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– Sí, hiciste bien. Siempre haces lo correcto -dijo Lena, cansada, mirando a otra parte-. Y ahora mira.

– Lena…

– No, ya no. Estoy cansada de discutir. Siempre política.

– No es política -repuso él, negando con la cabeza-. No es política. ¿Crees que lo que hicieron fue política?

Lena le sostuvo unos instantes la mirada, después se volvió hacia Jake:

– Vayámonos.

– ¿Volverás? -preguntó el profesor Brandt con una voz de pronto frágil y anciana.

Lena se acercó y le puso una mano en el hombro. Le limpió la solapa del traje como si estuviera a punto de enderezarle la corbata, un gesto de inesperada ternura. Él permaneció bien erguido y dejó que le alisara la chaqueta, en lugar de darle un abrazo.

– La próxima vez te lo plancharé -dijo-. ¿Necesitas algo? ¿Comida? Jake puede conseguir comida.

– A lo mejor un poco de café -dijo él con ciertas dudas, reacio a pedir nada.

Lena le dio una última palmadita al traje y se apartó sin esperar que ninguno de los dos hombres la siguiera.

– Daré un pequeño paseo -dijo el profesor Brandt, y miró la espalda de Lena-. Para mí es como una hija.

Jake se limitó a asentir con la cabeza sin saber qué decir. El profesor Brandt se enderezó, echó los hombros hacia atrás y se puso el sombrero.

– ¿Señor Geismar? Si encuentra a Emil… -Se interrumpió para escoger con cuidado las palabras-. Sea buen amigo. Con los americanos creo que hay problemas, así que ayúdelo. ¿Le sorprende que se lo pida? Este viejo alemán, tan estricto. Pero uno siempre lleva a un hijo en el corazón. Aunque se convierta en… en lo que se ha convertido. Aun así.

Jake lo miró: erguido, alto y solo en aquel lodazal.

– Emil no metió a nadie en un tren. No es lo mismo.

El profesor Brandt alzó la cabeza hacia el edificio carbonizado, después miró otra vez a Jake y bajó el ala de su sombrero.

– Eso júzguelo usted.

Cuando regresaron al jeep, Jake se tomó un minuto para observar la calle del profesor Brandt, pero no vio a nadie, ni siquiera al joven Willi montando guardia por unos cigarrillos.

En casa de Frau Dzuris no había cambiado nada: el mismo pasillo con goteras, las mismas patatas hervidas, los mismos niños de ojos hundidos que espiaban furtivamente desde la habitación.

– Lena, Dios mío, eres tú. Veo que la ha encontrado. Niños, mirad quién está aquí, es Lena. Venid.

Sin embargo, fue Jake quien cautivó su atención al ofrecerles unas chocolatinas que ellos le arrebataron de las manos. Antes de que Frau Dzuris pudiera impedirlo estaban arrancando los brillantes envoltorios de Hershey.

– Qué modales. Niños, ¿qué se dice?

Un «gracias» mascullado entre mordiscos.

– Vengan, siéntense. Oh, a Eva le dará mucha pena no haber estado. Ha vuelto a ir a la iglesia. Va todos los días. «¿Por qué rezas? -le digo yo-. ¿Por maná? Dile a Dios que nos mande patatas.»

– ¿Está bien, entonces? ¿Y su hijo?

– Sigue en el este -repuso la mujer en voz más baja-. No sé dónde. A lo mejor reza por él, pero en Rusia no hay Dios.

Jake había esperado estar allí sólo un par de minutos, hacer una pregunta sencilla, pero se encontró sentado a la mesa y rindiéndose ante la inevitable visita de cortesía. Fue una conversación muy berlinesa, compararon listas de supervivientes. Greta, la del piso de abajo. La presidenta de escalera, que escogió un mal refugio. El hijo de Frau Dzuris, que escapó del ejército pero quedó atrapado en la planta de Siemens, de donde se lo llevaron los rusos.

– ¿Y Emil? -preguntó la mujer mirando a Jake de reojo.

– No lo sé. Mis padres han muerto -contestó Lena, cambiando de tema.

– ¿Un ataque aéreo?

– Sí, acabo de saberlo.

– Tanta gente, tanta gente -comentó Frau Dzuris sin dejar de sacudir la cabeza. Después se alegró un poco-. Pero veros a vosotros juntos otra vez es toda una suerte.

