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– Te han encontrado. Creía que… -Se detuvo con el rostro junto a su melena, apenas si le acarició la nuca con una mano, como sí un mayor contacto físico fuera a hacerla desaparecer-. Qué guapa -dijo la voz grave y familiar.

Jake sintió una pequeña punzada, como si se hubiera cortado con un papel.

Lena retrocedió y levantó una mano para retirarle un mechón de pelo de la frente. El aún la rodeaba con el brazo.

– ¿Estás bien?

Emil asintió.

– Y ahora tú estás aquí.

Lena bajó la mano y la posó sobre su hombro.

– Sólo estaré un rato. No puedo quedarme. -Lena vio el desconcierto en su rostro y retrocedió un poco más para zafarse de su abrazo. Luego se volvió hacia Sikorsky-. No sé qué decir. ¿Qué le ha contado?

Por fin Emil se volvió hacia los demás. Se quedó atónito al ver a Jake; otra reminiscencia.

– Hola, Emil -saludó Jake.

– ¿Jacob? -casi farfulló, vacilante.

Jake se acercó, de forma que quedaron frente a frente. Tenían la misma altura, el mismo peso. Esta vez sí lo notó cambiado. Sus ojos miopes no sólo conservaban el aire distraído, también los tenía hundidos, habían perdido la vitalidad que antes traslucían.

– No lo comprendo -prosiguió Emil.

– El señor Geismar ha acompañado a Frau Brandt hasta aquí para hacerle una visita -aclaró Sikorsky-. Quería asegurarse de que iba a volver sana y salva.

– ¿Volver?

– Ha decidido quedarse en Alemania. Toda una patriota -dijo el general con sequedad.

– ¿Quedarse? Pero es mí esposa… -Emil se volvió hacia Lena-. ¿Qué significa esto?

– Tendrán cosas que contarse -concedió Sikorsky, y miró su reloj-. Qué poco tiempo. Siéntense. -Señaló un sofá raído-. Señor Geismar, venga conmigo. Convendrá que se trata de asuntos privados. No se preocupe, es la misma la habitación.

Le indicó la puerta abierta hacia una sala contigua.

– ¿Se aloja aquí con usted? -preguntó Jake.

– Es una suite, idónea para los invitados.

Por primera vez, Jake echó un vistazo a la pequeña sala maltratada por la guerra. Una grieta recorría la pared, y en el sofá cama estaba la sábana de Emil hecha un ovillo. Fuera se apostaban los guardias.

– No lo comprendo -volvió a decir Emil.

– Te envían al este -le explicó Lena-. Era la última oportunidad de verte, antes de que fuera demasiado tarde. Una vez allí… ¿Cómo iba a decírtelo?

– ¿Al este?

Ella asintió.

– Ya sé que lo hiciste por mí. Allí estabas a salvo, y ahora… todo esto -dijo Lena con voz emotiva-. ¿Por qué te marchaste? ¿Por qué creíste a ese hombre?

Emil se la quedó mirando, tembloroso.

– Quería creerle.

– Sí, por mí, como aquella última semana, cuando viniste a Berlín… Creía que estabas muerto. Es culpa mía. Todo esto es por mí -se calló y bajó la cabeza-. Emil, no puedo.

– Eres mi esposa -dijo, aturdido.

– No. -Le posó la mano en el brazo con suavidad-. No. Tenemos que acabar con esto.

– ¿Acabar?

– Venga -le dijo Sikorsky a Jake. De pronto se sentía violento-. Tenemos otros asuntos que resolver.

– Luego.

Sikorsky entornó los ojos y se encogió de hombros.

– Como quiera. De hecho, es mejor así. Puede quedarse hasta que él se haya marchado. Así nadie dará la alarma. Dormirá en el sofá, si no le importa. Él dice que no se está mal. Luego podemos hablar tanto como guste.

– Dijo que se iría mañana.

– Le mentí. Se va esta noche.

Una jugada más de ventaja.

– ¿Hablar? ¿De qué? -dijo Emil en tono distraído-. ¿Por qué está él aquí?

– ¿Por qué está usted aquí, señor Geismar? -preguntó Sikorsky en tono de broma-. ¿Se lo quiere explicar?

– Sí, ¿por qué has venido con ella? -preguntó Emil.

