Jake le dio la vuelta al paño, se sentía impotente.
– No pienses en eso ahora.
– Nadie pudo salir.
Ella sí, no obstante, de algún modo. Otra historia de Berlín.
– Ya me lo contarás más tarde -le dijo él con dulzura-. Duerme un poco.
Volvió a acariciarle el pelo, como si así pudiera evitar que recordara, y al cabo de unos minutos pareció funcionar. Los pequeños suspiros empezaron a suavizarse y se volvieron casi inaudibles, de modo que sólo el leve movimiento de su pecho indicaba que seguía respirando. ¿Dónde se había metido Hannelore?
Jake estuvo mirando un rato cómo dormía, después se levantó y curioseó por la habitación revuelta. Había ropa encima de la silla, un par de zapatos en el asiento. Sin pensarlo, se puso a recoger para llenar el tiempo. «Una habitación desordenada es señal de una mente desordenada», el viejo dicho de su madre, que se le había quedado grabado. Se dio cuenta de que estaba recogiendo por el médico, qué absurdo. Como si importara.
Abrió la puerta del armario. Le había dejado a Hal unas cuantas cosas suyas, pero ya no estaban, seguramente las habrían cambiado en los tablones de anuncios. En su lugar colgaba un abrigo de pieles junto a algunos vestidos. Pieles, un poco ajadas, pero pieles a fin de cuentas. Jake había oído decir que las habían recogido todas para enviarlas a las tropas del frente oriental. Sin embargo, Hannelore había conservado su abrigo. Un regalo, sin duda, de algún amigo del ministerio. O puede que lo rescatara después de algún bombardeo, cuando su propietaria ya no estaba.
Fue al salón. Allí no había mucho que arreglar: el sofá desvencijado bajo el que había una maleta guardada, algunas tazas sueltas que nadie había fregado. Cerca de la mesa de la ventana encontró algo nuevo: una jaula vacía, la contribución de Hannelore a la decoración. Por lo demás, todo como antes. Fregó las tazas con agua fría, limpió la encimera y el fregadero. Cuando no quedó más por hacer, se puso a fumar junto a la ventana, pensando en el hospital. ¿Qué más habría visto Lena? Todo aquel tiempo la había imaginado en el viejo piso, vistiéndose para salir, poniendo caras en el espejo, a salvo bajo la campana de cristal del recuerdo. Los últimos cuatro años sólo le habían sucedido a él.
Unos cuantos cigarrillos después, Jake oyó a Hannelore en la escalera.
– Deja la puerta abierta -dijo la chica, y apagó la linterna-. Si no, no lo encontrará.
– ¿Dónde está el médico?
– Ahora viene. Han tenido que ir a buscarlo. ¿Cómo está?
– Dormida.
Hannelore gruñó algo y se fue a la cocina, donde sacó una botella que estaba escondida en el estante más alto.
– ¿Dónde está Steve? -preguntó Jake.
– Me lo has fastidiado -dijo la chica mientras servía una copa-. No volverá.
– No te preocupes, hay muchos más donde encontraste a ése.
– ¿Crees que es fácil? ¿Qué voy a hacer ahora?
– Te lo compensaré. También te pagaré la habitación. No puede dormir aquí fuera.
– No, pero yo sí, ¿verdad? ¿Cómo voy a traer a nadie a un sofá?
– Te he dicho que te pagaré. Puedes tomarte vacaciones, descansar. Te sentará bien.
– Vete al cuerno -repuso ella, y entonces reparó en que había recogido las tazas de la encimera-. Vaya. Además, servicio de limpieza. Me ha tocado el premio gordo. -Esta vez sonaba aplacada, como si ya contase el dinero-. ¿Tienes un cigarrillo?
Jake le dio uno y lo encendió.
– Me la llevaré en cuanto esté mejor. Toma, acepta esto. -Le dio algo de dinero-. Ahora no puedo moverla.
– Está bien, está bien, nadie la está echando. Aprecio a Lena. Siempre se portó bien conmigo. No como otros -dijo, mirándolo-. Durante la guerra venía a veces, traía café, me hacía una visita. No por mí. Yo sabía por qué venía. Quería estar aquí, en el piso. Quería asegurarse de que seguía existiendo. Le traía recuerdos, supongo. Qué tontería. Todo tenía que estar igual. «Hannelore, has movido la silla. ¿No te gustaba ahí?» Yo sabía lo que pretendía, pero ¿qué importaba, con bombas todas las noches, dónde estuviera la silla? «Si te hace feliz, vuélvela a colocar donde estaba», decía yo, y ¿sabes?, lo hacía. Qué tontería. -Terminó la copa.