– Sí, para mí -dijo Lena con una débil sonrisa, mirando a Jake-. Me ha salvado la vida. Me consiguió medicamentos.

– ¿Ves? Los americanos. Siempre dije que eran buenos, aunque el de Lena es un caso especial, ¿eh? -le dijo a Jake, casi bromeando.

– Sí, especial.

– Oye, a lo mejor no vuelves a verlo -le dijo a Lena-. Las mujeres tienen la culpa. Los maridos hacen la guerra y las mujeres tienen que esperarlos, pero ¿cuánto tiempo? Eva sigue esperando. Bueno, él es mi hijo, pero no sé. ¿Cuántos vuelven de Rusia? Además, tenemos que comer. ¿Cómo va a alimentar a sus hijos sin un hombre?

Lena miró a los niños, que seguían comiendo chocolate. Se le suavizó la expresión.

– Han crecido. No los habría reconocido.

Por un momento pareció otra persona. Ésa era una parte de su vida que Jake no había conocido, que había tenido lugar sin él.

– Sí, ¿qué va a ser de ellos? Vivir así, sólo de patatas… Es peor que durante la guerra, y ahora, además, tendremos a los rusos. Jake aprovechó eso para intervenir.

– Frau Dzuris, ¿el soldado que buscaba a Lena y a Emil era ruso?

– No, era ami.

– ¿Era este hombre? Le alcanzó la fotografía.

– No, no, ya se lo dije. Era alto, rubio, como un alemán. Incluso tenía nombre alemán.

– ¿Le dijo cómo se llamaba?

– No, aquí -dijo, y señaló con un dedo sobre su pecho, donde habría estado la placa identificativa.

– ¿Cómo se llamaba?

– No me acuerdo, pero era alemán. Pensé que es cierto lo que dicen. No es de extrañar que ganaran los americanos, con todos esos oficiales alemanes. Mire a Eisenhower -dijo, como si fuera un chiste.

Jake guardó la fotografía, decepcionado. Había perdido la pista.

– Así que no buscaba a Emil -dijo Lena con cierto alivio, refiriéndose a la fotografía.

– ¿Sucede algo? -quiso saber Frau Dzuris.

– No -contestó Jake-. Sólo pensaba que podía ser este hombre. ¿El americano que estuvo aquí le dijo por qué había venido a verla?

– Igual que usted, por el cartel de Pariserstrasse. Pensé que sería amigo tuyo -le dijo a Lena-. De antes, cuando trabajabas para los americanos. Oh, no como usted -le dijo a Jake con una sonrisa. Se volvió hacia Lena-: Ya sabes que siempre lo supe. Una mujer sabe estas cosas. Y, ahora, volver a encontraros… ¿Puedo decirte algo? No esperes como Eva. Hay muchísimos que no vuelven. Tienes que vivir, y éste… -Para bochorno de Jake, le dio unas palmaditas en la mano-. Se ha acordado del chocolate.

Tardaron otros cinco minutos en salir de allí. Frau Dzuris no dejaba de hablar mientras Lena se entretenía con los niños y les prometía que volvería a verlos.

– Frau Dzuris -dijo Jake en la puerta-, si viniera alguien…

– No se preocupe -dijo la mujer en tono conspirativo-. No los delataré. -Hizo un gesto en dirección a Lena, que ya bajaba la escalera-. Llévesela a Estados Unidos. Aquí no queda nada.

En la calle, Jake se detuvo y miró el edificio sin salir de su asombro.

– ¿Qué sucede? -preguntó Lena-. No era él. Eso es bueno, ¿verdad? No hay ninguna relación.

– Pero debería. Tiene sentido. Ahora vuelvo a estar como al principio. De todas formas, ¿quién vino?

– Tu amigo dijo que a Emil lo buscan los americanos. Alguien de Kransberg, a lo mejor.

– Pero no Tully -insistió él con obstinación, aún ensimismado.

– Crees que todo el mundo anda buscando a Emil -dijo Lena mientras subía al jeep.

Jake dio la vuelta hasta el asiento del conductor, pero se detuvo con la vista fija en el suelo.

– Menos el ruso, que te buscaba a ti.

Lena lo miró.

– ¿Qué quieres decir?

– Nada. Intento sumar dos más dos. -Subió al jeep-. Pero para eso necesito a Emil. ¿Dónde demonios estará?

– Nunca habías tenido tantas ganas de verlo.

Jake giró la llave.

– Nunca habían asesinado a nadie.