– Brandt se larga de allí. Tully lo saca en coche y a nosotros no nos lo dice nadie. Así que, para cuando nos enteramos, él se hace el inocente, Brandt no está por ninguna parte y nadie ata los cabos.
– ¿Qué son?
– Creen que fue un error, que Brandt embaucó a Tully para conseguir un permiso. Como si fuera un buen tipo.
– ¿Y tú no lo crees?
– Tampoco creo en el conejo de Pascua. Lo comprobé. Ese tipo es muy vivo. ¿Sabes que estuvo vendiendo papeles descargo?
– Eso había oído.
– Un trabajazo. Hasta dos veces a la misma persona, así lo descubrieron, pero no pudieron demostrarlo. Era su palabra contra la de ellos. Un puñado de alemanes quejándose. ¿Quién tiene tiempo de investigar eso? Pero Brandt… era otra cosa. Me interesó. El caso es que la idea de salir de allí fue de Tully. Así que supongo que había vuelto a las andadas.
– ¿Fue idea de Tully?
– A nadie se le ocurrió pensar en las escuchas -dijo Shaeffer-. Sólo hacemos transcripciones cuando los huéspedes hablan de ciencia. El resto del tiempo, nuestros chicos leen tiras cómicas, aprovechan para ir a! baño o cualquier otra cosa. Así que fui a ver al supervisor de aquella noche y le pregunté de qué habían estado hablando. «De nada -me dijo-. De cosas personales.» «¿Como qué?» «Nada, Tully le dijo que habían encontrado a su mujer.» Nada -repitió con sarcasmo.
– Pero no era cierto.
– No, pero yo entonces no lo sabía. Lo que sabía era que Tully había conseguido un cliente. Lo único que quería Brandt. Así que supongo que llegarían a un pequeño trato. Brandt no avisó a nadie de que se marchaba. No le comentó nada a Von Braun, se largó sin más. Tully lo sacó en coche. Cuando me enteré, llamé a algunas puertas para echarle el guante a Tully, pero también él se había marchado ya.
– A Berlín. ¿Por qué?
– A por el pago, seguramente. En Kransberg nadie tenía dinero. Supuse que Brandt conseguiría el efectivo de su esposa.
– Pero no llegó a dar con ella.
– Entonces Tully tenía a un alemán bien jodido en sus manos.
– No -disintió Jake, negando con la cabeza, pensando-. No se encontraron en Berlín. ¿Por qué querría hacerlo Tully si le había mentido sobre su mujer?
– Bueno, yo eso no lo sabía. ¿Ves? Ya te he dicho que nos vendrías bien. -Se tumbó-. El caso es que vino.
– ¿Y sus amigos de Berlín? ¿Tully conocía a alguien aquí?
Shaeffer lo miró.
– Conocía a Emil Brandt.
– ¿Quieres decirme que lo mató Emil?
– Quiero decir que no me importa. Sólo quiero encontrarlo. Tully no es importante.
– Era lo bastante importante para que lo mataran.
– ¿Él? A lo mejor sólo se puso en medio -dijo Shaeffer, malhumorado, mientras se arreglaba la venda.
– A lo mejor -dijo Jake. Como una chica que sacaba fotografías-. Sería útil saberlo.
– Ya no -repuso Shaeffer, con un gesto de dolor, distraído con el vendaje-. Lo único que sé es que iba a llevarme hasta Brandt y que no lo hizo. -Miró a Jake-. Pero me alegra tener noticias de su mujer. Ya es algo. Al menos el muy capullo no consiguió que le pagaran.
– Sí lo consiguió.
Jake miró de nuevo por la ventana, sobresaltado de nuevo. Dinero ruso.
– Sí, supongo -repuso Shaeffer, refiriéndose a la bala-. ¿Qué pasa? -preguntó al seguir la mirada de Jake.
– Nada. Estaba pensando. -Tenía que trasladarla. Cogió la gorra-. Tengo que marcharme. ¿Quieres que llame a la enfermera? -Señaló al vendaje.
– Estabas pensando, ¿eh? -dijo Shaeffer. Entonces endureció sus facciones, otra vez de cartel-. Pues no pienses tanto. Quiero encontrarlo. No me importa lo que hiciera.
– Si es que lo hizo.
– Tú encuéntralo -dijo sin ninguna emoción, luego sonrió-. Dios bendito, su mujer. Tú y yo formaríamos un buen equipo.
