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– Necesito hablar contigo. -Tenía el rostro congestionado por el esfuerzo de la carrera-. Tu lista.

– Qué rápido -dijo Jake con alegría, pero después vio la mirada de Bernie, que lo inmovilizaba tanto como la mano que lo agarraba del brazo-. ¿Qué?

– Ven aquí -dijo Bernie, bajando con él los escalones para que nadie los oyera-. Naumann -dijo, sosteniendo la lista en alto-. Renate Naumann. ¿Cómo la conociste?

– ¿A Renate? Trabajaba para mí en la Columbia. Como los demás:

– Es la primera noticia que tengo.

Jake se lo quedó mirando con desconcierto.

– Extraoficialmente. La utilizaba como corresponsal local. Tenía muy buen ojo.

Bernie puso una expresión extraña, como si Jake le hubiera explicado un chiste malo, y después apartó la mirada.

– Muy buen ojo, sí -repuso con una voz llena de asco.

– ¿La conoces? -preguntó Jake, aún perplejo.

Bernie asintió.

– Creía que estaría muerta. ¿Sabes dónde está?

– En la cárcel.

Bernie miró alrededor, después volvió a coger a Jake del brazo y echó a andar más allá de los centinelas.

– Detesto esta mierda de alambre de espino. Me da escalofríos.

Cuando llegaron al jeep, Bernie se apoyó en él, se había quedado sin energía.

– ¿Qué quieres decir con que está en la cárcel? -preguntó Jake.

– Algunos de estos amigos tuyos… -Bernie sacó un cigarrillo-. La chica era una Greiferin. ¿Sabes qué es un Greifer?

– Un localizador, un delator. ¿De qué?

– De judíos.

– Imposible. Ella era…

– Judía, lo sé. Una judía para delatar a judíos. Lo tenían todo pensado. Incluso eso.

– Pero es que… -empezó a decir Jake, pero Bernie levantó una mano.

– ¿Quieres oírlo? -Dio una calada al cigarrillo-. La primera gran redada fue en el cuarenta y dos. En febrero. Después de eso, cualquier judío era ilegal en Berlín, clandestino. Los llamaban «submarinos». Seguía habiendo miles, imagínate. Algunos tenían casa… si un gentil los protegía. Los demás tenían que irse trasladando. De una casa a otra. Durante el día tenían que deambular constantemente para que los vecinos no sospecharan. Para que no los denunciaran -explicó, escupiendo casi la palabra-. Berlín es una ciudad grande. Podía uno perderse entre la muchedumbre si no se detenía mucho en ningún lugar. A menos que alguien te reconociera. Un Greifer.

– No me lo creo.

– ¿No? Pregunta a los judíos a quienes delató tu amiga. Unos cuantos sobrevivieron. Pocos. Si no, no la habríamos atrapado. Fue entonces cuando tuve que saltarme algunas normas. -Alzó la mirada-. Mereció la pena. ¿Atraparla? Mereció la pena. -Se alejó del jeep, caminando en un pequeño círculo-. ¿Cómo funcionaba? Algunos cubrían las estaciones del tren. A Renate le gustaban las cafeterías. Normalmente Kranzler's, o el Trumpf, cerca de la iglesia de la Memoria. La más grande, en Olivaerplatz, el Heil. Tomabas algo, observabas a la gente. A veces era algún judío que conocías de los viejos tiempos. A veces alguien de quien sólo sospechabas, así que hablabas un poco, tanteabas, insinuabas que tú mismo eras un submarino. Y ya estaba. Una visita al lavabo de señoras para llamar por teléfono. Normalmente los cogían en la calle, para no armar ningún escándalo en la cafetería. Tú te terminabas la bebida, sólo era una redada contra los judíos. Contra todos menos Renate. Al día siguiente, otra cafetería. Como verás, tenía muy buen ojo -dijo mirando a Jake-. Decía que los identificaba sólo con verlos. Ni siquiera Streicher podía hacer eso… Para él todos tenían narices de caricatura. Renate era mejor que los nazis, no necesitaba los parches de estrella. Sólo su buen ojo. ¿Y sabes?, la gente es idiota. Tanta cautela, un día tras otro. ¿Puedes imaginar lo que es eso? De pronto el alivio de ver un rostro amable. Si no puedes confiar en otro judío… Algunos incluso la invitaron a salir. Una cita, en esas circunstancias. «Deje que me retoque el maquillaje en el lavabo.» -Tiró el cigarrillo al suelo.

