– ¿Vamos a ver el desfile? -preguntó Emil, confuso.
– Vamos a encontrarnos con alguien -contestó Jake. Consultó el reloj-. No tardará.
– ¿Quién?
– El hombre que te sacó de Kransberg.
– ¿Tully? Dijiste que había muerto.
– Su socio.
– O sea que se trata de otro truco. No me llevas con los americanos.
– Ya te lo he dicho, te necesitamos como señuelo. Después iremos a ver a tus amigos.
– ¿Y los documentos?
– También entran en el pacto. Les daré ambas cosas.
– No lo harás.
– No lo dudes.
– No puedes hacerlo. Piensa en lo que significará para Lena, un juicio.
– Es maravilloso ver que siempre piensas en ella. Oye, vas a salir adelante con tu vida. Eso es más de lo que puedes decir de los trabajadores del campo de Dora.
Emil entornó los ojos.
– Pues vete al infierno -espetó.
Dio media vuelta para marcharse.
Jake lo agarró de un brazo.
– Inténtalo y te pegaré un tiro en un pie. A mí me encantaría, pero a ti no. -Se miraron unos instantes, en tablas, y al fin Jake bajo la mano-. Ahora, contempla el desfile.
Jake paseó la vista por la multitud. Ni un solo rostro conocido. Aunque ¿por qué iba a ser alguien que él conociera? En el palco, Zhukov se había inclinado aún más sobre el balaustre, dispuesto a recibir el saludo de su cuerpo de lanceros. Más uniformes en escena, el retumbar sordo de las botas, las espadas desenfundadas y en alto, refulgiendo a la luz, pero ya no era cómico, la vieja advertencia de Goebbels, el azote del Este. Un reducido corrillo de desplazados se dio la vuelta y se alejó de la concurrencia volviendo las miradas hacia las espadas. En la intimidada curva de sus hombros, Jake vio que aquel espectáculo era en realidad ruso, que el resto de los Aliados no eran más que extras inofensivos. El mensaje no era la victoria, sino las apabullantes botas. Nadie puede detenernos. Era un desfile con vistas a la siguiente guerra. En el palco se desvanecieron las sonrisas. «¿Qué ocurrirá cuando todo termine?», se había preguntado. Que vendrá otra. Fue entonces, al observar a los rusos, cuando notó el codazo en los riñones.
– Bonito espectáculo.
Jake se volvió con la mano sobre la funda de la pistola.
– ¡Cuidado! -exclamó Brian, sorprendido por el movimiento brusco- Hola otra vez -le dijo a Emil-. Hoy sin uniforme, ¿eh?
– ¿Qué haces aquí? -preguntó Jake.
– ¿Brian? Pero si él ya había tenido a Emil en sus manos…
– ¿Qué quieres decir? Todo el mundo está aquí. No hay nada como un desfile. Basta con mirar al viejo Zhukov. Esto es un espectáculo de variedades. ¿Vienes al palco de la prensa?
– Ahora, no, Brian. Lárgate.
Pero Brian mantenía la mirada clavada en los lanceros, por encima del hombro de Jake.
– Por su aspecto, diría que estarán en Hamburgo antes de Navidad.
– Hablo en serio. Te veré luego. -Miró a ambos lados, esperando a que llegara Gunther. Todo ocurría demasiado pronto.
– ¿Vas a dejarme al menos esperar a que lleguen las espadas? No querrás que me lo pierda… -Se volvió para mirar a Jake-. ¿Qué es esto? ¿En qué estás ahora?
– Nada. Largo -insistió Jake sin dejar de mirar a uno y otro lado con nerviosismo.
Brian lo observó, y después también a Emil.
– ¿Tres, multitud? Vale, me largo. ¿Te guardo un sitio?
– Sí, guárdame un sitio.
– Si el joven Ron da permiso para entrar… He conocido camareros con mejores modales. Eh, ahí llegan los gaiteros. -Volvió a mirar a Jake-. Cuídate.
