No era así. Cuando llegó arriba, tendido en el suelo, vio que se trataba de uno de los montones de escombros que desembocaban en la calle, sin conexión con el edificio contiguo. También vio, al bajar la cabeza, unos faros que iluminaban la calle, un coche militar soviético. Sikorsky bajó de un salto y, pistola en mano, apuntó al coche que se alejaba de Unter den Linden. El general se quedó quieto un minuto y miró en todas direcciones menos arriba, y a Jake se le ocurrió que podía quedarse allí tumbado, encaramado en lo alto de aquella montaña, el único lugar donde no lo buscarían. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta que por la mañana el sol descubriera su camisa blanca y lo rodearan con armas? Otro coche llegó y se detuvo mientras Sikorsky le daba instrucciones. A continuación avanzó hasta Behrenstrasse, la siguiente intersección, para interceptar aquella ruta. La única salida sin bloquear era la del oeste, por Wilhelmstrasse, si es que lograba llegar hasta allí antes de que los faros iluminaran la calle. Vio cómo Sikorsky ordenaba a uno de los soldados que lo siguiera y entraba en el edificio. El coche aún doblaba hacia Behrenstrasse.
Poco a poco, bajó arrastrándose de espaldas por la montaña de escombros como si se deslizara por una duna, pero unos cuantos cascotes se desprendieron. Cayó una pequeña avalancha, y no precisamente de arena. En pocos segundos, a pesar del ruido del motor, oirían el estruendo. Se agachó, tomó aire y empezó a correr por la pendiente, impelido por la gravedad. Apenas rozaba la superficie con los pies, por lo que creyó que acabaría dándose de bruces contra el pavimento. Al topar con la calzada llana se tambaleó, pero enseguida se apresuró calle abajo. ¿Cuánto tardarían en volverse? Las suelas de sus zapatos golpeaban el pavimento, corría hacia el sur en la penumbra y aumentaba la distancia que lo separaba del ministerio destruido. Se salía con la suya. Hasta que volvió a estallar una ráfaga de disparos. Era el coche de Behrenstrasse, que iluminaba su camisa con la luz de los faros. Agachó la cabeza y siguió corriendo con desesperación en busca de alguna otra abertura en la pared medio derruida. Oyó gritos tras él, y más pasos. Seguro que Sikorsky y sus hombres habían reaccionado a los disparos y habían vuelto a salir a la calle.
Al final de un tramo largo y oscuro apareció el otro coche soviético. Jake se había parado en medio de la intersección de Voss Strasse, junto a la Cancillería. Podía torcer a la derecha y escabullirse por detrás de los edificios, por los solares cercanos al búnker de Hitler. Sin embargo, no había ningún hueco por el que colarse entre los cascotes. Gritos en la oscuridad. En el búnker habría guardias, incluso de noche, para ahuyentar a los saqueadores. ¿Quién creerían que era al verlo huir de los disparos? Estaba a punto de llegar al final de la calle, al control. Habían empezado a disparar de nuevo, tal vez al azar, tal vez al brillo pálido de su camisa.
Con un giro brusco dejó la calle y se introdujo en una zona oscura que se abría entre los escombros. Era un callejón sin salida, el borde de un cráter lunar que conducía de nuevo a la Cancillería. Pensó en las fotografías que había sacado Liz. Primero la sala alargada y luego el despacho en ruinas que se abría hacia la parte posterior. Ahora no habría nadie llevándose recuerdos. Trepó por otra montaña de escombros hasta la ventana de la planta baja y entró de un salto, al fin fuera de la calle. Se quedó quieto un minuto mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, luego atravesó la habitación y, al hacerlo, se golpeó la espinilla con una silla volcada. Retrocedió hasta la pared y avanzó a tientas hasta la siguiente ventana. Por allí entraba más luz, la suficiente para ver que la sala alargada seguía hecha un desastre, un campo de minas de muebles destrozados y arañas caídas. Siguió avanzando pegado a la pared para evitar las trampas de escombros del centro. Volvió a oír gritos procedentes del exterior. Debían de haber llegado hasta el coche que bloqueaba el camino y estarían a punto de volver sobre sus pasos y penetrar a través de los cascotes; una caza de ratas. Tenía que lograr llegar al otro extremo de la habitación, hacia el búnker. Tal vez aún no hubieran puesto sobre aviso a los guardias. El elemento sorpresa.
