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– Estaba claro que acabaría así -dijo el profesor Brandt-. Eso lo veía cualquiera. ¿Por qué él no? Destruyeron Alemania. Primero los libros, después todo lo demás. No era suyo, no podían destruirlo así. También era mío. ¿Dónde está ahora mi Alemania? Mírela. Ha desaparecido. Asesinos.

– No fue Emil.

– Trabajó para ellos -repuso el hombre, y su voz subió de tono, como si estuviera en un tribunal con un caso que llevaba años defendiendo-. Tenga cuidado al ponerse un uniforme. En eso te conviertes. Siempre el trabajo. ¿Sabe qué me dijo? «No puedo esperar a que la historia cambie las cosas. Tengo que hacer mi trabajo. Después de la guerra podremos hacer maravillas. El espacio.» Podremos. ¿Quiénes, la humanidad? Después de la guerra. Me lo decía mientras caían las bombas. Mientras hacinaban a personas en trenes. No veía la relación. «¿Qué vais a hacer en el espacio? -le decía yo-. ¿Contemplar desde allí a los muertos?» -Se aclaró la garganta y se tranquilizó un poco-. Usted piensa como Lena. Cree que soy muy duro.

– No lo sé -adujo Jake, incómodo.

El profesor Brandt se detuvo a mirar el palacio.

– Me partió el corazón -dijo, con tanta sencillez que Jake se estremeció, como si al anciano le hubieran quitado una venda y su herida hubiese quedado al descubierto-. Lena cree que lo juzgo. Ni siquiera lo conozco -dijo, y sus palabras parecieron desmoronarse con él. Sin embargo, cuando Jake levantó la mirada, el hombre estaba tan erguido como antes, el cuello de la camisa mantenía firme el suyo. Echó a andar por el parque-. Bueno, ahora lo harán los americanos.

– No hemos venido a juzgar a nadie.

– ¿No? ¿Quién lo hará, entonces? ¿Cree que podemos juzgarnos nosotros mismos? ¿A nuestros propios hijos?

– A lo mejor nadie puede.

– Entonces se habrán salido con la suya.

– La guerra ha terminado, profesor Brandt. Nadie se ha salido con la suya.

Jake miró los restos carbonizados del edificio.

– La guerra no. La guerra no. Sabe lo que sucedió. Todos lo sabían. En Grunewald Station. ¿Sabe que los enviaban desde allí y no desde el centro, donde la gente podía verlos? Miles de personas, en vagones. Niños. ¿Acaso creíamos que se iban de vacaciones? Lo vi con mis propios ojos. Dios mío, pensé, ¿cómo pagaremos por esto, cómo? ¿Cómo pudo suceder? ¿Aquí, en mi país, un crimen así? ¿Cómo pudieron hacerlo? No los Hitler ni los Goebbels, a esos tipos se los puede ver cualquier día. En un zoológico. En un manicomio. Pero ¿Emil? Un chico que jugaba con trenes. Con bloques. Siempre construyendo algo. Un millón de veces me he preguntado, una y otra vez, cómo pudo ese chico participar en todo eso.

– Y ¿qué respuesta ha encontrado? -preguntó Jake con serenidad.

– Ninguna. No hay respuesta. -Se detuvo para quitarse el sombrero, sacó un pañuelo y se enjugó la frente-. No hay respuesta -repitió-. Verá, su madre murió cuando él nació, así que estábamos sólo nosotros dos. Los dos solos. Quizá fui muy estricto. A veces creo que fue por eso, pero él no daba problemas, era tranquilo. Tenía una mente extraordinaria. Se la veía en funcionamiento mientras jugaba: un bloque tras otro, así. A veces me quedaba sentado, contemplando sólo su mente.

Jake intentó imaginar al hombre sin el alto cuello almidonado, estirado en el suelo de una habitación infantil entre un montón de bloques de construcción.

– Después, en el Instituto, un prodigio, claro. Todos predecían grandes cosas para él, todos. Y en lugar de eso, esto. -Extendió la mano para abarcar el pasado junto con el jardín revuelto-. ¿Cómo? ¿Cómo pudo no verlo una mente como la suya? ¿Cómo pueden verse sólo los bloques y nada más? Le faltaba una pieza. Igual que a todos los demás, les faltaba una pieza. A lo mejor nunca la tuvieron. Pero ¿Emil? Un buen chico alemán. ¿Qué pasó? ¿Por qué se fue con ellos?

– Al final regresó a por usted.

