– Tranquilo -dijo Jake-. Te llevaremos a un hospital.
Shaeffer levantó el brazo bueno para agarrar el de Jake y apretarlo.
– A uno ruso no -dijo en un ronco susurro-. Sácame de aquí.
– Está demasiado lejos.
Shaeffer volvió a apretarle el brazo.
– A uno ruso no -dijo casi con agresividad-. No puedo.
Jake miró la plaza, que ya se estaba llenando de gente que caminaba sin rumbo y arrastrando los pies, el momento inmediatamente posterior a un accidente. Había rusos por doquier; era una ciudad rusa.
– ¿Puedes moverte? -preguntó Jake.
Le puso una mano bajo la cabeza. Shaeffer se estremeció, pero se incorporó poco a poco. Se detuvo a medio camino, como quien se sienta en la cama. Parpadeaba, aturdido por la conmoción. Jake lo cogió por debajo del brazo y tiró de él, esforzándose por alzar su peso.
– El jeep está allí. ¿Podrás caminar?
Shaeffer asintió, después se inclinó hacia delante y quedó equilibrado. Jake volvió a mirar la plaza. Buscaba a cualquiera.
– ¡Eh, Saint Louis! -gritó, y le hizo señas al soldado americano sin dejar de sostener a Shaeffer mientras esperaba a que se acercase-. Ven, échame una mano. Hay que subirlo al jeep.
Juntos lograron poner en pie a Shaeffer y arrastrarlo. Cada paso parecía un kilómetro, apenas lograba respirar. De la herida seguía brotando sangre fresca.
– A uno ruso no -masculló otra vez Shaeffer.
Parecía delirar, y gritó de dolor cuando su cuerpo se golpeó contra el asiento del acompañante. Un último tirón y perdió el conocimiento. La cabeza le cayó sobre el pecho.
– ¿Lo logrará? -preguntó el soldado.
– Sí. Ayúdame con la chica.
Cuando llegaron y vieron a Liz en el charco de sangre, el soldado se quedó petrificado. Jake se agachó con impaciencia y la levantó él solo. Le temblaban las rodillas, pero avanzó tambaleándose hacia el jeep, como si estuvieran cruzando juntos un umbral, la cabeza de ella colgando. Dejó el cadáver con delicadeza y regresó a por el arma. El soldado seguía allí de pie, pálido, con la cámara de Liz en la mano.
– Se ha manchado usted de sangre -dijo, aturdido.
– Quédate con tu amigo. Enviaré a alguien -le aseguró Jake, y cogió la cámara.
El soldado miró al otro chico, en el suelo.
– Por Dios bendito -dijo con voz entrecortada-. Ni siquiera sé qué ha pasado.
Acababa de llegar otro grupo de rusos que ya habían rodeado el Horch, como si fueran de la policía militar y estuvieran examinando el cadáver. El soldado que había echado a correr y había provocado todo aquello había desaparecido, se había esfumado en Potsdam. No había más cadáveres, sólo Liz y aquel chico que habría vuelto a casa a finales de semana. Cuando Jake subió al jeep, impaciente por salir de allí, uno de los rusos echó a andar hacia él señalando a Shaeffer, que iba desplomado en el asiento delantero. Preguntas, un médico soviético, justo lo que Shaeffer quería evitar. Jake puso el motor en marcha. El soldado le gritó algo, seguramente que se detuviera. No había tiempo. El hospital del ejército más cercano debía de ser el de Lichterfelde, a kilómetros de allí.
El ruso se plantó delante del coche y levantó una mano. Jake alzó el arma y apuntó. El ruso se asustó y se hizo a un lado. Era un chico no mucho mayor que el soldado estadounidense. Tenía miedo y un loco cubierto de sangre le apuntaba con un arma. Los demás levantaron la mirada y también se pusieron a cubierto. El poder de un arma, tan excitante como la adrenalina. Nadie te detenía cuando empuñabas un arma. Retrocedieron hacia el Horch mientras el jeep daba la vuelta a la plaza y se alejaba de allí en dirección al puente.
