– ¿Y cómo explicáis lo de Emil?
– No lo explicamos. Emil no estaba allí. Ha estado siempre en Kransberg. No podemos admitir que lo habíamos perdido. Los rusos no pueden admitir que lo hayan tenido. No ha habido ningún incidente. Así funciona esto. -Shaeffer calló y miró a Jake-. A nadie le interesa que se haya producido un incidente.
– No permitiré que lo hagas. A Gunther no.
– Pero ¿de qué te quejas? Saldrás muy bien parado. Tú conseguirás un buen contrato, nosotros recuperaremos a Brandt, y los rusos no podrán hacer nada. Es lo que yo llamo un final feliz. ¿Ves? Siempre he dicho que formábamos un gran equipo.
– Pero no es la verdad -insistió Jake.
– Sí lo es -replicó Ron-. Hay un montón de periodistas que ya han publicado la noticia, así que tiene que ser la verdad.
– No lo será cuando yo publique mi versión.
– Detesto tener que decirlo, pero hay personas que se enfadarán muchísimo si haces eso. Te convierten en héroe y tú les tiras un huevo podrido a la cara. No, eso no te conviene. De hecho, no puedes hacerlo.
– ¿Me lo vas a impedir tú? ¿Así es como hacemos ahora los reportajes? Como el doctor Goebbels.
– ¡No te pases! Hemos hecho un par de retoques, eso es todo -dijo Ron, señalando a Shaeffer-. Por el bien del GM. Y tú también lo harás.
– ¡Qué buenos sois! -soltó Jake en voz baja, casi inaudible.
– Si quieres lloriquear por la muerte de un par de kartoffel, hazlo en tu tiempo libre -dijo Shaeffer, que empezaba a impacientarse-. Ya hemos tenido suficientes problemas para recuperar a nuestro hombre. ¿Nos entendemos?
Jake de nuevo volvió a mirar por la ventana. ¿De verdad importaba todo aquello? Gunther había desaparecido y, con él, la pista hasta el paradero del otro hombre; era un caso tan perdido como el yermo jardín de allí abajo.
– Vete -dijo.
– Supongo que la respuesta es que sí. Bueno, está bien. -Shaeffer cogió su gorra-. Imagino que la señora se queda contigo.
– Sí -respondió Lena.
– Por lo visto, tú también has conseguido lo que querías. ¿Fue por eso la pelea en el agua?
De modo que seguía sin saberlo. ¿Acaso importaba? Emil volvería a buscar los anhelados documentos, y ese problema también quedaría resuelto. Sería su final feliz. Acabaría siendo inocente, tal como quería Shaeffer, de todos modos.
– ¿Por qué no se lo preguntas a él? -dijo Jake.
– Da igual -respondió Shaeffer mirando a Lena-. No puedo decir que lo culpe. -Fue un cumplido fácil. Se volvió para marcharse-. ¡Ah! Una cosa más. Brandt dice que tienes unos documentos que le pertenecen.
Lena levantó la vista.
– ¿Ha dicho de qué se trataba?
– Unas anotaciones suyas. Algo que necesita para Von Braun. Al parecer, cree que son bastante importantes. Lo puso todo patas arriba buscándolos, ¿verdad? -preguntó a Lena-. Lo siento.
– Más mentiras -comentó ella sacudiendo la cabeza.
– ¿Señora?
– Y ustedes se lo llevarán a América.
– Eso intentaremos.
– ¿Sabe qué clase de hombre es? -preguntó Lena, mirándolo directamente a los ojos.
Shaeffer cambió de postura sin moverse del sitio, incómodo.
– Sólo sé que el tío Sam lo necesita para construir un par de misiles, y es lo único que me importa.
– Les ha mentido, y usted miente por él. Me dijo que le había salvado la vida a Jake. Dios mío, y yo le creí. Y ahora usted le cree a él. ¡Anotaciones! Menudo par.
– Sólo hago mi trabajo.
Lena asintió en silencio, con una sonrisa irónica.
– Sí, también Emil dice eso. Menudo par.
Shaeffer levantó la mano para interrumpirla; empezaba a perder la paciencia.
– No me meta en sus peleas domésticas. Lo que ocurre entre un hombre y su mujer… -Bajó la mano y se volvió hacia Jake-. Da igual, en todo caso, ¿los tienes tú?
– No, no los tiene él -dijo Lena.
Shaeffer la fulminó con la mirada, sin saber a qué venía eso, y volvió a mirar a Jake.
