– Gunther tiene uno. Vamos, tenemos que volver -anunció, ansioso, empujando el timón para virar en círculo-. La corriente. ¿Por qué no se me habrá ocurrido antes? Moisés… Dios, lo tenía delante de mis narices… Gracias. -Le lanzó un beso.
Ella asintió con la cabeza, pero no sonrió, sino que frunció el ceño, como si el día se hubiese nublado de repente.
– ¿Quién es Gunther?
– Un policía, amigo mío. A él tampoco se le ocurrió, y eso que se supone que conoce Berlín.
– Sí, pero a lo mejor no conoce sus aguas -contestó ella, bajando la cabeza hacia ellas.
– Pero tú sí -repuso él, sonriendo.
– Vaya, así que ahora, todos policías -dijo ella, y luego volvió de nuevo el rostro al sol-. Bueno, todavía no. Mira qué tranquilo está el viento. Todavía no podemos volver.
Sin embargo, las propias palabras parecieron darse impulso a sí mismas, negándose a esperar más, y al cabo de un momento provocaron una brisa ligera y constante que enseguida los llevó de vuelta al club.
Gunther estaba en casa, en Kreuzberg, sobrio y bien afeitado. Hasta la habitación estaba ordenada.
– ¿Vida nueva? -preguntó Jake, pero Gunther no le hizo caso y mantuvo los ojos clavados en ella.
– Usted debe de ser Lena -dijo, estrechándole la mano-. Ahora entiendo por qué Herr Brandt estaba tan ansioso por venir a Berlín.
– Pero no a Potsdam. Nunca llegó a ir allí. Me refiero a Tully. Venga, mire esto -dijo Jake, acercándose al mapa.
– Los modales de los americanos -le dijo Gunther a Lena-. ¿Un poco de café, tal vez? Está recién hecho.
– Gracias -respondió ella, y ambos accedieron a pasar por aquel ritual formal.
– Se alimenta de café -dijo Jake.
– Soy alemán. ¿Azúcar? -Sirvió una taza y ofreció su sillón a Lena.
– El curso del Havel fluye hacia el sur-explicó Jake-. El cuerpo fue flotando hasta Potsdam. Hoy hemos salido a navegar, y el agua fluye en esta dirección. -Desplazó la mano de arriba abajo por el mapa-. Así es como llegó allí.
Gunther se quedó un momento pensativo, asimilando la información, y luego se acercó al mapa para examinar más de cerca el extremo izquierdo.
– Así que no hubo ningún chófer ruso.
– No hubo chófer ruso. Eso resuelve el dónde.
Gunther alzó una ceja.
– ¿Y por eso está tan entusiasmado? Antes sólo tenía Potsdam, ahora tiene todo Berlín.
– No, tuvo que ser aquí -insistió Jake, trazando un círculo alrededor de los lagos-. Tiene que ser aquí. Nadie cruza la ciudad con un cadáver en el coche. Hay que estar lo bastante cerca para pensarlo: dónde desembarazarse de él, deprisa.
– A menos que lo hubiesen planeado.
– Entonces ya estarían en el agua -dijo Jake, señalando la costa-. Para hacerlo más fácil. No creo que estuviese planeado. Ni siquiera se pararon a registrarle los bolsillos ni a quitarle las placas de identificación. Sólo querían librarse de él cuanto antes. Deprisa, en algún lugar cercano… donde nadie pudiera encontrarlo.
Señaló el centro de la franja azul.
Gunther asintió con la cabeza.
– Una respuesta para todo -comentó, antes de dirigirse a Lena-. Todo un experto en crímenes, nuestro Herr Geismar -añadió con amabilidad-. ¿Está bueno el café?
– Sí, un experto -repuso Lena.
– Tenía muchas ganas de conocerla -dijo, sentándose-. ¿Le importa que le haga una pregunta?
– En algún lugar de por aquí -decía Jake hablando al mapa, con la mano en el lago.
– Sí, pero ¿dónde? -preguntó Gunther por encima del hombro-. La zona que rodea esos lagos se extiende kilómetros y kilómetros.
– No si delimitas la zona por eliminación. -Eliminó la costa occidental tapándola con la mano-. Kladow no, zona rusa. -Desplazó la mano y tapó la parte inferior-. Potsdam no. Tuvo que ser por aquí. -Trazó una línea con el dedo que iba de Spandau hasta el Wannsee, la larga franja de Grunewald-. ¿Adonde iría?
