– ¿Quién sabe? Charlatanerías.
– No, he visto cómo la mirabas. Para ti tenía sentido. Cuéntamelo.
Se detuvo en el umbral, sin salir al resplandor de la calle.
– ¿Recuerdas a la chica de Gelferstrasse? ¿En mi alojamiento? Murió el otro día. Fue un accidente. Yo estaba junto a ella, y he creído que se refería a eso. Nada más.
– ¿Un accidente?
– Sí.
– ¿Por qué no me lo habías dicho?
– No quería preocuparte. Sólo fue un accidente.
– Frau Hinkel no pensaba lo mismo.
– ¿Y ella qué sabe?
– Sabía lo de los niños -dijo Lena mirando al suelo.
– Dos.
– Sí, dos. El hijo del ruso. ¿Cómo podía saberlo? -Apartó la mirada, contrariada-. Las cartas de una madre, y lo maté. Para ése no tuve corazón.
– Vamos, Lena. -Le tocó la barbilla y le levantó la cara-. No son más que tonterías. Ya lo sabes.
– Sí, ya lo sé. Ha sido lo del niño. No me gusta pensarlo. Matar a un niño.
– No fue así. No es lo mismo.
– Es así como lo siento. ¿Sabes que a veces sueño con él? Que ha crecido. Un niño.
– No sigas -dijo Jake, acariciándole el pelo.
Ella asintió con la cabeza apoyada en su mano.
– Ya lo sé. Sólo hay que pensar en el futuro. -Levantó la cabeza, como si físicamente apartara esos pensamientos aciagos, le cogió la mano y le recorrió la palma con un dedo-. ¿Esa soy yo?
– Sí.
– Qué línea. En un hombre -dijo, imitando la voz de Frau Hinkel.
Jake sonrió.
– Tienen que acertar en algo, si no la gente no vendría. Bueno, ¿qué me dices de ese baño?
Lena le giró la mano para mirar la hora en su reloj.
– Vaya. Se ha hecho tarde. Lo siento. -Se puso de puntillas y le dio un beso cariñoso-. No tardaré mucho. ¿Qué harás tú? -preguntó cuando echaban a andar hacia la plaza.
– Voy a buscarnos un piso nuevo.
– ¿Por qué? El de Hannelore no está tan mal.
– Es que me parece buena idea.
– ¿Por qué? -Se detuvo-. Hay algo que no me has dicho.
– No quiero que sigas siendo un señuelo.
– ¿Y Emil?
– Hannelore seguirá allí, si va al piso.
Lena lo miró.
– Porque no crees que vaya a ir. Dímelo.
– Creo que es posible que lo tengan los rusos.
– No, no pienso creer eso -repuso ella, tan deprisa que Jake la miró, molesto. Dos líneas.
– He dicho que es posible. El hombre que lo sacó de Kransberg tenía dinero ruso. Creo que les vendió información, el paradero de Emil. No quiero que lleguen hasta ti.
– Los rusos -se dijo-. ¿Quieren encontrarme?
– Quieren a Emil. Tú eres su mujer.
– ¿Creen que me iría con ellos? Eso nunca.
– Ellos no lo saben. -Se dispusieron a cruzar la plaza, en la que todavía había mujeres recogiendo ladrillos-. Es por precaución.
Lena miró a su edificio, que seguía en pie en mitad de aquel destrozo.
– ¿Ya no es seguro? Aquí siempre me he sentido segura. Durante la guerra sabía que aquí estaría bien.
– Sí es seguro. Sólo quiero algo más seguro aún.
– El protector -dijo Lena-. Así que tenía razón.
– Venga, sube -dijo Jake, montando en el jeep de un salto.
Ella volvió a mirar al edificio y esperó a que Jake arrancara.
– Seguro. En el hospital querían que me hiciera monja. Que me pusiera el hábito, ¿sabes? «Ponte esto, estarás segura», dijeron, pero no fue así.
El padre Fleischman había perdido todo el exceso de carne que habría podido tener antaño: estaba chupado y la nuez le sobresalía por encima del alzacuello blanco. Los estaba esperando frente a Anhalter Station con una carretilla, cosa que, unida a su vestimenta clerical, le confería un extraño aspecto, como de mozo de estación.
– Lena. Empezaba a preocuparme. Mira qué he encontrado. -Señaló la carretilla-. Vaya, un coche… -Miró al jeep con ilusión.
Lena, avergonzada, se volvió hacia Jake.
– ¿Te importaría? No me gusta pedir cosas, sé que no está permitido, pero llegan muy cansados después del viaje en tren, y es mucho trecho a pie. ¿Nos ayudarás?
