El profesor Brandt se quedó paralizado unos momentos, mirando a Emil, y luego alargó la mano.
– Entonces, adiós -dijo, con la voz temblorosa pese a la formalidad del gesto.
– Pero no es un adiós definitivo -respondió Emil con gran amabilidad, agarrando la mano de su padre, aunque intentando dejar de lado cualquier sentimiento-. Volveré algún día. Al fin y al cabo, éste es mi hogar.
– No -comentó el profesor Brandt tocándole el brazo-. Ya has hecho suficiente por Alemania. Vete. -Le soltó la mano y se quedó mirándolo-. Puede que las cosas cambien para ti a partir de ahora, en América.
– ¿Cambiar? -preguntó Emil, y se ruborizó, consciente de que los demás estaban observando.
Sin embargo, todos tenían la mirada clavada en el profesor Brandt, a quien habían empezado a temblarle los hombros, pues se había echado a llorar. Aquello los había pillado por sorpresa; era una emoción que nadie había previsto. Antes de que Emil pudiera reaccionar, el anciano se le acercó y le dio un fuerte abrazo, apresándolo con la rigidez de un cadáver. Jake quiso mirar hacia otro lado, pero en lugar de eso siguió observándolos, consternado. Puede que ésa fuera la única historia que importaba, los sempiternos lazos de sangre, enmarañados en un ovillo.
– Bueno, papá -dijo Emil, y se apartó.
– ¡Me hiciste tan feliz! -exclamó el profesor-. Cuando eras pequeño. ¡Tan feliz! -Seguía temblando, tenía la cara húmeda.
Los demás se habían girado, incomodados, como si el profesor sufriera algún tipo de incontinencia.
– Papá -dijo Emil, que seguía atrapado por el abrazo paterno.
El profesor se apartó, intentó recuperar la compostura y le dio una palmaditas a Emil en el hombro.
– ¡Bueno! Tus amigos también han venido. -Se volvió hacia Jake-. Discúlpeme. Son tonterías de viejos.
Se apartó, pero no se molestó en enjugarse las lágrimas.
Emil observó a Jake, extrañamente aliviado, agradecido por la interrupción, aunque sin estar demasiado seguro de qué hacer. Le tendió la mano.
– Bien está lo que bien acaba -sentenció.
– ¿Sí? -preguntó Jake, sin estrechársela.
Emil señaló con la cabeza el cabestrillo de Jake.
– ¿Está bien ese hombro?
No hubo respuesta.
– Fue un malentendido. Shaeffer me lo ha explicado.
– Nada de malentendidos.
Jake abrió la boca para volver a hablar, pero miró al profesor y, en lugar de decir nada, se volvió.
– Eso no está bien -dijo Breimer-. No, después de lo que ambos han pasado.
– No, desde luego no está bien -repitió Shaeffer dirigiéndose a Jake. Era una señal para que cogiera la mano de Emil.
Sin embargo, el momento había pasado ya, porque Emil se había vuelto para marcharse y se dirigía hacia la puerta de salidas, por donde Lena apareció con Erich doblando la esquina. Estaba inclinada, hablando al niño. Cuando levantó la vista y vio al grupo que esperaba, se detuvo y levantó poco a poco la cabeza. Pasado un instante, reemprendió la marcha con los hombros erguidos, con decisión, tal como había entrado en el comedor del Adlon. Aunque en esta ocasión no llevaba su mejor vestido, sino uno barato de florecillas, pero estaba guapa con esa prenda que captaba toda la luz.
– ¿Qué hace ella aquí? -dijo Shaeffer a medida que se acercaban.
– ¿La mujer? -preguntó Breimer-. ¿Por qué no iba a estar aquí? Ha venido a despedirse de su marido.
Lena estaba lo bastante cerca para oírlo, justo delante de Emil.
– No, se equivoca -le dijo a Breimer, pero miró a Emil-. Mi marido murió. En la guerra.
Pasó por delante de él y dejó una estela de silencio tras de sí. Jake miró a Emil. Tenía la misma expresión de confusión con la que había mirado al profesor; totalmente perdido, como si por fin hubiera visto un atisbo de la pieza que faltaba y ésta se hubiera desvanecido antes de poder discernir de qué se trataba.
– ¿En la guerra? -preguntó Breimer.
Lena cogió a Jake del brazo.