Se abrió camino hacia delante, vaciló mientras pasaban los últimos rusos y después echó a correr por el repentino claro hasta los palcos del otro lado. Jake lo perdió de vista cuando se sumergió en la muchedumbre para alcanzar los asientos del fondo del palco de la prensa, y después lo vio reaparecer arriba, hablando con Ron. ¿Por qué no Ron? Se había marchado a media cena en Gelferstrasse aquella noche para jugar al póquer, pero podría haber ido a Grunewald. Ahora disfrutaba de una posición estratégica para localizar a Jake entre el público, podía esperar al momento adecuado, hacer un gesto afirmativo para hacer saltar la trampa. Sin embargo, ni él ni Brian miraban en su dirección, estaban enzarzados en lo suyo. Jake consultó de nuevo el reloj. ¿Dónde se había metido Gunther? Sólo unos minutos para la hora acordada. Tenía que estar apostado ya por allí cerca. Entonces, ¿por qué no se había presentado cuando había aparecido Brian? ¿Y si había sido él, que los despistaba sin siquiera hacer saltar el resorte?
Estuvo a punto de dar un brinco cuando las gaitas empezaron a gemir, crispándole los nervios. En el palco, los británicos se adelantaron y se recolocaron de modo que pudo ver a los dignatarios de visita y a los generales. Justo detrás de Clay estaba Breimer, con traje cruzado, que seguía retrasando su partida, con negocios inconclusos en Berlín. Jake imaginó cómo podría suceder: avistamiento desde el palco, excusa rápida para los demás, aproximación a Emil sin levantar sospechas, un coche a la espera. Jake miró detrás de ellos. Ningún coche. Además, Breimer jamás se arriesgaría a nada en persona. Estaba donde debía estar, en la plataforma del orador, lejos del combate. Incluso Ron era más probable. Volvió a mirar hacia el palco de la prensa. Ron estaba arrimado a un cámara, tomando planos del desfile. En realidad, nadie miraba a Jake. Sin embargo, debía de haber alguien.
De pronto, los gaiteros se detuvieron para hacer una exhibición, una estruendosa explosión de aire que obligó a esperar al cuerpo que desfilaba tras ellos. Jake volvió la cabeza lentamente de izquierda a derecha, como si mirara con unos binoculares, como si rastreara el terreno. El combate siempre se reducía a aquello: la caza de una presa, todos los sentidos alerta, a la espera de un movimiento repentino. Sin embargo, allí todo parecía estar en movimiento. La gente iba y venía por la vía del desfile, los generales intercambiaban asientos en el palco, e incluso los gaiteros, aunque no avanzaban, tocaban las gaitas. Las cabezas de la muchedumbre se ladeaban tratando de ver mejor, o se agachaban para dar una calada a un cigarrillo. Un prado lleno de ciervos moviéndose a su antojo, ninguno de ellos inmóvil el tiempo suficiente para permanecer en el visor de un fusil. Dio un giro completo sobre sí mismo; de espaldas al desfile, de frente al Tiergarten. Pasaba ya de la hora y Gunther seguía sin aparecer. «Sé cuidarme solo.» Pero ¿y él? Al volverse de nuevo hacia el desfile y rastrear una vez más los palcos en busca de un rostro, pensó que lo había interpretado al revés: él era uno de los ciervos, alerta pero sin saber qué debía buscar. El cazador, inmóvil, le estaría observando.
Los gaiteros volvieron a ponerse en marcha. Jake los seguía con la mirada cuando de pronto lo atisbo, un titileo en el rabillo del ojo, lo único que no se movía en el remolino que tenía delante. Absolutamente inmóvil. Una fila de gaiteros pasó. Si se volvía, estaba equivocado, pero otra hilera de cabezas empezó a desfilar y aquellas gafas oscuras seguían fijas en él. Tal vez sólo contemplaban el desfile. Entonces Shaeffer levantó una mano, como si fuera a saludar, y se quitó las gafas, las plegó con una mano y se las guardó en un bolsillo sin pestañear; la mirada clavada en Jake, dura como el acero. Ni siquiera un gesto afirmativo con la cabeza; sólo los ojos. Únicamente su boca se movió, para esbozar lo que parecía más una mueca involuntaria que una sonrisa. Shaeffer. Otra fila, mientras ellos se sostenían la mirada, esa fracción de segundo de la cacería en que todo lo demás desaparece del terreno. No le sorprendía verlo, sabía que estaría allí, esperando a que la calle se despejara. Jake contuvo el aliento, atrapado por su mirada. «No sabemos quién», había dicho Gunther, pero ahora ya lo sabía, aquella mirada era inconfundible. No, no estaba sorprendido. El hombre que iría a por él.