– ¿Quieres salir de aquí o no?
– ¿Salir? Es imposible.
– Quítate la maldita camisa. ¿Acaso tienes algo que perder? Te van a enviar a Nordhausen sin billete de vuelta, pero esta vez serás uno de los del túnel.
Emil lo miró, sorprendido.
– No, me han prometido…
– ¿Los rusos? No seas imbécil. Lena, ayúdale. Y di algo.
Ella se lo quedó mirando un instante, estaba tan asustada que no podía moverse, pero Jake la empujó de un codazo hacia Emil y empezó a desabrocharle la camisa. Estaba pálida.
– Haz lo que te pide, por favor -le dijo. A continuación, levantó la voz para hacerse oír-. Verás, Emil, todo esto resulta muy difícil.
Las palabras brotaban de forma entrecortada, el discurso sonaba incoherente por los nervios.
Jake dejó caer la pistolera en el sofá y se desabrochó los pantalones.
– Tenemos la misma talla. De lo único que tienes que preocuparte es de mantener baja la gorra. No me conocen. Sólo se fijarán en el uniforme.
Lena seguía parloteando, pero empezaba a flaquear. Jake se quitó los pantalones. En aquel momento podían pillarlo literalmente con los pantalones bajados.
– Date prisa, por el amor de Dios.
– ¿Qué sabes de Nordhausen? -preguntó Emil.
– Estuve allí. -Le lanzó los pantalones-. Vi tu trabajo.
Emil se lo quedó mirando sin decir nada.
– Jake, no puedo -dijo Lena, que se estaba peleando con la hebilla.
Sin habla, casi en trance, Emil la desabrochó y se bajó los pantalones.
– Muy bien. Ahora es tu turno -le dijo Jake a Emil-. Ponte los míos y empieza a hablar. En voz alta, pero sin pasarte. Ve soltando palabras. Lena, ven aquí. -Le hizo un gesto con la cabeza a Emil para que empezara a hablar y cogió a Lena por los hombros-. Escúchame bien.
– Jake…
– Chsss. Saldrás de aquí con él vestido de uniforme. -Señaló con la cabeza a Emil, que se estaba poniendo sus pantalones-. Como si no hubiera pasado nada. A los guardias no les importamos nosotros, estamos aquí de visita. Sólo les preocupa él. No digáis nada, marchaos. Intentad parecer relajados. Bajad, id hacia la mesa de Brian y salid deprisa. Decidle que se trata de una emergencia, ¿lo entiendes? Mantén a Emil cerca de ti. Si Brian no tiene coche, coged el jeep. Está en Unter den Linden, y las llaves, en el bolsillo de los pantalones. ¿Te acordarás? Luego iros todo lo deprisa que podáis. Os seguirán. No vayáis por la Puerta de Brandeburgo, hay un puesto de control. ¿De acuerdo? Pero rápido. Dejad atrás a Brian si es necesario. Llévalo al piso y quedaos allí; que no lo vean. -Le hizo un gesto con el pulgar a Emil, que ya estaba vestido-. ¿Listo? -preguntó mientras le enderezaba la corbata del uniforme militar-. Estás hecho todo un americano.
– ¿Y tú? -inquirió Lena.
– Primero tenemos que sacarlo a él. Te dije que lo haría, ¿verdad? Venga, marchaos.
– Jake -dijo Lena, tendiéndole el brazo.
– Luego. Vamos, di algo -le ordenó a Emil-. Y mantén la gorra ladeada.
– ¿Y si nos paran? -preguntó Emil.
– Os paran.
– Conseguirás que nos maten a todos.
– No. Te estoy salvando la vida. -Jake levantó la vista y lo miró-. Ahora estamos en paz.
– En paz -repitió Emil.
– Sí. Del todo. -Jake estiró el brazo y le quitó las gafas.
– No veo -protestó él sin ánimo.
– Coge a Lena del brazo. Muévete.
Aferró el pomo de la puerta.
– Te matarán por esto -dijo Lena en voz baja, una súplica.
– No, no lo harán. Soy famoso. -Jake quería arrancarle una sonrisa, pero se encontró con su mirada-. Deprisa. -Hizo girar el pomo con cuidado de no hacer ruido-. No os despidáis. Marchaos.