– Sí, ¿sabe cómo? Con las SS. «¿Esperas que me suba a ese coche? -le dije-. ¿Con ellos?»

– ¿Las SS vinieron a buscarlo?

– ¿A mí? No. Unos documentos. Aun entonces, con los rusos aquí ya, venían a buscar documentos. Para salvarse. ¿Acaso creían que no sabíamos lo que habían hecho? ¿Cómo puede ocultarse algo así? Qué tontería. «Es la única forma de hacerlo -dijo Emil-. Ellos tienen coche, te llevarán.» -Le cambió la voz-. «Dile a esa vieja mierda que se dé prisa o le pegamos un tiro a él también», dijeron. Borrachos, creo, pero eso hacían, disparaban a la gente, incluso en esos últimos días, cuando todo estaba ya perdido. «Muy bien -les dije-. Disparadle a esta vieja mierda. Así habrá una bala menos.» «No digas eso -dijo Emil-. ¿Estás loco?» «El loco eres tú -le dije yo-. Los rusos te colgarán si te ven con estos cerdos.» «No, Spandau está abierto, podemos marcharnos al oeste.» «Prefiero los rusos a esta escoria», le dije. Incluso entonces discutimos. -Otra vez la voz de las SS-: «Déjelo. No tenemos tiempo para esto.» Era verdad, desde luego, ya se oía el fuego de artillería por todas partes. Así que se marcharon. Ésa fue la última vez que lo vi, subiéndose a un coche de las SS. Mi hijo.

Su voz se fue desvaneciendo hasta que dejó de oírse, como si su recuerdo estuviera rebobinando un carrete de película para visionar de nuevo la escena.

– Intentaba salvarlo -dijo Jake.

El profesor Brandt, sin embargo, retomó la conversación anterior.

– ¿De qué lo conoce?

– Lena trabajaba conmigo en la Columbia.

– La radio, sí, lo recuerdo. Hace mucho tiempo. -Miró a Lena, que los estaba esperando cerca del borde del jardín, donde las lentas aguas del Spree formaban un recodo-. No tiene buen aspecto.

– Ha estado enferma, se está recuperando.

El profesor asintió con la cabeza.

– Por eso no había venido. Antes venía, después de los bombardeos, a ver si estaba bien. La leal Lena. No creo que se lo dijera a Emil.

Lena se volvió mientras ellos se acercaban.

– Mirad los patos -dijo-. Siguen ahí. ¿Quién les dará de comer? -Una especie de disculpa por su arrebato, simplemente sin mencionarlo-. Bueno, ¿habéis terminado?

– ¿Terminado? -preguntó el profesor Brandt, y luego miró a Jake de soslayo-. ¿Qué era lo que quería?

Jake sacó la fotografía de Tully del bolsillo de la pechera.

– ¿Ha estado aquí este hombre? ¿Lo ha visto?

– Un americano -dijo el profesor, mirándola-. No. ¿Por qué? ¿También busca a Emil?

– Puede que lo haya hecho. Lo conoció en Francfort.

– ¿Es de la policía? -preguntó el profesor enseguida, tanto que Jake lo miró sorprendido. ¿Cómo sería vivir doce años vigilado?

– Lo era. Está muerto.

El profesor Brandt se lo quedó mirando.

– -Y por eso quiere encontrar a Emil. Como a un amigo. -Miró a Lena-. ¿Es eso cierto? ¿No quiere detenerlo?

– ¿Crees que lo ayudaría a hacer algo así? -repuso ella.

– No -terció Jake, respondiendo por ella-, pero estoy preocupado. Hoy en día, dos semanas son mucho tiempo para estar desaparecido en Alemania. Este hombre fue el último que lo vio, y está muerto.

– ¿Qué me está diciendo? ¿Cree que Emil…?

– No, no lo creo, pero no quiero verlo acabar de la misma forma. -Hizo una pausa para asimilar la expresión de asombro del profesor Brandt-. Puede que sepa algo, nada más. Tenemos que dar con él. No ha ido a casa de Lena. El único lugar al que también acudiría es a su casa.

– No, a mi casa no.

– Lo hizo una vez.

– Sí, y ¿qué le dije? Ese día de las SS -dijo, volviendo a ver la película-. «No vuelvas.» -Apartó la mirada-. No vendrá aquí. Ahora no.

– Si lo hace, ya sabe dónde está Lena -dijo Jake mientras guardaba la fotografía.

– Lo eché de aquí -insistió el profesor Brandt, perdido aún en sus recuerdos-. ¿Qué otra cosa podía hacer? Las SS. Hice bien.