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Un nombre alemán. Meneó la cabeza.

– Por nada, a lo mejor. ¿Puedo quedármela?

– Claro -dijo Liz, alegre-. Tengo un millón más de donde he sacado ésta.

Rubio, como un alemán, eso había dicho Frau Dzuris. Todo encajaba, pero ¿sería él? En la fotografía se los veía a Jake y a él en los escalones, como si hubiesen estado juntos todo el rato, otro truco de la cámara. Nada era lo que parecía.

Se miró el reloj. Frau Dzuris estaría acostándose ya. La molestaría llamando a la puerta, pero aún no estaría dormida. Agarró a Liz del brazo y tiró de ella por la pista.

– ¿Dónde está el fuego?

– Vayámonos ya, tengo que ver a alguien.

– Aaah -exclamó ella. Alargó el brazo y cogió los zapatos-. Esta vez no. Que se ponga los suyos.

Jake no le hizo caso y se apresuró hacia el jeep.

– No es asunto mío, pero… -empezó a decir Liz mientras subía.

– Pues no digas nada.

– Qué susceptible -dijo ella, pero no insistió más. Se reclinó en el asiento cuando arrancaron-. ¿Sabes lo que eres? Un romántico.

– Primera noticia.

– Sí que lo eres -dijo ella, y asintió con la cabeza como si mantuviera una conversación consigo misma.

– ¿Qué hace Joe en Berlín? -preguntó Jake.

Sin embargo, el alcohol se había llevado a Liz a alguna otra parte. Se echó a reír.

– Tienes razón. Él sí que no lo es. De todas formas, ¿a ti qué te importa? -Lo miró-. No es nada serio, ¿sabes? Él sólo… está por aquí.

– ¿Haciendo qué?

Liz hizo un ademán con la mano.

– Nada, está por aquí.

Apoyó la cabeza en el asiento como si fuera una almohada, como si le costara demasiado sostenerla erguida con los baches de la calzada. Jake creyó por un momento que iba a quedarse dormida, pero entonces Liz, distraída, dijo:

– Me alegro de que te guste la foto. Es un disparador rápido. Zeiss. Nada borroso.

Lo borroso, en cambio, parecía estar en su dicción. Habían rodeado el antiguo edificio de la Luftwaffe y se dirigían a Gelferstrasse, ya casi habían llegado. Jake dejó el motor en punto muerto frente al alojamiento y cogió la bolsa.

– ¿Te las arreglarás? -preguntó mientras le colgaba la correa.

– ¿Todavía tienes prisa? Pensaba que vivías aquí.

– Esta noche no.

– Está bien, Jackson -dijo Liz con dulzura-. Iré andando.

Entonces, para su asombro, se inclinó y le dio un beso en la boca.

– ¿Y esto por qué? -dijo Jake cuando Liz se enderezó.

– Quería saber cómo era.

– Has bebido demasiado.

– Sí, bueno -repuso ella con pudor mientras recogía la bolsa y bajaba del jeep-. Tampoco es que tenga el don de la oportunidad. -Se volvió hacia el coche-. Es curioso cómo funciona esto. Aunque podría haber sido bonito, ¿no te parece?

– Quizá.

– Todo un caballero -dijo ella, tirando de la bolsa-. Seguro que también fingirás haberlo olvidado por la mañana.

Lo cierto es que no pudo quitárselo de la cabeza hasta llegar a Wilmersdorf: el inesperado misterio de las personas, de quiénes eran en realidad. Había estado en lo cierto respecto a Frau Dzuris. Estaba a punto de acostarse cuando le abrió la puerta, tapándose con la bata, asustada por la visita tardía. También había acertado con la fotografía.

– Sí, ¿lo ve? Igual que un alemán -dijo Frau Dzuris-. Ése fue. ¿Lo conoce? ¿Es amigo suyo?

Sin embargo, en la penumbra de la entrada, los ojos de Jake no miraban la fotografía, sino la tela vacía del pecho izquierdo de la mujer, donde una vez había lucido una insignia.

Al día siguiente era Liz la que no recordaba nada. Se iba a Potsdam en una de las visitas guiadas de Ron, con un grupo menguado por las resacas, y pareció sorprenderse de que Jake sacara a Joe a colación.

– ¿Para qué quieres verlo?

– Tiene una información que me interesa.

