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– Ya te lo he dicho: no había nadie más.

– Sí, había alguien más. -Jake alzó la mirada; una idea nueva-. ¿Hablaste con alguien más de Kransberg?

– ¿Americano? No, sólo con Tully -dijo Emil distraído.

– Y Shaeffer. El interrogador -añadió Jake-. ¿Conociste a su amigo Breimer?

– No conozco a nadie llamado así. Para nosotros todos eran iguales.

– Un hombre de peso, del gobierno, no un soldado.

– Ah, ése. Sí, estaba allí. Para reunirse con el grupo. Le interesaba el programa.

– Apuesto a que sí. ¿Habló contigo?

– No, sólo con Von Braun. A los estadounidenses les gustan los «von» -añadió. Se encogió levemente de hombros.

Jake se reclinó un momento para reflexionar. ¿Cómo podía ser? Otra columna que no encajaba.

Emil interpretó su silencio como respuesta y se encaminó hacia la puerta con la taza.

– ¿Informaréis al menos a los de Kransberg? Mis colegas se inquietarán…

– Y seguirán así. Quiero que sigas desaparecido un tiempo más. Un pequeño anzuelo.

– ¿Un anzuelo?

– Exacto. Como lo fue Lena para ti. Ahora puedes serlo tú. Ya veremos quién pica.

Emil se volvió hacia la puerta, parpadeando.

– Esta conversación no sirve para nada. En qué te has convertido… ¿Qué es, una especie de idea de la justicia? Me pregunto para quién. No para Lena. Crees que sólo hablo por mí, pero también hablo por ella. Piensa en lo que esto significa para ella.

– Ya, para ella.

– Sí, para ella. ¿Crees que quiere verme metido en todo este embrollo?

Extendió la mano y abarcó la habitación, los documentos y su incierto futuro.

– No, ella cree que te debe algo.

– Tal vez seas tú quien me debe algo.

Jake le miró.

– Tal vez -convino-. Pero ella no.

Emil meneó la cabeza.

– Cómo son las cosas… Y pensar que dejé Kransberg por ella. Y ahora esto… Todo nuestro trabajo. En fin, puedes demostrarle algo. Restriégame esos documentos por la cara. «Ya ves qué clase de hombre es. Abandónalo.»

– Ya te ha abandonado -dijo Jake.

– Por ti -añadió Emil, negando con la cabeza ante la inverosimilitud de las circunstancias. Echó los hombros hacia atrás y se irguió hasta adoptar la postura que habría tenido de haber ido ataviado con el uniforme-. Qué diferente eres, no eres el mismo hombre. Creí que entenderías lo que ocurrió aquí. Creí que al menos me dejarías mi trabajo. No, también quieres eso, tu libra de carne. Quieres convertirnos a todos en nazis. No es algo que ella vaya a agradecerte. ¿Acaso lo sabe? ¿Sabe lo diferente que eres?

Jake le sostuvo la mirada: el mismo hombre del andén de la estación, aunque nítido, como si el tren hubiese aminorado la velocidad para que pudiera verlo bien.

– Pero tú no -contestó, fatigado de pronto. El dolor sordo del hombro llegaba a su voz-. Yo no te conocía. Tu padre sí. «Le faltaba una pieza», dijo.

– Mi padre…

– En tu cabeza nunca ha habido nada más que números. Ni siquiera ella. Ella era tu excusa. Incluso Tully se lo tragó. Quizá hasta tú te lo creas, igual que crees que lo de Nordhausen ocurrió, sin más. Así, sin que nadie interviniera. Pero no es cierto. ¿Lena te debe algo? No viniste a Berlín por ella: volviste para recuperar los documentos.

– No.

– Igual que la primera vez. Ella cree que arriesgaste la vida para recuperarla. No lo hiciste por ella. Te envió Von Braun. Era su coche, su misión. Para que el trabajo siguiera adelante. Para eliminar papeles comprometedores. Jamás intentaste encontrarla, sólo te interesaste por salvar tu lastimosa piel.

– Tú no estabas allí -replicó Emil, enfadado-. ¿Soportar ese infierno? ¿Cómo fui capaz? Tenía que pensar en los demás. Sólo quedaba un puente…

– Y lo cruzaste sin pensarlo. No te culpo, pero tú tampoco lo haces. ¿Por qué no? Estabas al cargo. Era tu equipo. ¿Cuánto tiempo te llevó recuperar los documentos? Esa era tu prioridad. ¿Pasajeros? Bueno, si había tiempo. Pero no hubo tiempo.

– Ella estaba en el hospital -aclaró Emil, con voz más estridente-. A salvo.

