Выбрать главу

– Sí.

– ¿Ha descubierto algo sobre el del mercado? ¿El tirador?

– He preguntado, sí.

– ¿Un hombre de Sikorsky?

– Debió de ser, sí. Vassily ha dicho que no lo conocía, y Vassily conoce a todo el mundo, así que… -Alzó la vista-. ¿Cómo lo ha sabido usted?

– He hablado con Shaeffer, el hombre al que dispararon. Sikorsky y él llevaban semanas jugando al gato y al ratón. Sikorsky le tendió una trampa y él se fue derechito a ella.

– Pero el ratón escapó. Al final no necesitaba usted mis servicios. ¿Qué más ha descubierto?

– Que Tully sabía dónde estaba Brandt. No sólo lo dejó marchar, él lo envió aquí. Fue una trampa. Después cobró dinero de los rusos. Está todo relacionado. Eso fue lo que vendió: información sobre Brandt.

Gunther lo pensó unos instantes, después levantó el vaso.

– Sí. Lo desconcertante era el dinero. Una cantidad tan alta. En Berlín las personas valen poco, se las puede vender por menos.

– A éste no. Es importante. A su amigo Sikorsky le interesaría, por ejemplo.

– Mi amigo -dijo, casi resoplando-. Lo conozco por negocios. -Y esbozó una sonrisa al ver la expresión de Jake-. Todo el mundo hace algún tipo de negocios.

– Emil tiene que estar con los rusos. Esta mañana pensaba usted eso.

Gunther asintió.

– Es lo lógico, pero ¿cree que Vassily me lo diría? En estas cuestiones me temo que es un hombre de principios. Si es que sabe algo.

– Entonces a lo mejor le dijo quién llevó a Tully a Potsdam. También he estado pensando en eso. ¿Cómo consiguió llegar?

– El general no es chófer, Herr Geismar.

– Alguien fue a buscar a Tully al aeropuerto. Alguien lo llevó a Potsdam y lo mató. Tuvo que ser un ruso.

– ¿El mismo hombre?

– ¿Qué quiere decir?

– ¿Pasaría usted todo el día con alguien a quien pretende matar? ¿Qué haría con él todo el día? No, lo mataría sin más.

Hizo un gesto contundente con el dorso de la mano.

– Ahí te ha pillado, amigo -dijo Danny.

Jake se sobresaltó, había olvidado que Danny seguía con ellos.

– Pero el chófer, de todas formas -insistió Jake, molesto por la interrupción-, tenía que ser ruso. ¿Por qué no preguntar?

– Porque no nos enteraríamos de nada nuevo -respondió Gunther con seriedad-. De nada. Y usted llamaría la atención. Nunca hay que llamar la atención de los rusos. No son gente paciente. Atacan. -Alzó un dedo para dar énfasis a sus palabras-. Manténgase a cubierto hasta que lo descubra. Sea un policía, siga los números.

– Es ahí adonde apuntan.

Gunther se encogió de hombros.

– El aeropuerto, sí, es interesante. El chófer, ¿qué me diría eso? A menos que hubiera sido el mismo hombre… Pero ¿cómo podría serlo? -Negó con la cabeza-. No es la pregunta adecuada. Además, verá, yo también tengo que proteger mis intereses.

– Sí. Todo el mundo hace negocios.

Gunther echó un trago mirando el fondo del vaso.

– Olvida que soy amigo del pueblo soviético. -imprimió a sus palabras el acento ruso del fiscal, amargo; el juicio seguía presente-. ¿Quién sabe? -dijo, esta vez casi con despreocupación, jugando con las palabras-. A lo mejor dentro de poco trabajo para ellos. El general admira mi labor. No hay muchas oportunidades.

– ¿Trabajaría para él? -preguntó Jake, desconcertado al oír eso-. ¿Trabajaría para los rusos?

– Amigo mío, ¿qué importa eso? Cuando ustedes se marchen, ¿quién se quedará aquí? Tenemos que vivir. Cálmese -dijo, moviendo la mano de un lado a otro-. Por ahora no me resulta atractivo. Estoy trabajando en un caso. -Alzó el vaso, un brindis conciliador.

– ¿Lo ves? -dijo Danny-. Eso es lo que le gusta. Viejo Sherlock. No es el dinero lo que le va.

– Entonces intentaré tenerte a ti interesado -dijo Jake, y se levantó. Miró a Gunther, que vaciaba su vaso con placidez-. Es un gran futuro ese en el que piensa, usted y Vassily. ¿Sabe que estaba en el mercado cuando dispararon a Shaeffer? Supongo que eso lo convierte a él en Greifer.