Acababa de topar con otra silla cuyo relleno sobresalía de la tapicería rasgada cuando las altas puertas se abrieron de golpe y volvieron a cerrarse por el impulso. Se escondió a toda prisa detrás de la silla y aguantó la respiración, como si el menor suspiro fuera a delatarlo. Era Sikorsky con algunos hombres, uno de ellos era uno de los guardias mongoles de la entrada. Las ametralladoras y las linternas recorrían la sala silenciosa. Sikorsky les hizo un ademán para que se dispersaran. Durante un segundo nadie se movió, dejando que se apagara el eco de su estrepitosa entrada. Entonces, Sikorsky dio un paso hacia la pared junto a la que estaba la silla y Jake se quedó helado, un escalofrío le recorrió la nuca. No era el miedo, sino el reguero de sangre que le resbalaba y le empapaba la camisa. ¿Cuánta habría perdido?
– ¡Geismar! -gritó Sikorsky al aire, produciendo otro eco. Miraba hacia el final de la sala, hacia el despacho y las ventanas que daban al jardín-. No logrará salir de aquí.
No a través del jardín, y tampoco volviendo a la calle.
– No habrá más tiroteos, le doy mi palabra. -No dejaba de hacer gestos a los soldados para que empezaran el rastreo, con las armas a punto. En Stalingrado habían combatido edificio por edificio. Fue una lucha de francotiradores-. Tenemos a Brandt -dijo, y ladeó la cabeza a la espera de recibir respuesta.
Jake exhaló, casi esperando que se oiría el eco. ¿Sería cierto? No, se habían alejado del Adlon muy deprisa, sin detenerse por nada. Un mal jugador de ajedrez.
Sikorsky hizo un gesto de asentimiento y sus hombres empezaron a avanzar con las linternas. Sólo uno se quedó junto a la puerta, pero iba armado. Jake siguió los rayos de luz. Llegaron hasta el fondo y volvieron atrás hasta que estuvieron seguros. Era imposible llegar al jardín. Levantó un poco la cabeza y miró por la ventana. Podría tratar de distraer al mongol y fugarse por Voss Strasse, pero en la esquina lo aguardaba el coche abierto, a punto para disparar. Incluso podía ser que hubiera otro mongol apostado en la escalera. Podía tratar de volver por donde había venido, por el cráter lunar. Sin embargo, la enorme habitación retumbaba a cada paso, y su única arma era un apoyabrazos astillado. La partida había terminado.
Los rusos estaban llegando al final del pasillo e iluminaban con las linternas el despacho donde los soldados americanos habían robado trozos de mármol desconchados del escritorio de Hitler. Dos de ellos registraron la habitación, luego volvieron a acercarse al extremo en el que se encontraba Jake. ¿Cuántos había? Cuatro, además de Sikorsky. Oyó un ruido de cristales rotos, el globo de una araña de luces bajo las pisadas. Transcurrieron unos minutos. Luego se detuvieron, volvían la cabeza hacia todas partes, alertados por algún ruido. ¿Se habría movido Jake? No. Estaba paralizado detrás de la silla. El ruido no procedía de la habitación y se hacía más intenso. Un pequeño estallido seguido de un rumor de motores y alboroto. Jake se estiró un poco hacia la ventana y miró fuera. La algarabía recorría Wilhelmstrasse y llegaba casi a la zona iluminada por los faros. «¡Ha terminado!», oyó que gritaban en inglés. «¡Ha terminado!» Parecían hinchas de fútbol. Entonces vio el jeep y a los soldados que levantaban botellines de cerveza y formaban con los dedos la señal de la victoria de Churchill. Ya se los veía. Eran americanos, como un equipo de rescate fantasmal salido de las novelas del Oeste de Gunther. Si lograba salir por la ventana, casi lo habría conseguido. Los rusos del control estaban demasiado perplejos para reaccionar, miraban a su alrededor desconcertados sin saber qué hacer. Entonces, antes de que Jake pudiera moverse, los soldados americanos que aún vociferaban empezaron a disparar al aire. Fuegos artificiales para celebrar la victoria. «¡Ha terminado!»