– Una visita sorpresa -comentó Gunther.
No se apreciaba sorpresa alguna en su voz y apenas despegó la mirada de las cartas.
– Pensé en venir para ponerle al día -replicó Jake antes de sentarse.
Gunther gruñó y siguió colocando ¡as cartas mientras Jake le hablaba del Adlon sin hacer la menor pausa, ni siquiera en el momento en que las balas alcanzaron la escalera de la Cancillería.
– De modo que ha vuelto a tener suerte -dijo, cuando Jake hubo acabado-. Y todavía no sabemos quién.
– Por eso he venido. Tengo que encargarle una misión.
– Déjeme en paz -dijo Gunther, y dio la vuelta a una carta. Luego alzó la mirada-. ¿Qué?
– Quiero que mañana asista a un funeral.
– ¿El de Sikorsky?
– El de un amigo. Por supuesto, querrá ir.
– No sea ridículo.
– Y mostrarle sus respetos a su sucesor. Imagino que será el número dos, no han tenido tiempo de traer a nadie. Tal vez su jefe. En cualquier caso, quienquiera que sea el nuevo Sikorsky. Es un buen negocio, por una parte. -Desvió la mirada hacia la pila de cajas del mercado negro.
– ¿Y por la otra?
– Un negocio nuevo.
– Conmigo -dijo Gunther arqueando una ceja.
– Tiene que considerarlo desde su punto de vista, lo que él sabe o lo que le han dicho. Deben de haber interrogado a los rusos del Adlon. Lo que sabe es que Sikorsky nos vio allí a Lena y a mí, y que nos dejó hacer una visita. Sabe que Brandt escapó y que a Sikorsky lo mataron cuando lo perseguía. Sabe que no lo tienen los americanos, porque el socio de Tully se lo habría dicho. De modo que ¿dónde está? ¿Cuál es el lugar más lógico?
Gunther emitió un sonido inquisitivo, sin dejar de jugar.
– Donde siempre ha querido estar: con su esposa, que vino conmigo. Y yo soy amigo suyo, y usted… me vigilaba para Sikorsky -dijo Jake, dejando caer las palabras por orden una a una: jota, diez, nueve-. Su fuente.
Gunther se detuvo.
– No le dije nada. Nada importante.
– Eso dijo él. El caso es que saben que él lo supo por boca suya. Saben que me conoce. Es probable que incluso crean que sabe dónde estoy, lo cual significa…
– Sí, estoy de acuerdo, una situación interesante -le interrumpió Gunther mientras giraba una carta despacio-. Pero yo no sé dónde está usted. Nunca quise saberlo, por si no lo recuerda, estar en esta posición.
– ¿Lo creen ellos? Tal vez no le consideren tan altruista. Tal vez no le consideren más que una rata.
Gunther lo miró un instante y volvió a concentrarse en los naipes.
– ¿Intenta provocarme? No se moleste.
– Intento mostrarle cómo verá las cosas cuando hable con él mañana.
– ¿Y qué quiere que le diga?
– Quiero que me traicione.
Gunther soltó las cartas, cogió el vaso y se reclinó en el respaldo. Miró fijamente a Jake por encima de la montura de las gafas.
– Continúe.
– Ha llegado el momento de prosperar. Cigarrillos, relojes, chismes en la barra de un bar… Eso no da dinero de verdad. Sin embargo, incluso a un granuja de poca monta le llega una oportunidad de vez en cuando. Alguna mercancía grande que vender. A veces incluso le cae en el regazo.
– Deduzco que esa oportunidad se llama Herr Brandt.
Jake asintió.
– Diga que vine para que me consiguiera permisos de viaje. Para sacar de la ciudad a la pareja feliz.
– ¿Y yo los conseguiría?
– Están en el mercado. Usted está en el mercado. Creerán que podría, pero ahora usted controla la situación. Quiere mantener abiertas sus opciones. Su amigo Sikorsky ya no está… ¿Por qué no hacer nuevos amigos y ganar un dineral? Difícil de resistir.
– Mucho.
– De modo que quedamos con usted para que nos dé los permisos. Si en vez de usted aparece alguna otra persona…
– ¿Dónde? -preguntó Gunther, extrañamente meticuloso.
– Aún no lo sé -respondió Jake, haciendo un gesto con la mano-. Pero en zona americana. Eso es importante. Tienen que enviar a un americano. Si fueran rusos, yo me lo olería de inmediato. Tiene que ser un americano, así yo no sospecharé hasta que sea demasiado tarde.