– La violaron. Estuvo a punto de morir. ¿Te ha contado eso?

– No -respondió Emil con la mirada gacha.

– Pero tú conseguiste lo que en realidad habías ido a buscar. La abandonaste y salvaste al equipo. Y ahora quieres volver a hacerlo, y pretendes que ella te ayude porque cree que te debe algo. Tuvo suerte de recibir la llamada.

– Eso es mentira -dijo Emil.

– Ah, ¿sí? Entonces, ¿por qué no avisaste a Von Braun de que ibas a marcharte de Kransberg con Tully? No podías, ¿me equivoco? No podías confesarle el verdadero motivo. El creía que ya te habías hecho cargo de los documentos, pero querías estar seguro. Por eso viniste. Siempre han sido los documentos, no ella.

Emil no despegaba la mirada del suelo.

– Harías cualquier cosa por ponerla en mi contra -le recriminó con tono ofendido, cerrado en sí mismo. Alzó la vista-. ¿Le has contado esto a ella?

– Cuéntaselo tú -respondió Jake, con firmeza-. Yo no estaba allí, ¿recuerdas? Tú sí. Cuéntale cómo fue. -Observó a Emil, de pie, sacudiendo la cabeza, atontado en el repentino silencio. Jake se recostó en la almohada-. Entonces tal vez lo deduzca todo por sí misma.

Brian apareció después de la cena, con un periódico y una botella de whisky escocés del ejército británico.

– Vaya, vivito y coleando. Eso tiene una pinta asquerosa -exclamó señalándole el hombro-. Deberían mirártelo. -Abrió la botella y sirvió dos copas-. Tengo que admitir que es un buen escondrijo. He visto una cosita preciosa en el recibidor. Nada debajo del envoltorio, por lo que parecía. Imagino que no regalan muestras, ¿verdad? ¡Salud! -Apuró la copa de un trago-. ¿Cómo lo has encontrado?

– El propietario es británico.

– ¿En serio? Vaya.

– ¿Te ha visto alguien?

– ¿Y qué más da? A mi edad, se supone que tengo que pagar por estos privilegios. -Miró a Jake-. No, nadie. Por cierto, he dejado el jeep en el patio interior. Pensé que no te gustaría que estuviera en la calle, incitando tentaciones…

– Gracias.

– Deduzco que ése es el marido -dijo, e hizo un gesto con la cabeza en dirección al salón-. El deprimido del sofá. ¿Cómo lo hacéis para dormir? ¿O estoy siendo lascivo?

– Gracias también por eso. Te lo debo.

– No te preocupes, te lo cobraré. Hazaña tuya, exclusiva mía. ¿Te parece justo?

Jake sonrió.

– Has salido en los periódicos -repuso Brian. Le tendió el dossier de prensa-. Al menos, creo que eres tú. No dan nombres. Tampoco explican mucho.

Jake lo abrió. La palabra «paz», en negrita y subrayada, encabezaba el dossier junto con la fotografía de los marines enarbolando la bandera en Iwo Jima. En la esquina inferior derecha: «¿Comienza la tercera guerra mundial? ¿Quién disparó primero?», un informe del tiroteo de la Cancillería, tan desconcertante como el fuego cruzado, con la insinuación de que todos estaban borrachos.

– No te imaginas el follón que se ha montado. Bueno, tal vez sí. Los rusos están hechos una furia. Quieren notas formales, una sesión especial del Consejo, ¡la leche! Dicen que no participarán en el Desfile de la Victoria… Menuda lástima. ¿Quieres decirme qué ocurrió de verdad?

– Lo creas o no, eso es lo que ocurrió. Un caos. Sólo que los rusos no estaban borrachos.

– Eso sería una primicia.

– Y que yo no estuve allí -dijo Jake a modo de conclusión.

– Estrictamente, no estuviste. Estabas conmigo.

– ¿Eso es lo que les has dicho?

– Tuve que hacerlo. No había otra manera de acabar con las preguntas. Te has convertido en el hombre más popular de Berlín. La reina absoluta de la fiesta, todos quieren bailar contigo. Si supieran dónde estabas… Que me cuelguen si yo lo sé. Bajaste al comedor con una dama, os ofrecisteis a acompañarme en jeep… Supongo que yo no era la mejor de las compañías, porque me dejaste en la Ku'damm para tomar la última copa, y ésa fue la última vez que te vi. En cuanto a esto -añadió, señalando al dossier-, lo que he oído es que hubo un civil implicado. Nadie sabe quién. Alemán, deduzco, claro que los rusos no lo dicen, pero se supone que ellos no tienen por qué echar en falta a nadie.