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El método era tal como lo había descrito Bernie: el momento de reconocimiento, la llamada apresurada, el gesto de la cabeza que señalaba a la víctima del arresto y, después, sus compañeros de trabajo metían a la persona a empujones en un coche mientras ella se alejaba paseando. ¿Por qué no seguía paseando sin rumbo? En lugar de eso, volvía a su habitación del centro de recogida; una especie de correa, pero no una cárcel. ¿Por qué no seguir caminando? Gunther había trasladado a su mujer catorce veces, pero él tenía documentos y amigos dispuestos a ayudar. Ningún submarino podía sobrevivir solo. A fin de cuentas, ¿adonde habría podido ir?

Curiosamente, el acusador ruso pasó entonces a ofrecer un detallado relato de la captura de la propia Renate, de cómo habían dado finalmente con ella en un sótano de Wedding, Al principio Jake pensó que los soviéticos sólo se estaban felicitando ante los chicos de la prensa, que no dejaban de tomar notas. Después vio que Bernie cuchicheaba algo con los demás abogados y oyó que mencionaban el nombre de Gunther como el detective que le había dado caza. Entonces comprendió que era algo más, era la vieja estratagema de fiscal de distrito: presentar a tu testigo como el hombre bueno de traje y corbata. No tendría por qué haberse molestado. La historia de la intensa persecución no parecía interesar lo más mínimo al primer juez, que cambió de postura y encendió un cigarrillo. El ruso que tenía al lado se inclinó y le susurró algo. El juez, molesto, lo apagó y miró por la ventana, donde un ventilador de pie movía perezosamente el aire sofocante. Por lo visto era una costumbre occidental que el juez no había esperado. Jake se preguntó cuánto tardaría en decretar un receso.

Por la propaganda que le habían hecho, supuso que Gunther sería el testigo estrella. ¿Quién, si no? Los informes hablaban de los mecanismos del delito, pero las víctimas habían muerto, ya no podían acusar a nadie. Gunther la había visto hacerlo, y un fiscal de distrito siempre empezaba con la policía. El plato fuerte del caso siempre al principio. La primera persona a la que convocaron, sin embargo, fue Frau Gersh, una elección más teatral, una frágil mujer a la que tuvieron que ayudar a llegar con muletas a la silla de los testigos. El fiscal, con muchas atenciones, empezó por sus pies.

– Los perdí por congelación. En la marcha de la muerte -explicó la mujer, titubeante pero en un tono objetivo-. Nos obligaron a salir del campo para que los rusos no lo descubrieran. Tuvimos que caminar sobre la nieve. Si te caías, te mataban de un tiro.

– Pero usted tuvo suerte.

– No. Me caí, y me dispararon. Aquí -dijo, y se señaló la cadera-. Creyeron que había muerto, así que me abandonaron. No podía moverme. En la nieve. Por eso perdí los pies.

Hablaba con sencillez y en voz muy baja, así que algunas sillas crujieron cuando los periodistas se inclinaron hacia delante para oírla. Entonces miró a Renate.

– El campo al que ella me envió -dijo en voz más alta, escupiendo las palabras.

– No lo sabía -dijo Renate, negando con la cabeza-. No lo sabía.

El juez la fulminó con la mirada, sorprendido de oírla decir nada pero sin saber muy bien qué hacer al respecto. Nadie parecía saber cuáles eran las normas, y menos que nadie el abogado defensor, que se limitó a hacerla callar con un gesto de la mano y un ademán de la cabeza al juez como incómoda disculpa.

– ¡Fue ella! -exclamó la mujer, con contundencia-. Y lo sabía.

– Frau Gersh -prosiguió el fiscal, como si el arrebato no hubiese tenido lugar-, ¿reconoce a la prisionera?

– Por supuesto, es una Greiferin.

– ¿La conocía personalmente?

– No, pero la reconozco. Ella vino por mí, con esos hombres.

– ¿Fue ésa la primera vez que la vio?