Gunther bajó el vaso, conmocionado al oír esa palabra. Su rostro palideció; sus ojos miraban perdidos y vacíos, como los de los niños en el andén. Miró a Jake un instante y luego soltó un gruñido, apartó el vaso, despacio, para quitarlo de en medio junto con todo lo demás.

– Pues tenga cuidado de que no lo cace a usted -dijo con una voz serena, neutral.

– Pero… -Jake se interrumpió.

– Pero lo están esperando -terminó de decir Gunther-. El otro asunto del que hablamos, lo de la vivienda.

– Ya me he ocupado de eso -explicó Jake, cuidándose de no mirar a Danny.

– Bien. A veces basta sólo con trasladarse. -Bajó la vista-. Claro que no siempre.

Fuera, la calle estaba llena de chóferes, aburridos soldados vestidos de caqui que mataban el tiempo mientras sus oficiales bailaban. El soldadito de guardia estaba hablando con Lena, inclinado contra el jeep con naturalidad.

– Dice que conoce Texas -dijo Lena con una sonrisa al ver acercarse a Jake-. Que allí hay colinas, eso está muy bien.

Jake, ensimismado, tardó unos instantes en darse cuenta de que le estaba hablando de los niños.

– Sí, muchas colinas -dijo el soldado con un acento muy vaquero.

A cualquier chófer, tal vez incluso a ése, podrían haberle asignado la tarea de acompañar a un visitante por la ciudad.

– Eso les gustará -dijo Lena mientras Jake ponía el motor en marcha-. Se sentirán como en casa. -Las onduladas colinas de Silesia.

– Esperemos que sí.

– ¿Qué estabas haciendo?

– Preguntarle a un tipo por un piso. Mañana lo tendremos.

Empezó a avanzar por la calle.

– ¿Tan pronto?

– ¿Por qué no? No hay que hacer muchas maletas.

– Claro, tú lo tienes fácil. Así vives, como un nómada -dijo, aunque sonriendo.

– Estoy acostumbrado -repuso él. Tiendas, hoteles y habitaciones alquiladas.

– No, te gusta.

Jake la miró.

– ¿Lo harás?

– Por supuesto -repuso Lena con una alegría forzada-. Seremos nómadas. Con una sola maleta. ¿No me crees capaz?

Jake sonrió.

– Bueno, a lo mejor con dos.

En la calle, frente al piso, no había nadie. Seguía siendo seguro. Tampoco había nadie dentro. La fiesta de Hannelore, como era de esperar, se había alargado.

– Tengo que lavarme -dijo Lena-. No tardaré. Mira cómo ha dejado esto, hecho un desastre. Eso no lo añoraré.

– Ahora lo recojo.

– No, por la mañana. Es muy tarde. ¿Sigo de pie?

Sin embargo, cuando se cerró la puerta del baño, Jake fue al fregadero y allí recordó el día en que la había encontrado enferma y había lavado los platos para llenar los minutos mientras esperaba al médico, como si recoger le hubiera servido de alivio. Sólo habían pasado tres semanas. No había mucho que recoger: unas tazas y unos cuantos papeles revueltos junto a la máquina de escribir. La mayor parte de su ropa estaba en Gelferstrasse. Ni siquiera llenaría una maleta. Marcharse de allí no le llevaría más que unos minutos, y luego a otra habitación. Aun así, pensó que Frau Hinkel se equivocaba, que él allí se sentía en casa; todos aquellos años de antes de la guerra, y luego esas últimas semanas, en las que el piso se había convertido en una especie de santuario. Había vivido más tiempo allí que en ningún otro lugar. Era su casa. No era nada extraordinario: el sofá desvencijado donde Hal solía quedarse traspuesto, la mesa a la que Lena se sentaba a tomar café con la luz del sol derramándose en su bata. Su pedazo particular de Berlín, que ya no era un refugio, sino una trampa.

Oyó la puerta del baño cuando Lena salió. Se acercó a la ventana y apagó la luz. Nada. Wittenbergplatz estaba en calma. Miró hacia uno y otro lado de la calle, en dos direcciones. A lo mejor Frau Hinkel también se había equivocado con eso, pero los submarinos nunca dejaban de moverse. Sus cartas eran afortunadas. Pariserstrasse había quedado convertida en escombros y al día siguiente perdería ese piso, pero Lena seguía allí, seguramente cepillándose el pelo, sentada en camisón en la cama, esperándolo. Miró en derredor, a oscuras. Sólo eran habitaciones.