Sin embargo, Jake no lo escuchó. Tenía la mente ocupada en la mirada severa que acompañaba la sonrisa de Sikorsky. «Tanto como guste.» Toda la noche, esperando oír algo que Jake no sabía, allí encerrado hasta que se lo dijera. Esta vez estaba más que acorralado; lo tenía atrapado.

– Pero ella se marcha -dijo Jake mirando a Sikorsky a los ojos.

– Claro. Ése era el trato.

Sin embargo, ¿por qué iba a creer aquellas palabras? Veía a Lena obligada a subirse al tren con Emil, mientras él permanecía impotente en su celda del Adlon inventándose historias. Nunca la dejarían irse.

Sikorsky posó un dedo en el pecho de Jake, casi se lo clavó.

– Un poco de confianza, señor Geismar. Se la devolveremos a su amigo. Luego nos tomaremos un coñac, siempre ayuda a soltar la lengua. Me puede hablar del teniente Tully.

– ¿Tully? ¿Conoce a Tully? -inquirió Emil.

Antes de que pudiera responder, alguien llamó a la puerta tan de repente que Jake dio un respingo. Dos rusos con el pecho cubierto de medallas se pusieron a hablar con Sikorsky aun antes de entrar en la habitación. Por un instante, Jake pensó que habían venido a llevarse a Emil, pero les ocupaba alguna otra cosa, alguna crisis expresada mediante parrafadas en ruso y andares de acá para allá, manos por todas partes, hasta que Sikorsky, molesto, les indicó con un ademán que salieran de la habitación. Volvió a mirar el reloj.

– Discúlpeme. Siento perderme su explicación -le dijo a Jake-. Un momento muy interesante. Frau Brandt, no nos queda mucho tiempo. Le sugiero que deje los detalles para luego. -Miró a Jake-. Envíele a su marido una carta. Tal vez el señor Geismar se preste a ayudarla. -Levantó la cabeza y pronunció con brusquedad unas palabras en ruso dirigidas a la otra habitación, era evidente que respondía a una pregunta que sólo él había entendido-. Claro que es mejor en persona, pero dense prisa. Sólo tardaré un momento, tengo que resolver un pequeño asunto. Una cuestión burocrática, no tan emocionante como esto.

Se volvió para salir.

– ¿Por qué tiene que ayudarte a escribir una carta, Lena? -preguntó Emil-. ¿Lena?

Sikorsky sonrió a Jake.

– Un buen comienzo -dijo, y se dirigió al dormitorio de al lado mientras soltaba otra parrafada en ruso.

Dejó la puerta entreabierta, de forma que se le seguía oyendo.

Jake apartó la vista de la puerta y la posó en la grieta de la pared. Otro edificio que se derrumbaba. De súbito se vio otra vez allí. El crujido de las vigas le retumbaba en los oídos. Esta vez no había cámaras de los noticiarios en el exterior, sólo ametralladoras, pero reinaba el mismo pánico inmóvil. «Sácala de aquí antes de que todo se venga abajo. No lo pienses, hazlo.»

– ¿Por qué la has traído? -preguntó Emil-. ¿Qué tienes que ver tú con todo esto?

– Déjalo -atajó Lena-. Ha venido para ayudarte. Dios mío, y mira ahora. ¿Qué vamos a hacer, Jake? Van a llevárselo. No hay tiempo…

Oía las palabras en ruso a través de la puerta abierta, un ruido sordo como el estruendo de la pared de Gelferstrasse. Acababa de salir por la puerta. Era un héroe. La gente veía lo que quería ver. «Sólo tardaré un momento.»

– ¿Tiempo, para qué? -dijo Emil-. Habéis venido juntos y…

– Déjalo, déjalo -insistió Lena mientras le tiraba de la manga-. No lo comprendes. Lo ha hecho por ti.

Emil se detuvo sorprendido de la fuerza de la mano de Lena. En el silencio repentino, las palabras en ruso de la habitación contigua se oían mejor. Jake volvió a observar la grieta. Un último movimiento. El elemento sorpresa.

– No, seguid hablando -los instó Jake-. Decid cualquier cosa, no importa, pero tienen que creer que estamos hablando. -Se quitó la gorra, se la puso a Emil, se la ladeó y lo miró.

– ¿Qué haces? ¿Te has vuelto loco?

– Tal vez, pero sigue hablando. Lena, di algo. Tienen que saber que estás aquí. -Empezó a tirar de la corbata-. Vamos -instó a Emil-. Desnúdate. Date prisa.

– Jake…

– Está loco -dijo Emil.