– No, ya había hablado conmigo en un zapatero. Debería haberme dado cuenta, pero no lo pensé. Después, esa misma tarde…

– ¿En el zapatero? -preguntó uno de los jueces, confundiendo el pasado con las muletas que veía en ese momento.

– Uno de sus contactos -explicó el fiscal-. La gente que se escondía desgastaba mucho los zapatos… de tanto andar, de no dejar de deambular. Así que Fräulein Naumann entabló amistad con los zapateros. «¿Quién ha estado hoy por aquí? ¿Algún extraño?» Así lo averiguaba. Ese establecimiento en concreto… -Comprobó sus notas ostentosamente-. En Schóneberg. Hauptstrasse. ¿Es así?

– Sí, Hauptstrasse -corroboró Frau Gersh.

Jake miró a Renate. Qué lista, si era eso lo que buscaba. Localizar elementos en los zapateros remendones. Todos sus trucos de buena informadora al servicio de unos asesinos.

– ¿De modo que la abordó en ese establecimiento?

– Sí, ya sabe, hablamos del tiempo, de los bombardeos. Sólo por charlar. No me gustó, tenía que ir con cuidado, así que me marché.

– ¿A casa?

– No, tenía que ir con cuidado. Caminé hasta Viktoria Park, y luego de un lado a otro, pero, al volver, ella seguía allí. Con esos hombres. Los otros, alemanes buenos que me ayudaban, ya no estaban. También había hecho que se los llevaran a ellos.

– Debo puntualizar -dijo el abogado defensor- que en aquellos momentos, en 1944, la ley prohibía a los ciudadanos alemanes ocultar a judíos. Era un acto ilegal.

El juez lo miró con asombro.

– No nos interesa la ley alemana -espetó-. ¿Insinúa que Fraulein Naumann actuó correctamente?

– Insinúo que actuó conforme a la ley. -Bajó la mirada-. En aquel momento.

– Prosiga -le dijo el juez al fiscal-. Y termine ya.

– Entonces se la llevaron. ¿De qué la acusaban?

– ¿De qué? Era judía.

– ¿Cómo supo eso Fräulein Naumann? ¿Se lo dijo usted?

Frau Gersh se encogió de hombros.

– Decía que siempre lo notaba. «Yo tengo papeles», dije. «No -les dijo ella-. Es judía.» Y, por supuesto, la creyeron. Trabajaba para ellos.

El fiscal se volvió hacia Renate.

– ¿Dijo usted eso?

– Era judía.

– Lo notó. ¿Cómo?

– Por su aspecto.

– ¿Qué aspecto era ése?

Renate miró hacia abajo.

– De judía.

– ¿Puedo preguntar a la prisionera si, con esa habilidad, se equivocó alguna vez?

Renate lo miró a los ojos.

– No, nunca. Siempre estaba segura.

Jake se enderezó en la silla, se encontraba mal. Estaba orgullosa. Su antigua amiga.

– Continúe, Frau Gersh. ¿Adonde la llevaron?

– A la Residencia de Ancianos Judíos. Grosse Hamburger Strasse. -Un detalle preciso, preparado.

– ¿Y qué sucedió allí?

– Nos retuvieron hasta que fuimos suficientes para llenar un camión. Después, al tren. Y luego al este -dijo sin apenas voz.

– Al campo -concretó el fiscal.

– Sí, al campo. A las duchas de gas. Yo estaba sana, así que me pusieron a trabajar. Los demás… -Se desmoronó, después volvió a mirar a Renate-. A los demás a los que enviaste los mataron.

– Yo no los envié allí. No lo sabía -dijo Renate.

Esta vez fue el juez quien alzó una mano para hacerla callar.

– Lo viste. ¡Lo viste! -gritó la mujer.

– Frau Gersh -dijo el fiscal, con una voz tan calmada que actuó como sustituto de un mazo-, ¿puede identificar sin ninguna duda a la prisionera como la mujer que fue a arrestarla?