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– El noticiario -dijo Lena con calma.

– Ahí está otra vez. El protector, como un caballero. Una espada. Puede que un rescate. ¿Eres un guerrero? -preguntó con naturalidad, pese a lo arcaico de la palabra.

– No.

– Pues juez. La espada de un juez. Sí, tiene que ser eso. A tu alrededor hay papeles. Muchos papeles.

:-Sí, ¿lo ves? -dijo Lena-. Es escritor.

Frau Hinkel fingió no oírla, ocupada en las cartas.

– Pero te resulta difícil, ser juez. ¿Ves esto? Los ojos miran en dos direcciones, no sólo en una, así que es difícil. Pero lo conseguirás. -Colocó otra fila-. Tienes unas cartas interesantes. Contradicciones. Los papeles siguen aumentando. Suerte, pero también engaño. Eso explica los ojos, que miran en dos direcciones, porque a tu alrededor hay engaño. -Hablaba como si dijera todo aquello por primera vez, aunque debía de estar más que acostumbrada-. Y siempre hay una mujer. Fuerte, en el centro. Lo demás… es difícil decir nada, pero la mujer siempre está ahí, no dejas de regresar junto a ella. En el centro. ¿Me dejas verte la mano?

La mujer alargó el brazo y le trazó una línea en la palma.

– Sí, lo imaginaba. Dios mío, qué línea. En un hombre. Qué profunda. ¿Ves qué recta? Uno, en toda tu vida. Tienes un corazón fuerte. Lo demás son contradicciones, pero no en el corazón. -Lo miró fijamente-. Debes andar con cuidado al juzgar. El corazón es muy fuerte. -Se volvió hacia Lena sin soltar la mano de Jake-. La mujer que lo encuentre será muy afortunada. Un solo amor, ningún otro. -Su voz sonó emotiva, a fin de cuentas era una profesional.

Lena sonrió.

La mujer colocó otra fila de cartas.

– Veamos. Sí, lo mismo. De nuevo la muerte, cerca. Aún sigue la suerte, pero ten cuidado. Sólo vemos lo que podría ser. Y de nuevo el engaño.

– ¿Dice de quién?

– No, pero lo descubrirás. Los ojos miran ya en una sola dirección. Lo verás.

Jake cambió de postura, se sentía incómodo.

– ¿Hay algún viaje? -preguntó para volver al tono de galletita de la fortuna.

– Sí, muchos viajes. -Lo soltó sin pensarlo, como si fuera tan obvio que no mereciera la pena detenerse en ello-. Un viaje por agua, pronto. -Otra suposición segura, tratándose de un estadounidense.

– ¿A mi país?

– No, más corto. Muchos viajes. Nunca volverás a casa -dijo en voz baja, una abstracción-. Siempre estarás en alguna otra parte, pero eso no te traerá tristeza. El lugar no es importante. Siempre vivirás aquí. -Dio unos golpecitos sobre la línea del corazón de la palma de su mano-. Así que es una vida afortunada, ¿verdad? -comentó mientras recogía las cartas y se las daba a Lena para que barajara.

– Entonces la mía también lo será -comentó ella con alegría.

«Eso tenlo por seguro -quería decirle Jake-. Sólo con pagar veinticinco marcos.»

Sin embargo, cuando Frau Hinkel echó las carras de Lena, se las quedó mirando unos instantes, perpleja, y las recogió enseguida.

– ¿Qué dicen?

– No puedo decirlo. A veces, cuando vienen dos personas, las cartas se confunden. Inténtalo otra vez. -Volvió a darle la baraja a Lena-. Tienes que haberlas tocado sólo tú.

Jake la observó mientras barajaba, muy seria, igual que Hannelore debía de escuchar la radio.

– Sí, ahora lo veo -dijo Frau Hinkel al tiempo que disponía-. Son las cartas de una madre. Muy cariñosa… muchos corazones. Los niños son muy importantes para ti. Sí, hay dos.

– ¿Dos?

– Sí, dos -dijo Frau Hinkel, con seguridad, sin volver a mirar las cartas para confirmarlo.

Jake miró a Lena, quería hacerle un guiño, pero Lena se había quedado pálida, desconcertada.

– Dos de todo -prosiguió diciendo Frau Hinkel-. Dos hombres. Reyes. -Levantó la mirada con aire íntimo-. ¿Hubo otro?