– ¿Un hombre que sólo hablaba inglés? Yo diría que a ver a los americanos. Según mi experiencia, lo prefieren.
Zehlendorf. Jake atravesó los bosques, pues el mapa había cobrado vida en su mano. Kronprinzenallee, la sede central del GM. El centro de prensa. Gelferstrasse. La Kommandatura, frente al Instituto de Ciencia y Cultura, una relación con Emil. Sin embargo, el Instituto estaba cerrado, llevaba meses sin funcionar. ¿En el mismo Grunewald?
– ¿Cuál era la pregunta? -quiso saber Lena.
– Ah, perdón, me había distraído. Sólo un pequeño detalle: tengo curiosidad sobre el momento en que su marido vino a buscarla. Esa última semana. Yo me encontraba en Berlín entonces, ¿sabe? El Volkssturm… hasta los policías nos convertimos en soldados al final. Unos días terribles.
– Sí.
– Tanta confusión… Hubo saqueos, incluso -añadió, negando con la cabeza, como si todavía aquel comportamiento lo alterase-. ¿Cómo, me pregunto, supo usted que él estaba aquí? No lo vio, ¿verdad?
– El teléfono. Yo estaba trabajando, incluso en aquellos momentos.
– Lo recuerdo. No había agua, pero sí teléfono. Así que ¿la llamó?
– Desde la casa de su padre. Quería venir a buscarme, pero las calles…
– Sí, eran muy peligrosas. ¿Los rusos ya estaban allí?
– Todavía no, pero estaban cerca. Entre nosotros, creo, pero ¿qué importa eso? Era imposible. Los alemanes eran igual de peligrosos, disparaban a todo el mundo. Yo tenía miedo de salir del hospital. Pensaba que allí al menos estaría a salvo. Ni siquiera los rusos…
– Algo terrible para él, tan cerca… Y habiendo llegado tan lejos. La torre del zoo todavía era segura, creo, pero tal vez él no lo sabía. Para cruzar por allí.
Lena alzó la vista.
– No debe culparlo. No es ningún cobarde.
– Mi querida señora, yo no culpo a nadie. No esa semana.
– No me refiero a eso. Yo le dije que no viniera.
– Ah.
– La cobarde fui yo.
– Frau Brandt…
– No, es verdad. -Bajó la cabeza y tomó un sorbo de café-. Tenía miedo de que nos matasen a los dos si me esperaba. No quería más muertes. Era una locura venir en aquellos momentos… no había tiempo. Le dije que se marchase con su padre antes de que fuese demasiado tarde. Yo no quería irme, me daba igual. Era una estupidez, pero así es como me sentía. ¿Por qué quiere saber todo eso?
– Pero su padre tampoco se marchó -repuso Gunther, sin responder-. Sólo los documentos. ¿Los mencionó?
– No. ¿Qué documentos?
– Es una pena. Siento mucha curiosidad por esos documentos. Así es como consiguió el coche, creo. No había coches en aquellos días, ¿recuerda? Tampoco gasolina.
– Su padre dijo que vino con un vehículo de las SS.
– Pero ni siquiera ellos tenían coches para asuntos personales, no en aquellos momentos. Así que tuvo que ser por los documentos. ¿De qué documentos cree usted que podía tratarse?
– No lo sé. Tendrá que preguntárselo a él.
– O a los americanos. -Gunther se volvió hacia Jake-. ¿Qué dicen los americanos? ¿Lo ha averiguado?
– Documentos administrativos, según Shaeffer. Nada especial. Ningún secreto técnico, si es a eso a lo que se refiere.
– A lo mejor no sabe cómo interpretarlos, no como nuestro Herr Teitel, que es un auténtico genio con los documentos. En sus manos, un arma. -Levantó la mano, imitando asombrosamente a Bernie en el tribunal, el documento invisible convertido en arma-. El sí que sabe.
– Pues si lo sabe, no lo dice, y lleva ya varias semanas entre esos documentos. Es como si fuera su segundo hogar.
– ¿Qué?
Jake lo miró y luego volvió a concentrarse en el mapa.
– El Centro de Documentación -contestó en voz baja, poniendo el dedo justo encima de Wasserkafersteig, una línea corta, apenas un camino apartado de Grunewald-. El Centro de Documentación -repitió, desplazando el dedo a la izquierda.