de que nos vieran juntos?

– Los vieron en Tempelhof.

– ¿Quién? -dijo. De súbito se había puesto en guardia.

– La mujer a quien mató en Potsdam.

– Ah -dijo con cara de pocos amigos, sin saber muy bien cómo reaccionar. Acabó por sacudirse el tema al tiempo que hacía lo propio con la ceniza que había caído sobre la mesa-. Bueno, está muerta.

– Pero los vieron. ¿Por qué fue a buscarlo?

– Creo que puede deducirlo.

– Para entregarle dinero.

Sikorsky asintió.

– Claro. Lo único que le importaba era el dinero. Lo adoraba. Es el punto débil de los americanos.

– Es muy fácil criticarnos y utilizar nuestras planchas.

– Lo hemos pagado con sangre. ¿Nos envidia la contabilidad? Hemos pagado por cada marco.

– En fin. La cuestión es que le pagó por Brandt.

– Pues la verdad es que no. ¿Le interesan ese tipo de detalles? Le pagaron cuando llegó a la frontera con Brandt. Al contado, en el momento de la entrega.

– ¿Tully lo llevó en coche hasta la zona rusa?

Así que no había pasado el fin de semana en Francfort.

Sikorsky se recostó, con suficiencia. Un veterano contando historias de la guerra.

– Era lo más seguro. Sacar a Brandt en avión habría resultado demasiado arriesgado, habría sido más fácil seguirle la pista. Tenía que desaparecer sin dejar rastro. Así que Tully lo acompañó en coche. No estaba muy lejos. Aun así, ¿sabe una cosa? Nos pidió gasolina para la vuelta. Siempre exigía un poco más, era de esa clase de gente. Ahí tiene otro detalle. Hizo el viaje de vuelta con gasolina rusa.

– Entonces, ¿por qué le pagó en Tempelhof?

– Por las siguientes entregas.

– ¿Le pagó por anticipado? ¿Se fiaba de él?

Sikorsky sonrió.

– Usted no lo conocía. Era cuestión de darle un poco, siempre volvía a por más. Sin ninguna duda. Era una inversión segura.

– Que acabó perdiendo…

– Por desgracia, pero eso ya no importa. Como usted mismo ha dicho, podemos imprimir más dinero. ¿Ha quedado satisfecho? Venga conmigo, verá cómo termina la historia.

– Una última cosa. ¿Por qué quiere saber quién lo mató? Por eso me ha hecho venir, ¿verdad? Quería que le dijera lo que sé.

– Ya lo ha hecho. Ya me ha dicho lo que quería saber: no lo sabe.