– No hay problema -le dijo Jake al párroco. Después le tendió una mano y se presentó-. ¿A cuántos espera?
– No estoy seguro. Puede que a unos veinte. Es muy amable.
– Entonces habrá que llevarlos por turnos -dijo Jake, pero el párroco apenas si asintió con la cabeza.
Los detalles no le preocupaban, era como si el Señor le hubiera otorgado el jeep, igual que los panes y los peces.
Esperaron en el concurrido andén, que se abría al cielo por un tórax de vigas retorcidas. Fleischman había traído a otra mujer para que los ayudara y, mientras ella y Lena charlaban, Jake se apoyó en un pilar a fumar un cigarrillo y mirar a la gente. Había personas sentadas en grupos, desalentadas, aferradas a mochilas y bolsas, el alboroto típico de estación estaba amortiguado, convertido en una especie de estupor lánguido. Una pandilla de adolescentes, salvajes, buscaban algo que birlar. Un soldado ruso caminaba arriba y abajo, seguramente tras alguna chica. Mujeres cansadas. Cotidianidad, que pasaba por paz. Jake recordó su fiesta de despedida, el andén lleno de champán y uniformes recién planchados, Renate guiñándole el ojo tras alguna travesura.
– ¿Cómo es que habla alemán? -le preguntó el padre Fleischman, pregunta de cortesía para entretener la espera.
– Una vez viví en Berlín.
– Ah. ¿Conoce Texas?
– ¿Texas?
– Perdone. Americano. Claro, es un país muy grande. Verá, es que allí hay una iglesia. En Fredericksburg, Texas. Una iglesia luterana, así que supongo que alguna vez habría alemanes allí. Se han ofrecido a acoger a algunos niños. Para ellos es una buena oportunidad, por supuesto. Un futuro. Pero enviarlos tan lejos, después de todo esto… No sé. ¿A quiénes elijo?
– ¿A cuántos quieren?
– A cinco. Pueden acoger a cinco. -Suspiró-. Ahora enviamos a nuestros hijos fuera. En fin, Dios cuidará de ellos.
«Igual que hizo aquí», pensó Jake, mirando el muro carbonizado.
– ¿Son huérfanos?
Fleischman asintió.
– De los Sudetes. Sus padres murieron durante la expulsión. Después Silesia. Ahora aquí. Mañana quién sabe. Con los cowboys.
– Seguro que son buena gente, si se han ofrecido.
– Sí, sí, ya lo sé. Es la selección. ¿Cómo los elijo?
Se apartó sin esperar respuesta antes de que Jake pudiera decir nada. Nombres en un sombrero. Fuera, la luz iba disminuyendo. La gente seguía recorriendo la estación sin rumbo. El tren llevaba ya una hora de retraso.
– Lo siento -dijo Lena-. No lo sabía. ¿Quieres irte?
– No, estoy bien aquí. Ven, siéntate. Descansa un poco.
Se dejó caer hasta la base del pilar, tiró de ella y le apoyó la cabeza sobre su hombro.
– Te estás aburriendo.
– No, me da tiempo para pensar.
Sin embargo, durante la semivigilia de la espera su mente no dejó de pensar en las cartas, en esos ojos que miraban en dos direcciones. Engaño. Tonterías. Deseó tener un crucigrama en el que una solución lo llevara a la siguiente, un ejercicio racional. Un hombre sube a un avión, horizontal. Sin equipaje pero con cierta información, lo único que no es necesario llevar encima. Información que vale dinero. Dinero ruso. Información para un ruso. En Potsdam. Donde muere esa misma noche. ¿En qué ocupó el resto del día? No en buscar a Emil. Aunque tampoco el ruso que había ido a casa del profesor Brandt. Una posibilidad, eso había dicho Gunther, que ya supieran dónde estaba. Entonces, ¿quién quería ver a Tully muerto? El pagador no, supuestamente, ¿o por qué pagarle antes? Quizá sólo se interpuso en el camino de alguien. ¿De quién?
La cabeza le cayó sobre el pecho y abrió los ojos de par en par. Por un segundo se preguntó si de verdad estaba despierto. La estación estaba oscura, salpicada apenas de pequeñas charcas de luz cruda que procedía de una fila de bombillas desnudas colgadas entre los pilares, un paisaje onírico en el que todo reptaba en las sombras. Lena seguía apoyada en su hombro y respiraba tranquila, segura. Jake cerró los ojos. No se podía resolver un crucigrama sin una clave. Lo mirara por donde lo mirase, la pieza central siempre era Emil, que sabía dónde se cruzaban las columnas. Sin él, no había más que posos de café, el azar de las cartas. «A veces me sorprenden incluso a mí.» Pero la gente oye lo que quiere oír.