– Sí -dijo Jake. Otra campana de cristal-. ¿Te dejó Hal el apartamento?
– Claro. Era amigo mío, ¿sabes?
– No, no lo sabía -repuso Jake con verdadera sorpresa.
– Ah, es que tú no te dabas cuenta de nada. Sólo tenías ojos para ella. No veías nada más. Hal era muy amable. Siempre me gustaron los americanos. Incluso tú, un poco. No erais un mal grupo. A veces… -añadió, pero se detuvo-. No me traigas problemas. No fui nazi, no me importa lo que pienses. Nunca. Sólo de la Liga de Muchachas, todas las chicas del colegio tenían que inscribirse, pero nazi no. ¿Sabes qué harían? Me darían una cartilla de racionamiento V. Eso es una sentencia de muerte. No se puede vivir con eso.
– No quiero causarte problemas. Te estoy agradecido.
– Hmmm -masculló ella mientras apagaba el cigarrillo-. Pero sigo en el sofá. Bueno, espera a que vaya por mis cosas.
Cuando salió del dormitorio llevaba puesto un camisón de seda que dejaba ver la gran prominencia de sus grandes pechos. La amiga de Hal.
– ¿Te incomoda? -preguntó casi con coquetería-. Bueno, si tengo que estar aquí fuera, no puedo evitarlo.
Extendió una sábana sobre el sofá.
– ¿Sigue durmiendo?
Hannelore asintió con la cabeza.
– No tiene buena cara -dijo.
– ¿Cuánto hace que está enferma?
– Una semana, puede que dos. Cuando llegó, creí que sólo estaba cansada. Ahora todo el mundo está cansado. No me di cuenta. ¿Qué podía hacer? No había mucho que comer.
– Mañana traeré comida. Para las dos.
– ¿Y cigarrillos?
Se estaba limpiando la cara con un paño húmedo; se quitaba años al borrar el carmín. ¿Cuántos debía de tener, veinticinco?
– Claro.
– Herr Geismar -dijo para sí, sacudiendo la cabeza-. Otra vez en Berlín. ¿Quién lo habría dicho? Y en el piso de siempre, ¿eh?
– Esperaré despierto -dijo Jake-. Tú duerme, si quieres.
– Con un hombre en la habitación, lo dudo. Quizá descanse un poco.
Sin embargo, al cabo de un rato ya estaba dormida, con la boca abierta y la sábana tapándole apenas los pechos: el sueño despreocupado de una niña. La espera se alargaba. Escrutaba la siniestra oscuridad de Wittenbergplatz. Hacía listas mentales: comida, medicamentos, si lograba que le dieran algo en el dispensario fingiendo una enfermedad. Si no, Gunther podría conseguir de todo. Aunque ¿qué medicamento? Miró su reloj. La una y media. ¿Qué clase de médico se presentaba a las dos de la madrugada?
Llegó a las tres. Unos golpecitos en la escalera y luego un cuerpo esquelético en el umbral. Se aclaró la garganta como si estuviera llamando al timbre. Grotescamente delgado, tenía los ojos hundidos de campo de concentración. ¿De dónde lo había sacado Danny? Llevaba mochila en lugar de maletín de médico.
– ¿Es usted el médico?
– Rosen. -Asintió con formalidad-. ¿Dónde está la chica?
Jake señaló hacia el dormitorio y vio que Rosen reparaba en Hannelore, dormida en el sofá.
– Primero necesito un sitio donde lavarme las manos.
Jake supuso que era un eufemismo, pero Rosen se las lavó en el baño y luego las secó metódicamente, como un cirujano.
– ¿Hiervo agua? -preguntó Jake, perdido.
– ¿Por qué? ¿Está de parto?
En el dormitorio, Jake la despertó con dulzura y se apartó mientras Rosen le tocaba la garganta con las manos limpias en busca de alguna hinchazón. En lugar de termómetro, la palma de la mano en su frente.
– ¿Cuánto hace?
– No lo sé. Dice que hace una semana, más o menos.