– Están embarcando. Vamos, Erich.
Rosen le puso una mano en el hombro al niño y ambos se dirigieron hacia la escalera que quedaba detrás de los soldados con talegos.
– Recuerda que tenéis que ir cogidos de la mano, ¿de acuerdo? -Lena se volvió hacia Rosen-. ¿Lleva el almuerzo?
El profesor levantó la bolsa con una paciente sonrisa.
Lena se arrodilló ante Erich.
– Como si fuera mamá gallina, eso es lo que piensa de mí. ¿Eso piensas tú también? -Erich sonrió de oreja a oreja-. Bueno, pues entonces dame un abrazo bien fuerte. Un abrazo de mi pollito. Me encanta. Te escribiré. ¿Te escribo en inglés? El doctor Rosen sabe leerlo, y tú también aprenderás. Puedes practicar, ¿qué te parece el plan? Y Jake también. Acércate -le dijo a Jake, levantándose-, dile adiós.
Jake se agachó y le puso una mano a Erich en el hombro.
– Pórtate bien y haz caso al doctor Rosen, ¿de acuerdo? Te lo pasarás muy bien, y yo iré a visitarte algún día.
– ¿No eres mi padre? -preguntó el niño, lleno de curiosidad.
– No. Tu padre está muerto, ya lo sabes. Ahora el doctor Rosen se encargará de ti.
– Me has puesto tu apellido.
– Ah, lo dices por eso. Bueno, es que todo el mundo se pone un apellido nuevo en América. Allí es la costumbre. Así que yo te he puesto el mío. ¿Te parece bien?
Erich asintió.
– Iré a visitarte, te lo prometo.
– Vale -comentó el niño, luego se puso de puntillas, agarró a Jake por el cuello y le dio un rápido abrazo, pero tuvo tanto cuidado con el cabestrillo que el periodista apenas notó el peso del bracito; era tan ligero como una hebra de lana-. Geismar -dijo-. ¿Es inglés? ¿No es alemán?
– Bueno, antes sí lo era. Ahora es americano.
– Como yo.
– Eso es, como tú. Venga, será mejor que te des prisa si quieres sentarte junto a la ventana -le dijo, y le dio un empujoncito para que se fuera con Rosen.
– No olvides despedirte con la mano -le dijo Lena mientras empezaban a bajar por la escalera-. Estaré mirándote.
Se volvió y por primera se dirigió al profesor Brandt, tocándole la manga.
– Está bien que hayas venido, podremos verlos desde aquí -le dijo, volviendo la espalda al grupo para mirar por la ventana.
– Tú quédate a mirar, yo me despido. Por lo visto, también de ti -dijo el hombre, mirando a Emil.
Levantó la mano antes de que ella pudiera decir nada, luego se inclinó y la besó con delicadeza en la frente. Se quedó mirándola un segundo, asintió con la cabeza y se despidió sin palabras, de vuelta al vestíbulo.
Shaeffer había comprobado que sus nombres estuvieran en la lista y estaba esperando a Emil, que seguía paralizado, con la mirada fija en Lena.
– Vamos, Emil -dijo Shaeffer, impaciente, luego se volvió hacia Breimer-. Nos veremos en Francfort. Gracias por todo.
– ¿Muerto en la guerra? -le preguntó Emil a Lena-. ¿Así es como nos vamos a dejar?
Ella se volvió y lo miró enfadada.
– No, te dejo con Peter. Ahora vete.
– ¿Con Peter? ¿Qué significa eso? ¿Qué quieres decir con eso? -lo preguntó impaciente, en voz más alta.
Jake miró a Lena, que seguía seria, y, durante un instante, pensó que ella sería capaz de hacerlo, con la misma facilidad de la camarera de Gunther exigiendo que le pagaran la cuenta. Después, Lena miró a Emil y agachó la cabeza.
– Nada. Como todo lo demás. No significa nada. Vete.
Se alejó en dirección al mirador que daba a las pistas sin volver la vista atrás.
– Venga, Emil -dijo Shaeffer, acompañándolo por la escalera.
– Vaya una cosa que decirle -le comentó Breimer a Jake-. Tendría que hablar con ella. ¡Menuda reacción! ¿Quién coño se cree que es?
– Una palabra más y lo machaco. No esperaría ni a las próximas elecciones para conseguir destituirlo.
Breimer lo miró, asombrado.