– ¿Los tienes?
Sin embargo, Jake estaba mirando a Lena. Todo se había esclarecido, no quedaba ni rastro de la bruma.
– No sé de qué habla Emil.
Shaeffer se quedó inmóvil un segundo, jugueteando con la gorra entre los dedos, y decidió no insistir más.
– Bueno, da igual. Tendrán que aparecer por algún lado. Mierda, pensaba que era capaz de hacerlo todo mentalmente.
Después de aquello, la habitación se sumió en un silencio tan profundo que se oyeron los pasos de Shaeffer y Ron bajando la escalera.
– ¿Los has destruido? -preguntó Jake al fin.
– No, los tengo yo.
– ¿Por qué no los has destruido?
– No lo sé. Supongo que debería haberlo hecho. Pero entonces vinieron al piso. Estaba como loco. No paraba de preguntar: «¿Dónde están? ¿Dónde están?». «Estás de su parte», me decía. ¡Cómo me miraba! Y pensé: «Sí, de su parte». -Se calló, pero no dejó de mirar a Jake.
– ¿Dónde están?
– En mi bolso. -Lena fue hasta la cama y sacó los documentos-. Nunca se le habría ocurrido buscar aquí, entre mis cosas, pero sí buscó entre todo lo demás. Me quedé allí mirándolo, estaba como loco. Entonces lo supe: no vino a Berlín por mí, ¿verdad?
– Puede que viniera por las dos cosas.
– No, vino sólo por esto. Toma. -Dejó los documentos en la silla-. Me negaba a ver la verdad, pero ahora, cuando me has contado lo que ocurrió, se me ha caído la venda de los ojos. ¿Sabes por qué? No me ha pillado por sorpresa. Es como antes, sabes y no sabes. No quiero seguir viviendo así. Toma.
Pero Jake no se movió, se quedó mirando las hojas que Lena le tendía.
– ¿Qué quieres que haga con ellos?
– Dáselos a los americanos. A ése no -especificó Lena, haciendo un gesto hacia la puerta-. Es igual que él. Otro Emil. Un mentiroso cualquiera. -En ese momento volvió a coger los papeles y, durante unos segundos, Jake pensó que Lena no podría con todo-. No, los llevaré yo. Dime dónde. Dame un nombre.
– Bernie Teitel, pero no puedo pedirte que lo hagas.
– Oh, no lo hago por ti -dijo ella-. Es por mí. Puede que por Alemania, ¿te parece una locura? Por empezar a hacer algo. Para que quede algo. No sólo los Emil. De todas formas, mírate. ¿Dónde vas a ir en ese estado?
– Resulta que vive aquí abajo.
– ¿Sí? O sea que no está tan lejos.
– Para ti sí. -Extendió la mano hacia los documentos-. Todavía significa algo para ti.
Lena meneó la cabeza.
– No -respondió en voz baja-. Para mí no es más que un chico en una foto.
Se miraron durante un minuto. Jake se inclinó hacia delante y la agarró de la mano sin prestar atención a los papeles.
Ella sonrió y le acarició la palma con un dedo.
– Qué línea. En un hombre.
– Hacéis buena pareja. -Shaeffer estaba en la puerta con Erich-. He traído al niño. -Se dirigió hacia ellos con Erich detrás-. Qué astuta es usted -le comentó a Lena, tendiéndole la mano-. Me los quedaré yo.
– No le pertenecen, tampoco a Emil -dijo Lena.
– No, son del gobierno de Estados Unidos. -Shaeffer movió los dedos de la mano abierta para indicar que se los entregara-. Gracias por ahorrarme seguir jugando al escondite. Ya lo suponía. -Agarró los documentos por un extremo-. Es una orden.
Se quedó mirándola hasta que Lena los soltó.
– ¿Qué crees que estás haciendo? -preguntó Jake.
– ¿Qué crees que estás haciendo tú? Esto es propiedad del gobierno. Vas a meterte en un lío si no te andas con cuidado.
– Se los entregaré a Teitel.
– Te ahorraré el viaje. -Empezó a hojearlos-. Veo que no son notas sobre misiles. ¿Quieres contármelo?
– Son informes de Nordhausen -respondió Jake-. Datos y cifras de los campos. Detalles de la explotación laboral. Lo que sabían los científicos. Un montón de datos interesantes. Sigue leyendo, encontrarás el nombre de muchos de tus amigos.