– Ah. ¿Qué clase de información?

– Personas desaparecidas.

– ¿Piensas explicármelo?

– ¿Piensas decirme dónde está?

Liz se encogió de hombros en señal de rendición.

– Ha quedado conmigo, de hecho. En Potsdam.

– ¿Por qué en Potsdam?

– Me va a conseguir una cámara.

Jake señaló la que llevaba encima, la del valioso disparador rápido.

– ¿También te consiguió ésa?

– ¿A ti qué te importa? -Sonrió y volvió las palmas de las manos hacia arriba-. Es generoso.

Jake esbozó una sonrisa.

– Sí, con las cámaras requisadas. ¿Te dijo de dónde la sacó?

– Pregúntaselo tú mismo. ¿Vienes o no?

Señaló el vehículo de Ron, un viejo Mercedes.

En la parte de atrás había dos reporteros medio dormidos, con las piernas estiradas, esperando a que empezara la excursión.

– Vais completos. Os seguiré.

– Será mejor que no te alejes de mí. Ya ves lo que pasó la última vez.

Así que al final Liz fue con él en el jeep. Siguieron al Mercedes de Ron hasta llegar a la Avus, pero después lo perdieron cuando aceleró por la autopista para adelantar a la caravana de coches que salían de Berlín. Le sorprendió encontrar tanto tráfico. Parecía que, con aquel día soleado, todo el mundo iba a Potsdam: camiones, jeeps y coches como el de Ron, requisado de un garaje y con nuevo propietario. Un viejo Horch negro repleto de rusos los seguía con cierta dificultad, pero los demás vehículos aceleraban por la autopista, como antes de la guerra, mientras los árboles de Grunewald pasaban a toda velocidad.

Al llegar a la ciudad, Jake reparó en los estragos de los bombardeos, que la vez anterior le habían pasado por alto. El Stadtschloss, una ruina sin tejado, se había llevado la peor parte. De la larga columnata sólo quedaban algunas secciones que daban a la plaza del mercado. La iglesia de San Nicolás, enfrente, había perdido la cúpula. Las cuatro torres de sus esquinas parecían más que nunca extraños minaretes. Sólo el viejo ayuntamiento parecía haber sobrevivido. Allí Atlas seguía en lo alto de su torre redonda, sosteniendo una bola del mundo dorada. Parecía un chiste malo: los bombarderos británicos habían salvado el kitsch.

La plaza de Alten Markt, sin embargo, bullía de actividad. Un tranvía desvencijado pasaba por delante del obelisco, y la gran explanada estaba muy concurrida: cientos, tal vez un millar de personas caminaban entre pilas de mercancías, negociando sin esconderse, con tanto bullicio como en el mercado medieval que había dado nombre a la plaza. A Jake, curiosamente, le recordó al zoco de El Cairo: un denso escenario de intercambio, vendedores que cazaban a los clientes tirándoles de la manga, una atmósfera llena de idiomas; pero deslavazado, sin sandías abiertas ni pirámides de especias, sólo pares de zapatos desgastados, figuritas de cerámica desconchadas y ropa de segunda mano, armarios vaciados y puestos a la venta. Sin embargo, al menos carecía del aire furtivo del mercado del Tiergarten, donde siempre había que estar ojo avizor por si aparecía la policía militar. Los rusos no vigilaban, compraban, ansiosos por volver a los negocios después de la interrupción de la conferencia. Nadie hablaba en susurros. Pasaron dos soldados cargados con un reloj de pared en equilibrio sobre la cabeza. Nada de eso habría estado allí cuando llegó Tully. Jake imaginó, por el contrario, una reunión en alguna esquina tranquila. Quizás en el Neuer Garten, a unos pasos del agua. ¿Para vender qué?

Dejaron el jeep cerca del espacio vacío en el que se había alzado el Portal de Fortuna y caminaron hacia el gentío. Liz no dejaba de hacer fotografías. El coche de Ron no se veía por ninguna parte, seguramente seguía camino de la villa de Truman. A Jake le hizo gracia ver que el Horch que los habían seguido había tenido que encajarse detrás del jeep; el único lugar de Berlín con problemas de aparcamiento.

– ¿Dónde has quedado con él? -preguntó Jake.

– Junto a la columnata, pero aún es pronto. Mira eso. ¿Crees que es porcelana Meissen auténtica?