– Ni siquiera entonces lo sabía -añadió Emil-. Sólo al llegar a Berlín supe que todo había acabado para mí.
– Pero no para Tully-puntualizó Jake, pensando en voz alta-. El tenía algo más que hacer, gracias a tu cháchara, que dio lugar a infinidad de posibilidades. Por cierto, ¿estaban al corriente los demás en Kransberg?
– ¿Mi grupo? Por supuesto que no. Ellos jamás habrían… -Se interrumpió, agitado.
– ¿Qué? ¿Jamás habrían sido tan comprensivos como Tully? Se habrían encontrado con un buen lío en las manos, ¿no es así?, teniendo que dar explicaciones.
– Yo no sabía que Tully tendría esa idea. Creía que habían destruido los documentos. Nunca les habría traicionado. Nunca -insistió, alzando la voz-. Entiéndelo. Somos un equipo. Así es como trabajamos. Von Braun hizo lo imposible por mantenernos unidos, ¡lo imposible! No puedes saber lo que era aquello. En una ocasión incluso lo arrestaron, arrestaron a un hombre como él. Pero permanecimos juntos a lo largo de toda la guerra. Cuando uno comparte eso… Nadie más puede saber lo que es, lo que tuvimos que hacer.
– Lo que tuvisteis que hacer. Por Dios, Emil, he leído esos documentos.
– Sí, lo que tuvimos que hacer. ¿Qué estás pensando? ¿Que yo también era de las SS? ¿Yo?
– No lo sé. La gente cambia.
Emil se puso en pie.
– No tengo por qué darte explicaciones. A ti menos que a nadie.
– Tendrás que darle explicaciones a alguien -corrigió Jake con voz serena-. Podrías empezar conmigo.
– De modo que esto es un juicio. ¡Ja! En esta casa de putas.
– Las chicas no estuvieron en Nordhausen. Tú sí.
– Nordhausen. Has leído algo en un documento…
– Estuve allí. En los campos. Vi a tus obreros.
– ¿Mis obreros? ¿Quieres que respondamos por eso? Fueron las SS, no nosotros. No tuvimos nada que ver con eso.
– Salvo por el detalle de permitir que ocurriera.
– ¿Y qué tendríamos que haber hecho? ¿Presentar una protesta formal? No tienes ni idea de lo que era aquello.
– Pues explícamelo tú.
– ¿Explicarte qué? ¿Qué es lo que quieres saber? ¿Qué?
Jake lo miró, súbitamente desconcertado. Las mismas gafas y los mismos ojos apagados, ahora desorbitados y desafiantes, asediados. ¿Qué, finalmente?
– Supongo que qué te ocurrió a ti -respondió Jake con voz tenue-. Yo te conocía.
A Emil le tembló el rostro, como si acabara de recibir un aguijonazo.
– Sí, nos conocíamos y, al parecer, los dos estábamos equivocados. Amigo de Lena. -Sostuvo la mirada de Jake un segundo y volvió a desviarla a la butaca, contenido-. Lo que ocurrió. ¿Y tú lo preguntas? Estabas aquí. Sabes lo que ocurría en Alemania. ¿Crees que yo quería aquello?
– No.
– No. Entonces, ¿qué? ¿Qué podía hacer? ¿Volverme de espaldas, como mi padre, hasta que acabara? ¿Cuándo iba a acabarse? Tal vez nunca. Tenía que seguir viviendo entonces, no cuando hubiera acabado. Toda mi formación. Uno no espera hasta que el panorama político es favorable. Estábamos empezando. ¿Cómo íbamos a esperar?
– De modo que trabajasteis para ellos.
– No, sobrevivimos a ellos. A su estúpida interferencia. A sus exigencias, siempre absurdas. A sus informes. A todo. Se llevaron a Dornberger, nuestro jefe, y también sobrevivimos a eso. El trabajo tenía que sobrevivir, incluso después de la guerra. ¿Entiendes lo que significaba? ¿Abandonar la Tierra? Hacer algo nuevo, aunque difícil y costoso. ¿De qué otro modo podríamos haberlo hecho? Nos dieron dinero, no bastante, pero sí suficiente para seguir adelante, para sobrevivirles.
– Fabricando sus armas.
– Sí, armas. Estábamos en guerra. ¿Crees que me avergüenzo de eso? -Bajó la mirada-. Es mi patria. Lo que soy. Lena también -añadió, alzando la vista-. La misma sangre. En la guerra uno hace cosas que… -Se le quebró la voz.
