¡Claro! No, no estaba claro. Era imposible.
– ¡Dios mío! -exclamó.
– ¿Que ocurre? -pregunto Bernie, que salió de la habitación al oírlo.
– ¿Recuerdas eso que has dicho de que las pruebas aterrizarían en tu mesa? Pues a la mía acaba de llegar una, creo. -Jake lo señaló con los papeles-. Necesito el jeep.
– ¿El jeep?
– Tengo que comprobar algo. Otro expediente. No tardaré mucho.
– No puedes conducir así. ¿Vas a hacerlo con una mano?
– No sería la primera vez. -Dando tumbos por el Tiergarten-. Venga, ¡deprisa! -lo urgió con la mano estirada para que le diera las llaves.
– Está anocheciendo -dijo Bernie, pero se las dio-. ¿Y yo? ¿Qué se supone que tengo que hacer aquí?
– Lee eso. -Señaló con la cabeza el ejemplar de Karl May-. Cuenta una historia buenísima.
Se dirigió al oeste, a Potsdamerstrasse, y luego al sur, en dirección a Kleist Park. En la penumbra, sólo la gigantesca sede del Consejo se veía con claridad, iluminada por las luces de un par de despachos donde algunos se habían quedado trabajando hasta tarde. El aparcamiento estaba casi vacío. Al final de la gran escalera del vestíbulo, no se veía luz tras la puerta del despacho de Muller, pero no estaba cerrada. Ya sólo los alemanes se ocultaban tras puertas cerradas a cal y canto.
Accionó el interruptor de la luz. El escritorio de Jeanie estaba tan ordenado como siempre, con todos los lápices en su sitio. Se acercó al archivador y pasó las carpetas hasta llegar a la que le interesaba, luego se la llevó a la mesa con los Persilscheine. Volvió a mirarla, luego miró los Persilscheine otra vez, se sentó y se hundió en la silla para pensar. Seguir las claves. Sin embargo, incluso antes de haber llegado al final de la columna, vio que Gunther lo había descubierto sin tan siquiera saberlo. Todo había estado allí desde el principio.
¿Y ahora qué? ¿Podría demostrarlo? Con un inevitable sentimiento de pesadumbre imaginó que Ron también se encargaría de eso, otra historia para proteger a los culpables en beneficio del Gobierno Militar. Quizá algo de justicia en la sombra, más adelante, cuando nadie estuviera mirando. ¿Y por qué iba a mirar nadie? Emil volvía a estar a salvo, habían frustrado los planes de los rusos, todo el mundo estaba contento salvo Tully, que había sido un segundón desde el principio. Volvía a estar en la guerra equivocada. Jake ganaría y no conseguiría nada a cambio. Ni siquiera reparaciones. Se sentó y se quedó mirando la hoja del traslado de Tully, las mayúsculas se veían borrosas en la copia de papel carbón. Esta vez no. No un ojo por ojo, pero sí algo, una reparación de guerra distinta, por los inocentes.
Se inclinó hacia delante, abrió los cajones del escritorio que le quedaban a un lado y buscó a tientas en su interior. Había montones de formularios gubernamentales, originales y copias de papel carbón agrupados en montones clasificados. Mentalmente se quitó el sombrero ante Jeanie. Todo estaba en su sitio. Sacó uno de los impresos, luego buscó otro en otra pila y voló hacia la máquina de escribir. Le sacó la funda con la mano sana y puso el primer impreso en el rodillo, alineando la máquina para que las letras quedaran dentro de la casilla, sin salirse de la línea, todo oficial. Cuando empezó a escribir, con un solo dedo, el ruido de las teclas llenó la habitación y llegó hasta el pasillo desierto. Se acercó un guardia, alarmado, pero se limitó a asentir con la cabeza al ver el uniforme de Jake.
– ¿Trabajando hasta tarde? Tendría que descansar un poco, lo digo por el cabestrillo.
– Ya casi he terminado.
En realidad, le llevaría horas, usando sólo un dedo, y le dolía el hombro. Entonces se dio cuenta de que necesitaría la corroboración de otro documento, y tuvo que volver a buscar en el escritorio. Lo encontró en el último cajón, junto al alijo de esmalte de uñas traído de Estados Unidos. Así que Jeanie tenía un amiguito… Puso el nuevo formulario en la máquina y empezó a teclear, siempre con cuidado, tenía que quedar bien. Ya casi había terminado cuando una sombra procedente de la puerta se proyectó en la hoja.
