Выбрать главу

Una línea recta que atravesaba Grunewald, por debajo de la Avus, donde se habían detenido aquel día de lluvia, una línea recta hasta el lago.

– ¿Se le ha ocurrido algo?

– Tully tenía una cita con Bernie, ¿verdad? Al día siguiente. Pero llegó antes de tiempo. ¿Por qué querría alguien ver a Bernie? -Volvió a desplazar el dedo hacia la calle-. Documentos. Nadie conoce esos documentos mejor que él. Sería el hombre idóneo a quien recurrir. -Pensó en Bernie corriendo para llegar a la cena y en cómo se le cayó aquella pila de carpetas al chocar con el sobresaltado camarero… justo la noche en que Tully había sido asesinado. Dio unos golpecitos con el dedo índice en el mapa-. Ahí es adonde fue Tully. Los números coinciden aquí.

Gunther se levantó, miró el lugar que señalaba Jake y se llevó la mano a la barbilla en actitud pensativa.

– Bravo -dijo al fin-. Si es que de veras fue allí. Lástima que él fuese el único que podía decírnoslo.

– No, guardan registros, libros con los registros de entradas y salidas. Su nombre aparecerá allí. -Miró a Gunther-. ¿Qué se apuesta? Venga, dinero incluso.

– No -repuso Gunther, negando con la cabeza-. Hoy tiene usted todas las respuestas, pero ¿por qué?

– Para examinar los documentos -contestó Jake, improvisando-. Tully también estaba en Seguridad Pública, no necesitaba el permiso de Bernie para eso, sólo su ayuda. Pero llegó un día antes de lo previsto, así que empezó él solo.

– Por los documentos de Herr Brandt -dijo Gunther-, supongo.

– Esa es la conexión.

– Donde su amigo no encontró «nada especial». Así que, ¿qué es lo que esperaba encontrar Meister Sobornos? -Lanzó un suspiro-. Por desgracia, sólo él podía decirnos eso también.

– Sólo hay que comprobarlo. Sigue allí, nada sale del Centro de Documentación. Es como Fort Knox. Sea lo que sea lo que estuviese buscando, seguirá allí.

– Entonces le sugiero que empiece a leer. -Gunther tocó el hombro de Jake, sin llegar a darle una palmadita, y volvió a consultar el mapa-. Nada especial, y pese a eso, Herr Brandt viene hasta Berlín por esos documentos.

– Vino por mí -lo corrigió Lena.

– Sí, por supuesto -convino Gunther, asintiendo cortésmente con la cabeza-. Por usted.

– Pero Tully no -intervino Jake.

– No -dijo Gunther, volviendo a concentrarse en el mapa, pensativo.

– ¿Qué pasa ahora? -preguntó Jake, leyendo la expresión de su rostro.

– Nada, sólo me preguntaba… ¿Cómo supo dónde buscar?

– Emil debió de decirle algo. Hablaban mucho en Kransberg, eran amigos.

– Un amigo muy caro, tal vez.

– ¿Qué quiere decir?

– Meister Sobornos… no era de la clase de hombres que hacen nada gratis.

Jake le lanzó una mirada elocuente.

– No, nunca hacía nada gratis.

Era tarde, pero tenía que saberlo, así que recorrieron el largo trayecto de vuelta a Zehlendorf. La misma calle estrecha que subía desde la espesura del bosque, la alambrada iluminada con reflectores. Un guardia mascando chicle.

– Está cerrado, amigo. ¿Es que no sabe leer?

Señaló con el pulgar un cartel colgado en la verja de entrada.

– Sólo quiero ver al oficial del turno de noche.

– Imposible.

– Me envía el capitán Teitel -añadió Jake enseguida-. Tiene un mensaje para él.

Un nombre que literalmente abría todas las puertas en aquel lugar, o al menos la valla de alambre, que se movió hacia atrás al instante.

– Ella se queda aquí -dijo el guardia-. Y no tarde.

El guardia del vestíbulo, medio dormido y con los pies apoyados en la mesa del registro de entrada, parecía sorprendido de ver a alguien a esas horas. Si Tully había estado allí, no había sido a altas horas de la noche.

– El capitán Teitel me ha pedido que examine el libro de entradas.

– ¿Para qué?

– Para algún informe, yo qué sé… ¿Puedo verlo o no?