Jake negó con la cabeza.
– A tu alrededor muere gente. -Volvió a mirar por la ventana-. ¿Y si ya lo tienen los rusos?
– Entonces también quiero saberlo. Dónde.
– ¿Para poder organizar otra expedición? A los rusos no les gustaría.
– ¿Y qué?
– Que la próxima vez a lo mejor no tienes tanta suerte. Liz no estará allí para parar la bala.
Shaeffer lo fulminó con la mirada.
– Cómo se te ocurre decirme algo así.
– Está bien, déjalo.
Miró al suelo.
– Liz me gustaba. Era de buena pasta. -Un niño en una heladería.
– Está bien -repitió Jake, disculpándose.
– Qué mala uva tienes. De todas formas, ¿qué te hace estar tan seguro de que me querían a mí? Con los rusos nunca se sabe. ¿Cómo sabían que iba a estar allí? Respóndeme a eso.
– ¿Por qué estabas allí? Comprar en la zona rusa no es algo muy inteligente dedicándote a lo que te dedicas.
– Fue por Liz. Quería una cámara. Pensé que por qué no. ¿Cómo iban a enterarse? ¿Cómo se enteraron?
– A lo mejor te vio algún Greifer.
– ¿Qué es eso? ¿Una palabra en kartoffel?
– Algo así como un explorador. -Jake se fue hacia la puerta, pero se volvió. Un Greifer-. ¿El nombre de Sikorsky te dice algo?
– ¿Vassily?
– Exacto. Estaba aquel día en el mercado. ¿Te conoce de vista?
Shaeffer miró hacia otro lado y no dijo nada. Jake asintió.
– Asegúrate de que Breimer te pone vigilancia.
– No te preocupes. Sé cuidarme yo solo.
Sacó un arma de debajo de la sábana y le dio unos golpecitos. Jake se quedó quieto un segundo. Apenas una extensión natural de su mano, como el guante de un jugador de béisbol.
– ¿Siempre guardas una en la cama? ¿O sólo últimamente? -Puso la mano en el pomo-. Y no te acerques a la ventana.
Shaeffer apuntó al exterior, prácticas de tiro.
– Una Colt 1911 detendría a cualquiera a esta distancia.
Jake lo miró.
– También una Colt 1911 detuvo a Tully.
Shaeffer se volvió con el ceño fruncido, aún empuñando el arma.
– ¿Quién dice eso?
– El informe de balística.
– ¿Y qué? Es un arma reglamentaria del equipo. Debe de haber un millón repartidas por aquí.
– No en manos de un alemán. ¿O crees que Tully le dio una con el permiso?
– ¿Qué se supone que quiere decir eso?
– Que Emil no lo hizo. No con una de ésas.
Shaeffer alzo la mirada y luego esbozó una sonrisa de satisfacción.
– Es verdad, se me olvidaba. Crees que lo hice yo. «¿Dónde estabais Breimer y tú la noche del…?» Del día que fuera, joder.
– El dieciséis de julio -dijo Jake-. ¿Dónde estabais?
Shaeffer bajó el arma.
– Que te jodan. -Volvió a guardarla bajo las sábanas-. No escuchas. Soy el único que lo quería vivo. Iba a llevarme hasta Brandt, ¿recuerdas? -Miró a Jake fijamente unos instantes, después lo dejó correr y meneó la cabeza-. Tienes una forma muy curiosa de hacer amigos.
– ¿Eso somos? Yo aún no lo tengo muy claro.
Otra mirada penetrante.
– Encuéntralo. -Shaeffer se dejó caer sobre las almohadas con un gemido y se obligó a sonreír-. Sois todos iguales. Mucha palabrería. Siempre con alguna agudeza. -Sus ojos volvían a ser de acero, gris ario-. Que no se te olvide qué uniforme vistes. Estamos en el mismo bando.
– ¿El mismo en el que estaba Liz?
– Sí, bueno -repuso Shaeffer, y bajó la mirada-. Estas cosas pasan, ¿no? Es la guerra.
– No estamos en guerra con los rusos.
Shaeffer miró el periódico y su negro titular y luego levantó la cabeza.
– ¿Quién dice eso?
La luz de la tarde inundaba el piso, pero Hannelore ya se estaba poniendo el carmín para salir.
– Un poco temprano, ¿no? -comentó Jake al verla mirarse en el espejo.
– Es un té. Se supone que empieza temprano. Una Jause, ¿no?