Los bosques eran inhóspitos y sombríos, y Jake se maldijo por haber tomado ese atajo, que no estaba más seco y además estaba lleno de sombras, igual que el resto del día. ¿Qué había esperado, praderas soleadas y una manta de picnic húmeda de sexo? Era demasiado pronto. ¿Y si siempre era demasiado pronto? Con Lena temblando junto al árbol, Jake se había sentido igual que en aquella casa a punto de derrumbarse: llena de crujidos, demasiado débil para apuntalarla y mantenerla en pie. Un grito ahogado, sólo un roce. No sería así… ¿Qué sabía él? Era ella quien lo había pasado. Jake había intentado presionarla, puede que lo hubiera estropeado todo, como un chaval impaciente por echar un polvo. Sólo que no lo había planeado, había ocurrido sin más en un intento por recuperar el pasado, una de aquellas tardes en las que todo había sido hermoso, cuando ambos lo habían deseado. Era demasiado pronto.
Se detuvieron para refugiarse bajo el paso a desnivel de la Avus mientras los camiones del ejército rugían en el puente de hormigón encima de ellos. Lena seguía tiritando, no entraba en calor, no más que bajo la lluvia. Las paredes goteaban de humedad. Lo mejor sería darse prisa y cambiarse de ropa, no quedarse allí acurrucados y mojados. Sin embargo, ¿dónde? Wittenbergplatz quedaba a kilómetros de distancia. Al menos tenían que salir del bosque. Pasaron por Krumme Lanke, ya no quedaba mucho, y entonces Jake vio la calle que llevaba al Centro de Documentación. A lo mejor Bernie estaba allí, acurrucado en su sótano lleno de fichas, pero ¿de qué les serviría? Miró a Lena sobresaltado. Seguía encogida, tiritando. El reposo de la semana anterior no habría servido de nada. Un baño caliente. Recordó lo mucho que había costado calentar el agua de la bañera cargando cazos calientes. Pasó por delante del centro de prensa a toda velocidad. A lo mejor Liz tenía algo seco que prestarle. No estaba permitido llevar a civiles al alojamiento, pero ¿quién lo detendría? ¿La pareja de ancianos?
Tuvo suerte. En Gelferstrasse no había nadie, la casa estaba tan vacía que se podía oír el reloj de pared. Lena dudó antes de entrar.
– ¿Vives aquí? ¿Puedo pasar?
– Diremos que eres mi sobrina -dijo Jake tirando de ella.
Los zapatos mojados rechinaron en la escalera y dejaron huellas mojadas.
– Es ahí -dijo Jake señalando su puerta-. Te prepararé un baño.
Un agua tan caliente que desprendía vapor. Abrió el grifo al máximo, después vio el bote de sales de baño que Liz había dejado en el estante y echó un poco en el agua. Espuma, olor a lavanda… Quizá fuera un regalo del apuesto Joe.
Lena miraba a su alrededor desde la puerta. Tenía el vestido empapado.
– Tu habitación es muy divertida. Rosa, como la de una niña.
– Era de una niña. Toma. -Le dio una toalla-. Será mejor que te quites eso. El baño es todo tuyo.
Jake se acercó al armario, se desnudó e hizo un montón con la ropa mojada. Sacó una camisa limpia y fue a la cómoda a por ropa interior. Cuando se volvió, encontró a Lena mirándolo y, pudoroso de pronto, levantó la camisa para cubrirse.
– Aún estás vestida -dijo.
– Sí -repuso ella.
Jake se dio cuenta de que esperaba que la dejara sola, que de nuevo se mostraba tímida, temerosa de revelar nada.
– Está bien, está bien -dijo al tiempo que cogía unos pantalones-. Esperaré abajo. Tómate el tiempo que quieras, el calor te sentará bien.
– Se me había olvidado -dijo ella- cómo eras.
Jake la miró, desconcertado, cogió unos zapatos secos y se fue hacia la puerta.
– Así tendrás algo en qué pensar en la bañera. Venga, quítate eso -dijo señalándole el vestido-. No te preocupes, no miraré. Aquí al lado se hospeda una chica, no le importará que cojas algo prestado.