– ¿Y después? -preguntó Jake con impotencia, ansioso por saber.

– Al centro de recogida. Un edificio de la Gestapo, allí ya no tenían que preocuparse por el alboroto. Había muchos gritos. Los metían en camiones, y de allí los llevaban a los trenes para transportarlos al este. Los vecinos dicen que los ruidos eran espantosos. Tenían que cerrar las ventanas hasta que se iban los camiones.

– A lo mejor ella no lo sabía -dijo Jake, despacio.

– Vivía allí. Con los demás delatores. Los tenían atados en corto. Tal vez les recordaban «Tú podrías ser el siguiente», pero a ella nunca le tocó. Se salvó. -Hizo una pausa-. He visto la habitación donde vivía. Daba al patio. Veía cómo cargaban los camiones, a lo mejor también ella cerraba la ventana. -Miró a Jake con más dureza-. Lo sabía.

El día parecía haberse detenido a su alrededor, la calle vacía estaba tan calma como los archivos del edificio. Los centinelas aguardaban inmóviles al sol.

– Eso es… -balbució Jake, pero se le extinguió la voz, como una vela sin aire.

– ¿Lo peor que has oído en tu vida? -apuntó Bernie-. Quédate en Alemania. Cuando crees haber oído lo peor, siempre hay algo más. Siempre hay algo peor.

Cargados en camiones mientras ella miraba.

– ¿A cuántos? -preguntó Jake.

– ¿Importa eso?

Jake negó con la cabeza. Una chica de ojos resplandecientes y pelo rizado, pero ¿quién era quién?

– ¿Puedo verla? ¿Podrías conseguirme una visita?

– Si quieres. Aunque no serás el primero, te lo advierto. Tus colegas ya han estado por allí. Una nazi son noticias pasadas, pero ¿una judía? Eso sí que les interesa. Bah. -Hizo un gesto con la mano, como si los aplastara a todos igual que a un mosquito-. Pronto empezará el juicio. Si es que tienes aguante.

– ¿Ha confesado?

– Con ésta no hay dudas -repuso Bernie mirándolo fijamente-. Tenemos testigos.

– Pero si la obligaron…

– Lo hizo. Eso es lo que importa, ¿de acuerdo? Lo hizo. -Cogió aliento-. Las personas a quienes delató están muertas. Nadie buscó excusas para toda esa gente.

– No.

– No -repitió Bernie, espirando la palabra, caso cerrado-. No es lo que esperabas, ¿verdad?

– No.

– No -dijo Bernie-. Lo siento. Todo esto es un horror. Limítate al mercado negro.

– Aun así, quisiera verla.

Bernie asintió con la cabeza.

– A lo mejor a ti te dirá algo. Por qué. Jamás lo entenderé.

– Nosotros no estábamos, no sabemos cómo era esto.

– Yo tenía familia aquí -espetó Bernie-. Sé cómo fue para ellos.

Jake miró otra vez a la tranquila villa a través del alto alambre de espino que estremecía a Bernie.

– ¿Qué le sucederá?

– La cárcel -dijo Bernie, inexpresivo-. Es una mujer, no la colgarán. A lo mejor es peor, tendrá que vivir con ello.

– En una celda, con los nazis que la obligaron a hacerlo.

– Lo decidió ella misma al convertirse en una de ellos. Ya te he dicho que era asqueroso. ¿Cómo crees que me siento? Yo he sido su Greifer. Otro judío. ¿He hecho bien? Dímelo tú.

Jake agachó la cabeza.

– No lo sé.

– Tampoco yo -repuso Bernie con serenidad, aunque un ligero quebranto en su voz hizo que bajara la guardia y por un instante volvió a ser el niño que practicaba Mendelssohn-. Haces tu trabajo.

– ¿La detuviste tú?

– ¿Personalmente? No. Gunther Behn. Nuestro sabueso. -Se quedó callado y después agarró a Jake por el brazo-. Espera un momento, antes no se me había ocurrido. Pensaba en alguien dentro Seguridad Pública. ¿Buscas a una persona que conozca las calles? Gunther era agente de policía, conoce todos los callejones. Prueba con él. Suponiendo que quiera. ¿Tienes dinero para derrochar?