El guardia lo miró con recelo pero le acercó el libro, como haría un recepcionista con el libro de registro de un hotel.

– ¿Hasta qué fecha se remonta? -preguntó Jake, empezando a pasar las hojas-. Necesito el dieciséis de julio.

– ¿Para qué?

– ¿Es que no sabes decir otra cosa? Pareces un disco rayado.

El guardia sacó otro libro y lo abrió por la página exacta. Jake empezó a recorrer con la mirada la lista descendente de nombres, pasando el dedo por cada uno de ellos. Por lo visto, había habido muchas visitas ese día. Y de repente, ahí estaba: teniente Patrick Tully, una letra acorde con las botas de montar, llamativa. Había firmado al entrar y al salir, no había hora concreta. Examinó la firma un segundo; era lo más cerca que había estado de él desde Cecilienhof, ya no tan escurridizo, atrapado en el lugar donde confluían todos los números. Se sacó la fotografía del bolsillo de la pechera, decidido a probar suerte.

– ¿Habías visto alguna vez a este hombre?

– ¿Qué eres? ¿Policía militar?

– ¿Lo habías visto o no?

Miró la foto.

– No, no me suena. Aquí entra y sale mucha gente. Después de un tiempo, todos se parecen. ¿Por qué? ¿Qué ha hecho?

– Hay que firmar para sacar un documento, ¿verdad?

– Nadie se lleva documentos de aquí dentro. No se puede.

– Teitel sí.

– No, él los trae, no se los lleva. No se sale con nada a menos que lo hayas traído antes. Al menos, no mientras estoy yo de guardia.

– De acuerdo, gracias. Eso es lo único que necesitaba.

El guardia volvió a coger el libro abierto.

– Un momento -dijo Jake, después de que una firma un tanto llamativa atrajese su atención.

Unos cuantos nombres más abajo: Breimer, con una B redondeada. Y debajo: Shaeffer. Allí era donde habían ido esa noche.

– ¿Pasa algo?

Jake negó con la cabeza y luego cerró el libro.

– No lo sé.

Una vez fuera, se quedó de pie un momento, cegado por las luces, como cuando se había colado en la foto de Liz. Shaeffer también había estado allí ese día. Dos visitas.

– ¿Has averiguado lo que querías? -le preguntó Lena en el jeep.

– Sí, Tully estuvo aquí. Yo tenía razón.

– ¿Y los documentos?

– Mañana. Vamos, vayámonos a casa. Te ha dado mucho el sol.

Lena se miró la piel, roja bajo los focos.

– Sí, también tenías razón en eso -dijo, con cierta amargura.

– ¿Qué pasa? -inquirió Jake mientras el jeep emprendía el camino de descenso por la colina.

– Nada. ¿Tan importantes son esos documentos?

– Eso creía Tully. Estuvo aquí… lo sabía.

– Más números, para las armas de Emil. ¿Es eso lo que contienen los documentos, más números?

– No, según Shaeffer.

– Pero Emil vino por ellos. Eso es lo que cree el policía. No por mí.

– A lo mejor vino por los dos.

– ¿Para fabricar más armas? La guerra había terminado.

– Para tener algo con lo que poder negociar. Eso es lo que tienen los científicos: números con los que negociar.

– ¿A cambio de qué? Jake se encogió de hombros.

– De su futuro.

– Para fabricar armas para otros -respondió Lena.

Jake torció a la izquierda al pie de la colina y luego se dirigió hacía el bosque.

– ¿Adonde vas?

– Quiero ver cómo fue. Cuánto se tarda.

– ¿En qué?

– En deshacerse del cuerpo.

Lena no dijo nada, encogida, como la última vez en el bosque, tiritando de frío por la lluvia. Grunewald estaba oscuro, y no se veía nada más allá del haz de luz de los faros del coche y la tenue luz de la luna que se reflejaba en Krumme Lanke. No había nadie en la carretera, la espesa arboleda ocultaba a cualquiera que pudiese haber por allí, pequeños grupos de desplazados en busca de cobijo. A ellos tampoco podía verlos nadie. Podrían haber arrojado el cadáver como si fuese un borracho. Fácil. En cualquier lugar de allí cerca, no en el centro, con los guardias y las luces; allí, en la oscuridad. O en la playa misma. Llegaron allí en cuestión de minutos, la superficie del agua se rizaba bajo la luz de la luna. Lo último que debieron de ver los ojos de Tully.