– No, tengo el vestido nuevo -repuso ella mientras lo desdoblaba-. Sólo está un poco mojado por aquí.
– ¿Ves? Una ganga -dijo Jake, y cerró la puerta.
Una vez abajo, se calzó y se sentó a mirar la lluvia por la ventana. Poco a poco. No obstante, acababan de estar desnudos en una habitación, mirándose. Jake oía el grifo, ahora a menos presión, sólo para mantener el agua caliente mientras ella se bañaba. Como extraños, como si nunca hubieran estado juntos en la cama. Tumbados, mirándola en el espejo. Todo eso había sido antes.
Se sirvió una copa de una de las botellas etiquetadas del comedor -de Muller, que seguramente podía permitírselo- y se la llevó a la ventana. La lluvia caía a plomo, ni siquiera mojaba el alféizar de la ventana abierta, era esa clase de lluvia constante que podía durar horas, buena para las cosechas y para quedarse en casa. Cerca del piano había un fonógrafo, se acercó y ojeó la pila de discos. Vinilos del Nat Cole Trio, a todas luces el preferido de alguien. Sacó un disco de la funda y lo puso. Straighten Up and Fly Right, música ligera y animosa, muy estadounidense. Se sentó con un cigarrillo y apoyó los pies en el alféizar, melancólico a pesar de la música. Aquello era lo último que había imaginado, siempre había estado seguro de cómo iba a ser.
La canción volvió a empezar. Jake frunció el ceño y se levantó para quitar el disco. Ya no se oía el agua, no había ruidos en el piso de arriba. Estaría secándose, pasándose una toalla por el pelo, recogiéndoselo. Jake oyó un suave movimiento, como de ratones, y supo que Lena había cruzado el pasillo. Estaba en su habitación. Cogió unos cuantos discos y los puso todos para no oír nada más, ningún crujido, nada que le hiciera pensar. Sólo un piano, un bajo, una guitarra y la lluvia incesante. Volvió a poner los pies sobre el alféizar. Antes, las tardes nunca se habían hecho tan largas; se vestían deprisa, volvían a la ciudad. Ahora los minutos se alargaban sin ningún lugar al que ir, tan informes y perezosos como el humo del cigarrillo que ascendía en volutas por la casa vacía.
No la oyó entrar, sólo sintió un cambio en la atmósfera tras el telón de la música, y el aroma a lavanda. Volvió la cabeza y encontró a Lena de pie, muy quieta, esperando a que la viera. Entonces entró, insegura. Jake se puso de pie sin dejar de mirarla, pensando en mil cosas. El baño le había devuelto el color, rosado como su habitación, el antiguo rostro de Lena. Sin embargo, había algo más. El vestido le quedaba un poco grande, así que se había apretado el cinturón y se lo había ablusado por la parte de arriba; un vestido de 1940. También se había peinado como entonces, con la melena suelta al viejo estilo. Todo dispuesto, como una invitación. Todo lo que él le había pedido. Lena sonrió con timidez, tomando el silencio de él por aprobación, y se le acercó unos pasos. Después se volvió hacia el fonógrafo. Parecía una chiquilla en una cita, sin saber qué decir.
– ¿Qué significa You´re the cream in my coffee? -preguntó, leyendo el disco.
– Que hacen buena pareja -contestó Jake, distraído, mirándola aún.
– ¿Es un chiste? -preguntó Lena, sólo por charlar.
El asintió al tiempo que escuchaba la letra, ahora que ella parecía prestar atención.
– Igual que eso de My Worcestershire, decir.
– ¿Worcestershire? -repitió Lena en inglés, tartamudeando.
– Una salsa.
Volvió a mirarlo.
– ¿Estoy bien? -Sí.
– Le he cogido unos zapatos.
No dijo más, se lo quedó mirando, expectante, mientras el disco cambiaba. Una lenta, I'll String Along with You, como las que hacían soñar en Ronny's. Lena se le acercó, tambaleándose un poco por los zapatos prestados, y le puso la mano en el hombro.