– ¿Qué está haciendo? -dijo Muller-. El guardia me ha dicho…
– Estoy rellenando un par de formularios para usted.
– Jeanie puede encargarse -sugirió con recelo el coronel.
– De esto no. Siéntese, ya casi he terminado.
– ¿Que me siente? -preguntó Muller, y echó los hombros hacia atrás sorprendido.
– Aquí tiene -dijo Jake, y sacó el formulario de la máquina-. Ya está listo. Sólo tiene que firmarlo.
– Pero ¿qué demonios está haciendo?
– Usted sabe cómo hacerlo. Se dedica a eso. Montones de firmas. Como ésta.
Puso sobre la mesa los informes de Bensheim que tenía Gunther.
Muller los cogió y les echó un vistazo rápido.
– ¿De dónde ha sacado esto?
– He estado indagando. Me gusta estar informado.
– Entonces sabrá que esto está falsificado.
– ¿Ah, sí? Tal vez, pero esto no. -Levantó la otra carpeta.
– ¿Qué es? -preguntó Muller, sin molestarse siquiera en levantar la vista.
– El traslado de Tully a Estados Unidos. Lo firmó usted. Tully estaba destinado en Francfort. No había ninguna razón para que una copia de sus órdenes acabara aquí, salvo que una de ellas fuera para el oficial que tenía que autorizarlas. Normas. Una copia llegó aquí. Puede que usted ni siquiera lo supiera, Jeanie debió de archivarla con todo lo demás cuando llegó. Era una chica eficiente. Jamás se le habría pasado por la cabeza que… -Tiró la carpeta sobre la mesa-. Claro, a mí tampoco se me habría ocurrido. ¿Por qué habría una copia aquí? Pero hay muchísimas cosas en las que no caí. Por ejemplo, por qué me ocultó el informe de la DIC. Por qué me dejó investigar para nada en el mercado negro. Y yo convencido de que le estaba sonsacando información… Debió de ser divertido oírme hacer todas las preguntas equivocadas. No avergoncemos al GM. -Hizo una pausa y miró el enjuto rostro del juez Harvey, mayor de lo que recordaba-. ¿Sabe una cosa? Todavía quiero que no haya sido usted. Tal vez sea por el pelo cano. No le pega el papel. Usted era uno de los buenos. Creí que al menos habría uno.
– ¿Que no quiere que haya sido yo quién?
– Usted lo mató.
– No puede estar hablando en serio.
– Y casi dio resultado. Si se hubiera quedado en el Havel. Si hubiera… desaparecido, como Emil. Pero Tully no desapareció.
– ¿Esto le gusta? ¿Le gusta inventar historias?
– Hmmm… Ésta es buena. Permítame que se la cuente. Siéntese.
Sin embargo, Muller se quedó de pie junto a la mesa todo lo alto que era, con los hombros tensos, erguido, a la espera, como un arma lista para disparar.
– Empecemos por el traslado. Es lo que debería haberme llamado la atención si hubiera estado atento. Gunther debió de darse cuenta, es la clase de detalle que a él le llamaría la atención. El traslado de un hombre que usted no conocía. Pero el hecho es que sí lo conocía. Era un viejo compañero. -Jake señaló los Persilscheine con un gesto de la cabeza-. No sé muy bien por qué quería enviarlo a casa, pero puedo suponerlo. Claro está que no era el tipo más digno de confianza con el que hacer negocios, pero supongo que usted se puso nervioso por algo. Todo salió según lo previsto. La pista que dejó Brandt se borró antes de que nadie se enterase, pero entonces Shaeffer empezó a meter las narices. A ese tipo le gusta armar jaleo. Creo que usó la expresión «hacer saltar las alarmas». Lo cual quiere decir que acudió al GM. Lo cual quiere decir que hizo saltar las alarmas aquí, y con el apoyo de un congresista. Todavía no había nada que lo relacionara a usted con la historia, pero no iban a dejarlo correr. Y luego estaba Tully, un tipo débil. ¿Quién sabe lo que diría? ¿Cuánto tardaría Shaeffer en saber que ya habían hecho negocios antes?