– Lo vi, Emil -intervino Jake-. Aquello no era la guerra, no en Nordhausen. Aquello era otra cosa. Tú también lo viste.
– Dijeron que ése era el único modo. Había un programa. Necesitaban obreros.
– Y los mataron, para respetar vuestro programa.
– No era nuestro. Suyo… Imposible, una locura, como todo lo demás. ¿Era una locura maltratar a los obreros? Sí, todo era una locura. Cuando vi lo que estaban haciendo, no podía creerlo. En Alemania. Sin embargo, entonces vivíamos ya en un manicomio. Uno se vuelve loco viviendo así. ¿Cómo puede ocurrir? Una persona sana en el psiquiátrico. No, todos estaban locos. Todos eran normales. Pedían estimaciones, estimaciones descabelladas, pero había que estar loco para negarse. Te hacían cosas terribles, también a tu familia, de modo que acababas loco de verdad. Sabíamos que era absurdo, todos los que participábamos en el programa. Incluso los números. Incluso los números que hacían eran una locura. ¿No me crees? Escucha esto. Un sencillo ejercicio de matemáticas -dijo, se puso en pie y empezó a deambular de un lado al otro; el muchacho capaz de ver los números mentalmente-. Como sabes, la previsión original eran novecientos misiles mensuales, treinta toneladas diarias de explosivos para Inglaterra. Estábamos en 1943. Hitler quería dos mil misiles al mes, un objetivo inalcanzable, no conseguiríamos ni acercarnos. Pero ése era el objetivo, por lo que necesitábamos más obreros, más obreros para alcanzar esa cifra desquiciada. Nunca nos acercamos. ¿Y si lo hubiéramos hecho? Habrían sido sesenta y seis toneladas diarias. Sesenta y seis. En 1944, los Aliados lanzaban tres mil toneladas dianas sobre Alemania. Sesenta y seis contra tres mil. Esas eran las matemáticas con las que trabajábamos. Y, para conseguirlo, finalmente cuarenta mil prisioneros. Más y más para satisfacer esa cantidad. ¿Quieres que te explique lo que ocurrió? Estaban locos. Nos volvieron locos. No sé qué más contarte. ¿Cómo puedo responderte?
Se detuvo y alzó las manos en un gesto interrogativo.
– Ojalá pudiera hacerlo alguien. En Alemania todo el mundo tiene una explicación, pero ninguna respuesta.
– ¿A qué?
– Mil cien calorías diarias. Otro número.
Emil apartó la mirada.
– Y crees que lo hice yo.
– No. Tú sólo hiciste los cálculos.
Emil se quedó inmóvil unos instantes, luego se acercó a la mesita de noche y cogió la taza.
– ¿Te has acabado el café? -Se detuvo junto a la cama, con la mirada clavada en la taza-. En definitiva: soy culpable. ¿Te facilita esto las cosas… para quedarte con mi mujer?
– No estoy culpándote de nada -replicó Jake, mirándole a través de las gafas-. Eres tú quien lo hace.
Emil asintió, para sí.
– Nuestros nuevos jueces. Nos culpáis y volvéis a casa, para que entonces tengamos que acusarnos aquí los unos a los otros. Eso es lo que queréis. Así que no se acaba nunca.
– A excepción de ti. Irás a Estados Unidos con el resto de tu grupo y proseguirás con tu excelente trabajo. Ésa es la idea, ¿verdad? Tú, Von Braun y los demás. Allí no habrá preguntas. Allí se habrá olvidado todo. No habrá documentos.
Emil lo miró por encima de la montura.
– ¿Estás seguro de que los americanos quieren esos documentos?
– Algunos sí.
– ¿Y al resto de los de Kransberg? ¿También les harás esto? ¿No basta con acusarme a mí?
– No se trata sólo de ti.
– ¿No? Ah, sí, claro. Es por Lena.
– También te equivocas en eso.
– ¿Crees que eso la haría feliz? ¿Que me envíes a la cárcel?
Jake guardó silencio.
Emil alzó la cabeza y espiró.
– Entonces, hazlo. No puedo quedarme aquí. Me buscan, ella me lo dijo. Entrégame. ¿Qué más da donde me tengan prisionero?
– No tengas tanta prisa por irte. Eres un problema, una mercancía por entregar. Tendrá que hacer algo.
– ¿Quién?
– El socio de Tully.