Abrió la puerta, se quedó detrás y les hizo un ademán desesperado para que salieran. Un segundo de vacilación, más peligroso que la huida misma, Lena se mordió el labio y lo miró una vez más. Por fin deslizó el brazo por debajo del de Emil y lo condujo fuera. Jake cerró la puerta y empezó a hablar para que su voz se oyera desde la habitación contigua y todos, incluidos los guardias, creyeran que las cosas iban bien. «Utiliza tu labia», se dijo, pero ¿cuánto duraría la conversación de los rusos? Lena y Emil debían estar en el pasillo, llegando ya a la escalera. Con suerte pasarían unos minutos antes de que Sikorsky saliera y cogiera la pistola. Porque Lena tenía razón, iban a matarlo. Ya no le quedaban más jugadas.
Empezó a abrocharse la camisa de Emil. Trataba de pensar y hablar al mismo tiempo. La pistolera se había quedado encima del sofá. ¿Por qué no le habría dicho que cogiera el arma en el comedor? Tal vez Brian estuviera lo bastante sobrio para cogerla al salir. Se disculparía ante los comensales, seguiría a Lena y a Emil hasta la calle entre los escombros, sin correr, tropezando en la oscuridad. Les haría falta tiempo. Echó un vistazo por toda la habitación. Nada, ni un triste armario guillermino. El baño estaba justo al lado, fuera de la habitación. Sólo una puerta lo separaba de las ametralladoras, y la ventana daba al jardín de Goebbels. Caería en blando, pero el aterrizaje no sería muy suave desde una altura de dos pisos. No, eran tres; imposible salvar el golpe. En las películas de cárceles, anudaban sábanas blancas para formar una trenza, como la de Rapunzel. Cuentos de hadas. Volvió a mirar el sofá cama. Había una sábana y ningún sitio donde asegurarla, salvo el radiador bajo la ventana visible para los rusos desde el otro lado de la puerta. Hasta el nudo más sencillo le llevaría demasiado tiempo. Le habrían disparado antes de que diera la primera vuelta a la tela.
Palpó el cinturón de Emil mientras se preguntaba por qué se había molestado en vestirse. Tenía que haber alguna manera de convencer a los guardias para que lo dejaran salir. Todos querían relojes, como el ruso de detrás de la Alex. Sin embargo, ahora era Emil, no un soldado americano con material que ofrecer. Volvió a mirar hacia la ventana. El radiador era viejo y seguramente llevaba un año sin dar calor aun con la espita abierta del todo. Era antigua, diseñada a juego con el pomo de la puerta. Se oyó una carcajada procedente de la habitación contigua. Pronto aparecerían. ¿Cuántos minutos habían transcurrido? ¿Le habría dado tiempo a Brian de acompañarlos hasta Unter den Linden? Volvió a hablarle a la sala vacía. Sikorsky lamentaría haberse perdido aquella escena.
Empezó a sacar el cinturón de las trabillas, se detuvo un momento y volvió a mirar hacia la ventana. ¿Por qué no? Por lo menos serviría para amortiguar la caída. Cogió la correa de la pistolera. Era más ancha, no cabía. Forzó un extremo a través de la hebilla del cinturón de Emil, lo apretó y al fin consiguió, con dificultad, que el grueso cuero penetrara en la anilla metálica. Por último dio un tirón. Si aguantaba, la doble longitud le proporcionaría… ¿Cuánto? ¿Dos metros?
– ¿Se le ocurre algo mejor? -dijo en voz alta, como si siguiera discutiendo con Emil.
La hebilla de la pistolera formaba un cuadrado lo bastante grande para, con un poco de suerte, hacer pasar por él la espita del radiador. «Te estoy salvando la vida.»
Más risas. Se acercó en silencio hasta la puerta. Estaba sudando, así que se secó la palma de la mano y la enroscó el extremo del cinturón, lo aferró y sostuvo la hebilla con la vista fija en el radiador. Si tardaba más de un segundo, era hombre muerto. Tomó aire deseando que le sonriera la suerte y avanzó deprisa, pasó la hebilla por la espita y se subió al alféizar. Al engancharla, se oyó un pequeño ruido metálico imperceptible para los rusos en plena conversación, y se le escapó un gruñido al descolgarse, mientras se agarraba al cinturón con la otra mano, tratando de no caerse. Los pies le colgaban en el vacío. Se sujetó con fuerza un instante, no acababa de fiarse del cinturón. Después notó que resbalaba y que el cuero le quemaba la mano, hasta que llegó a la segunda hebilla. Se sujetaba con las dos manos a algo a lo que agarrarse y todo su peso pendía de una simple anilla de latón. Empezaba a sentir calambres en los brazos.