Lena asintió. Frau Hinkel cogió su mano, igual que había hecho con Jake, para obtener una segunda opinión.

– Sí, ahí está. Dos. Dos líneas en el mismo lugar.

– Se cruzan -dijo Lena.

– Sí -corroboró Frau Hinkel, después siguió hablando sin explicar más-. Pero al final sólo hay uno. ¿Puede que el otro muriera? -Otra suposición segura para cualquiera de las que esperaban en la sala contigua.

– No.

– Ah. Entonces es que ya has decidido. -Volvió la mano de lado-. Ahí están los niños. ¿Ves? Dos.

Volvió a colocar otra fila de cartas.

– Mucho dolor -dijo, sacudiendo la cabeza-. Pero también felicidad. Hay una enfermedad. ¿Has estado enferma?

– Sí.

– Pero ya no. ¿Ves esta carta? Lucha contra la enfermedad.

– ¿La de la espada? -preguntó Jake.

Frau Hinkel sonrió con afabilidad.

– No, ésta. Suele estar relacionada con la medicina. -La miró-. Me alegro por ti. Tantos días… sin medicina, ni siquiera en las cartas.

Otra fila.

– ¿Estuviste en Berlín durante la guerra?

– Sí.

Frau Hinkel asintió con la cabeza.

– Destrucción. Ahora lo veo continuamente. Bueno, las cartas no mienten. -Echó una carta negra, y enseguida sacó otra para taparla.

– ¿Eso que quiere decir? -preguntó Lena, alarmada.

Frau Hinkel la miró.

– ¿En Berlín? Suele simbolizar a un ruso. Perdón -comentó, tímida de pronto-. Pero eso es del pasado. ¿Ves cómo vienen ahora? Más corazones. Tu natural es bondadoso. No debes mirar al pasado. ¿Ves cómo intenta regresar? ¿Ves esto? Pero no tiene fuerza, no es tan fuerte como los corazones. Puedes enterrarlo -dijo, expresándose con extrañeza-. Tienes las cartas necesarias. -Y siguió echándolas, otra fila de rojas.

– ¿Y ahora? ¿Qué pasará?

– Qué podría pasar -le recordó Frau Hinkel sin apartar la mirada de las cartas-. Sigue habiendo dos. Decídete por un hombre. Cuando lo hayas hecho encontrarás la paz. Has pasado mucho dolor en la vida. Ahora veo… -Se quedó callada.

Recogió todas las cartas y, cuando empezó de nuevo, su voz fue más despreocupada, auténtica voz de galletita de la fortuna. Buena salud. Prosperidad. Amor que daba y recibía.

Cuando Lena le dio el dinero, sonriendo, Frau Hinkel le tocó la mano con si le diera una especie de bendición. Sin embargo, al descorrer la cortina para hacerlos salir, fue el brazo de Jake al que se aferró para retenerlo un instante.

– Espera -le dijo, y aguardó a que Lena estuviera al otro lado-. No me gusta decir qué sucederá. No es cosa mía.

– ¿Qué pasa?

– Sus cartas no son buenas. No se puede ocultar todo con corazones. Hay problemas. Te lo digo porque he visto tus cartas mezcladas con las suyas. Si el protector eres tú, protégela.

Por un instante, pasmado, Jake no supo si echarse a reír o enfurecerse. ¿Era así como conseguía que todos volvieran a verla, con trucos para que se preocuparan? Pensamientos que lo asaltan a uno por la noche. Una Hausfrau con una sala de espera llena de viudas afligidas.

– A lo mejor conoce a otro extranjero guapo. Seguro que ve a muchos en las cartas.

La mujer sonrió débilmente.

– Sí, es cierto. Ya sé lo que piensas. -Miró a la otra sala-. Bueno ¿qué hay de malo en ello? Pero ¿quién sabe? A veces aciertan. A veces las cartas me sorprenden incluso a mí.

– Bien. Tendré los ojos abiertos… para mirar en dos direcciones.

– Como quieras -repuso ella, y lo hizo salir dándole la espalda.

– ¿Qué quería? -preguntó Lena en la puerta.

– Nada. Cigarrillos americanos.

Bajaron la escalera. Lena iba en silencio.

– Bueno, adiós a cincuenta marcos -comentó Jake.

– Pero sabía cosas -dijo Lena-. ¿Cómo sabía todo eso?

– ¿Qué cosas?

– ¿Qué quería decir con eso de cerca de la muerte, una mujer?