– Y ellos enviarán a su americano.
– Es lo más obvio. Sabe quién soy y querrá venir. He hecho correr el rumor de que tengo algo. No puede correr el riesgo. Vendrá.
– Y entonces él lo tendrá.
– Yo lo tendré a él. Lo único que debe hacer usted es traérmelo.
– Ser su Greifer -puntualizó Gunther en voz baja.
– Puede funcionar.
Gunther volvió a posar la mirada en las cartas y reanudó el juego.
– Es una pena que no fuera policía antes de la guerra. A veces las jugadas arriesgadas…
– Puede funcionar -repitió Jake.
Gunther asintió.
– Salvo por un detalle. No quiero problemas con los rusos. Como bien dice, quiero mantener abiertas mis opciones. Si se sale con la suya, ¿en qué lugar quedo yo? Sin opciones. Los rusos sabrán que les he traicionado. Búsquese a otro.
– No hay otro. Confían en usted y, además, es su caso.
– No, es el suyo. Era interesante ayudarlo, era una forma de matar el tiempo. Esto es diferente. No me arriesgaré. Ahora no.
Jake lo miró.
– Es verdad. Nunca lo ha hecho.
– Exacto -admitió Gunther; no quería entrar en esa disputa.
Jake colocó una mano sobre las cartas y detuvo el juego.
– Arriésguese ahora.
– Aparte la mano.
Jake la mantuvo allí un minuto más, sin dejar de mirarle.
– Déjeme en paz.
Jake levantó la mano.
– ¿Cuánto tiempo pretende seguir muerto? ¿Años? Es mucho tiempo para estar al margen. Sigue siendo un poli. Estamos hablando de un asesinato.
– No, estamos hablando de supervivencia.
– ¿Así? Ya lo intentó una vez. El buen poli alemán. Se mantuvo al margen, con la cabeza gacha, y murió gente. Ahora quiere esconderla dentro de una botella. ¿Para qué? ¿Por una oportunidad para hacer de soplón al servicio de los rusos? Estaría trabajando para la misma gente. ¿Cree que sería diferente? -Apartó la silla, frustrado, y caminó hacia el mapa que colgaba de la pared. Berlín, tal como había sido.
Gunther permaneció petrificado unos instantes y volvió a soltar una carta en un acto casi reflejo.
– ¿Y los americanos son mucho mejores?
– Tal vez no mucho más -respondió Jake mientras paseaba la mirada hacia la izquierda, hacia Dahlem-, pero eso es lo que debe decidir. -Se colocó de espaldas al mapa-. Tiene usted elección.
– Trabajar para los americanos.
– No: volver a ser policía. Un policía de verdad.
Ambos guardaron silencio, por lo que cuando la puerta vibró con un golpe seco, el ruido pareció incluso más estridente en aquel silencio denso. Jake alzó la vista, alarmado, esperando ver a los rusos, pero era Bernie, que entraba con carpetas bajo un brazo, como había hecho aquella primera noche en Gelferstrasse, tirando un plato. En esta ocasión fue ver a Jake lo que lo detuvo a medio camino.
– ¿Dónde has estado? Te buscan, ¿lo sabes?
– Algo he oído.
– Bueno, me alegro de que estés aquí. Nos ahorras un viaje -dijo, sin mayor explicación, antes de dirigirse hacia la mesa-. Wie gebts, Gunther? -Miró las cartas-. El siete sobre el ocho. ¿Empiezas a ver borroso? -Cogió la botella, le echó un vistazo rápido a contraluz para ver el contenido y la dejó a un lado.
– Veo lo bastante claro.
– He traído las copias que pediste de Bensheim, aunque tendrás que devolvérmelas. Se supone que no…
– Según Herr Geismar, ya no son necesarias.
– ¿Qué es Bensheim? -preguntó Jake.
– El lugar donde estuvo Tully antes de Kransberg -contestó Bernie.
– Para atar cabos -añadió Gunther al tiempo que abría una de las carpetas. Luego miró a Jake-. No era osado, sino metódico. Suelen seguir el mismo patrón. Pensé: «¿A quién vendía estos Persilscbeine? ¿A qué alemanes?». Quizá a alguien a quien yo reconociera. Era sólo una idea.