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– ¿Por qué a la DIC? -preguntó Ron con sorpresa.

– Bueno, la han matado, ¿no?

– También podría haberla atropellado un autobús, y no les enviaríamos el autobús. ¿De qué me estás hablando?

¿De qué? Jake miró el carmín, una blusa doblada. Aquello no eran pruebas, la única prueba era lo que había visto apenas un instante, poco fiable como un noticiario. Se acercó al escritorio, repleto de fotografías.

– Vaya una forma de morirse -decía Ron mientras acababa de guardarlo todo-. Toda la guerra sin un rasguño, y, de pronto, ¡pam!

Jake se puso a curiosear entre las fotografías. Churchill en la Cancillería. Ron en el aeropuerto, entre uniformes borrosos. Otra de Joe.

– ¿Cómo está Shaeffer?

– Ha perdido sangre, pero le han hecho un buen remiendo.

– Dicen que nada de visitas.

– Ha sido mucha sangre -dijo Ron, mirándolo-. ¿Desde cuándo sois tan amigos?

– Sólo me interesaba por él. ¿Qué vas a hacer con todo esto? -preguntó Jake sosteniendo algunas fotografías en alto.

– Ni idea. Serán para el servicio de noticias, supongo. Técnicamente. ¿Crees que hay algo que le gustaría tener a la familia?

– Lo dudo. Ella no sale en ninguna.

Al otro lado de la cámara, uno se iba sin dejar rastro.

– Echa un vistazo, pero sácalas de aquí. Vamos a necesitar la habitación. -Cerró la mochila-. Ya está. No es mucho, ¿verdad?

– Le gustaba viajar con poco equipaje.

– Sí, salvo por su maldito equipo -dijo Ron mirando la maleta que había junto a la puerta-. Qué chica, ¿eh?

– Sí.

Ron se lo quedó mirando.

– ¿Vosotros dos alguna vez…?

– ¿Alguna vez qué?

– Ya sabes. Siempre he pensado que tenía debilidad por ti.

– No. -Habría estado bien.

– Sólo con el viejo Shaeffer, ¿eh? Salvaste a quien no debías, si quieres mi opinión.

– Ya estaba muerta.

Ron meneó la cabeza.

– Qué asco de Ciudad sin Ley. Ahí fuera nadie está a salvo.

Jake pensó en Gunther, leyendo sus novelas del Oeste y repasando sus claves.

– Así que disparamos a la policía -añadió él.

– La policía somos nosotros -dijo Ron, mirándolo de forma peculiar-. De todas formas, ¿qué importa? -Hizo ademán de marcharse-. Nunca se sabe, ¿verdad? Cuando te llega la hora, no hay nada que hacer.

– No fue así. La mataron.

– Sí, claro -dijo Ron, volviéndose-. ¿Qué quieres decir?

– Digo que alguien le disparó, que no fue un accidente.

Ron lo miró de soslayo.

– ¿Estás seguro? Es que hay sólo un centenar de testigos, ¿sabes?

– Se equivocan.

– Todos menos tú. Entonces, ¿quién lo hizo?

– ¿Qué?

– ¿Que quién lo hizo? Si alguien la apuntaba, si no fue un accidente, eso es lo primero que querría saber.

Jake se lo quedó mirando.

– Tienes razón. ¿Quién era ese soldado?

– Un ruso cualquiera -dijo Ron para zanjar el tema.

– Nadie es sólo un ruso. ¿Quién era? -se dijo, después recogió las fotografías, antes de irse-. Gracias.

– ¿Adonde vas?

– A ver a un policía. A uno de verdad.

Sin embargo, fue Bernie quien le abrió la puerta en Kreuzberg.

– Menudo momento has escogido. Pasa, ya que has venido. Tenemos que conseguir levantarlo.

Jake contempló la habitación: la misma mezcolanza desordenada de cosas de la otra vez, con olor a café recién hecho. Gunther estaba inclinado sobre una taza, aspirando el vapor. Cabeceaba, el mapa de Berlín estaba detrás de él.

– ¿Qué pasa?

– El juicio. Tiene que estar declarando en calidad de testigo dentro de una hora y ¿qué hace? Se corre una juerga. Llego aquí y me lo encuentro en el suelo, joder.

– ¿Qué juicio?

– El de tu amiguita Renate. La Greiferin. Es hoy. Ven, ayúdame a levantarlo.

– Herr Geismar -dijo Gunther alzando la mirada desde la taza con ojos vidriosos.