El cuerpo de Shaeffer se zarandeó con la sacudida inicial, después cayó laso hacia el lado de Jake y se apoyó en él mientras salían de Potsdam. Cuando atravesaron el paso de un sector a otro a toda velocidad, Jake vio las expresiones de alarma de los guardias y recordó que todavía llevaba el rostro embadurnado de sangre. Se lo limpió con la manga: sudor mezclado con rojo intenso. Ya estaban en la carretera y, al acelerar, descubrió que le costaba respirar. Llenó el pecho de aire como si hubiese estado conteniendo la respiración bajo el agua. Como en un sueño, salvo por el cadáver que llevaba en el asiento de atrás y el peso del soldado que se apoyaba en él con la cabeza oscilante. «Ni siquiera sé qué ha pasado.» El sí lo sabía. Al repasar mentalmente ese sueño, se detuvo justo después de que el soldado saliera corriendo hacia el obelisco, cuando vio las armas que apuntaban más allá de él, a Liz. Una maniobra de distracción, esos cañones siempre habían apuntado a otro lugar. Sin embargo, ¿quién querría matar a Liz? Había sido un error. Miró a Shaeffer. Debían de apuntar a otro. A un hombre que prefería poner su vida en peligro a que se lo llevaran los rusos.
11
El cuerpo de Liz fue repatriado mediante transporte militar, y Shaeffer se recuperaba en una cama de hospital sin recibir visitas. El GM presentó una queja oficial a los rusos, que de inmediato enviaron otra a su vez, y el incidente fue pasando por diferentes bandejas de entrada a la espera de que la Kommandatura se reuniera a discutirlo. Jake se recluyó en su piso e intentó escribir un artículo sobre Liz, pero acabó por rendirse. En Stars and Stripes ya habían convertido a la fotógrafa en una especie de heroína del frente, ¿para qué añadir más? Otra vez lo mismo que con el noticiario; más real que la realidad misma. ¿Qué parecería la muerte de Liz vista en una pantalla? Un accidente en un fuego cruzado, no la muerte de una chica que se había interpuesto en la trayectoria de una bala dirigida a otra persona. Sólo Jake había visto el arma que apuntaba por encima de su hombro.
Cuando al fin fue a Gelferstrasse, lo desconcertó oír pasos en la habitación contigua. Era Ron, que estaba doblando la ropa de Liz y la iba dejando en una pila cerca de una mochila abierta.
– Échame una mano, ¿quieres? -dijo mientras cogía una prenda interior-. Resulta incómodo recoger todas estas cosas.
– ¿Nunca habías visto unas bragas?
– Resulta incómodo, nada más -dijo Ron con una extraña sumisión.
Jake sabía qué quería decir. A medida que cada pieza de seda caía en la mochila, sentía que Liz se había ido de verdad, que ya sólo era un fardo lleno de efectos personales bien doblados.
– ¿Por qué no le dices a la anciana de abajo que lo haga?
– ¿Una alemana? No dejaría mucho. Ya sabes cómo son.
Jake cogió el par de zapatos con los que había bailado Lena y se los quedó mirando un momento.
– Para ti, si los quieres -dijo Ron.
¿Por qué no? Toda esa maleta estaba llena de cosas que podrían venirle bien a Lena y que era imposible comprar. Se había convertido en todo un berlinés, ya incluso rebuscaba algo de provecho entre los cadáveres. Tiró los zapatos a la mochila.
– A lo mejor significan algo para alguien. ¿Tiene familia?
Ron se encogió de hombros.
– ¿Y esto? -preguntó señalando unos cuantos productos cosméticos-. Santo cielo, mujeres.
Media barra de carmín, colorete, un frasco de crema. Todo corriente, nada que valiera la pena enviar de vuelta.
– Que se lo queden abajo.
– ¿La anciana?
– Puede cambiarlo por otra cosa.
– Seguro que les ha echado el ojo a las cámaras. Ya están quejándose por los trastos del sótano… Ya sabes, donde Liz había montado el cuarto oscuro. Dicen que necesitan el espacio.
– Ya lo recogeré yo -dijo Jake, cogiendo una cámara que había en la cama, la que Liz había usado en Potsdam, aún manchada de sangre. Pasó todas las fotografías hasta el final y sacó el último carrete-. Será mejor que la limpies antes de guardarla -dijo, y se la dio a Ron, que la miró con aprensión-. ¿Adonde vas a enviarlo, por cierto?
– A Estados Unidos.
– ¿No a la DIC?