– Bébete el café -espetó Bernie-. Todas estas semanas… y ahora me sale con éstas. -Gunther se puso en pie con dificultad-. ¿Crees que conseguirás afeitarte, o lo hacemos nosotros por ti?

– Puedo yo solo -repuso Gunther con frialdad.

– ¿Y la ropa? -dijo Bernie-. No puedes ir con esa pinta.

Una camiseta interior usada y con lamparones.

Gunther hizo un gesto en dirección al armario y se volvió hacia Jake.

– ¿Cómo va su caso? Pensaba que ya habría abandonado.

– No. Tengo mucho que contarle.

– Bien -dijo Bernie-. Háblale. A lo mejor así se despierta. -Abrió el armario y sacó un traje oscuro-. ¿Esto te va bien?

– Claro que sí.

– Más vale. Menuda impresión causarás, si tengo que sostenerte en pie.

– ¿Tanto te importa? -preguntó Gunther con voz distante.

– Envió a tu mujer a los hornos. ¿Para ti no es importante?

Gunther bajó la mirada y bebió otro sorbo de café.

– ¿Y usted qué es lo que quiere, Herr Geismar?

– Necesito que hable con sus amigos rusos. Que busque a una persona. Hubo un tiroteo en Potsdam.

– Siempre en Potsdam -gruñó Gunther.

– Un disparo ruso alcanzó a una amiga mía. Quiero saber quién fue. Quién era. -Gunther levantó la mirada-. Alguien le devolvió el tiro.

– ¿Su nombre no aparece en el informe? -dijo Gunther, siempre con una pregunta de policía.

– No quiero sólo su nombre, quiero saber quién era.

– Ah, el quién -comentó el hombre, y bebió más café-. Vaya, otro caso.

– El mismo caso.

– ¿El mismo? -preguntó Bernie, que seguía la conversación desde el armario-. Dicen que fue un accidente. Un robo. Salió en los periódicos.

– No fue un robo -repuso Jake-. Yo estaba allí, fue un montaje. -Miró a Gunther-. Lo habían preparado todo para disparar. Sólo que alcanzaron a la persona equivocada.

– Tu amiga.

Jake asintió.

– El hombre al que querían recibió un disparo en el hombro.

– Pues no era muy buen tirador -dijo Gunther, como si fuera una frase sacada de sus novelas.

– Es fácil fallar entre la multitud. Ya sabe cómo es un mercado. Se armó una buena, tiros por todas partes. Pregúntele a su amigo Sikorsky.

Gunther levantó la mirada de su taza de café.

– ¿Estaba en el mercado? ¿En Potsdam?

Jake sonrió.

– Pasando cigarrillos. A lo mejor había ido a comprar una alfombra, yo qué sé. Se largó de allí a toda prisa en cuanto empezó el tiroteo, como todo el mundo.

– Entonces no vio los primeros disparos.

– Yo sí.

– Siga -lo apremió Gunther.

– Hablad mientras te afeitas -dijo Bernie al tiempo que lo empujaba al cuarto de baño-. Haré más café.

Gunther, obediente, se arrastró hasta el lavabo y se quedó todo un minuto de pie ante el espejo, mirándose. Después empezó a enjabonarse con una brocha. Jake se sentó en el borde de la bañera.

– No tardes -dijo Bernie desde la otra habitación-. Tenemos que repasar tu testimonio una última vez.

– Ya lo hemos repasado -replicó Gunther ante el espejo mientras su rostro quejumbroso desaparecía poco a poco bajo una película de jabón.

– No vayas a olvidar nada.

– No te preocupes -dijo Gunther, esta vez para sí, inclinado sobre el lavabo-. No olvidaré nada.

Cogió una cuchilla de borde afilado con una mano temblorosa.

– ¿Está seguro? -dijo Jake con calma-. ¿Quiere que lo haga yo?

– ¿Cree que podría hacerme daño? No. -Sostuvo la cuchilla y la miró-. ¿Sabe cuántas veces he pensado lo fácil que sería? Sólo un corte, y todo terminaría. -Meneó la cabeza-. No he sido capaz. No sé por qué. Lo intenté, me puse la cuchilla aquí -dijo, tocándose el cuello-, pero no pude cortarme. ¿Cree que ahora me cortaría, por accidente? -Se volvió de lado para mirar a Jake-. No creo en los accidentes. -Se miró otra vez en el espejo-. Hábleme de nuestro caso.