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– ¿Y éstos son los documentos que entregó Brandt?

– Algunos. No se citan las fuentes, pero, si son suyos, estarán aquí. Los documentos científicos estaban en Nordhausen, claro. Von Braun los guardó bajo tierra para tenerlos a buen recaudo, en una vieja mina, creo, así que los tiene la FIAT, pero tú sólo querías los de Brandt, ¿verdad?

– Verdad.

– Entonces, aquí los tienes -dijo, dando unas palmaditas al fichero.

– Dios… -exclamó Jake al ver la larga fila de documentos.

– Sí, ya lo sé. Estaban tan ocupados cubriéndose las espaldas que no sé de dónde sacaban el tiempo para combatir.

– Bueno, así es el ejército. Viven de eso, ¿no? No me gustaría nada ver los nuestros.

– Éstos son algo distintos -dijo Bernie-. Si te aburres, prueba con los documentos aeromédicos de aquí. ¿Quieres saber cuánto tarda un hombre en morir congelado? Está todo ahí: temperatura de la sangre, presión, hasta el último segundo… Todo menos los gritos. Estaré abajo, si necesitas ayuda con algo.

Sin embargo, al menos los primeros documentos eran corrientes: memorandos, directivas para el personal, informes… la clase de papeles que habría encontrado en cualquier oficina, como en la de Tinturas de Estados Unidos en Utica, salvo por el membrete negro de las SS. El rastro en papel de una toma de poder burocrática, con un caballo de Troya de trabajadores. Peenemünde había sido construido con reclutas extranjeros, pero ya en julio del 43, el programa necesitaba más gente, la mano de obra extra que sólo las SS podían suministrar: Häftlinge, prisioneros, una palabra que identificaba a los presos de los campos de exterminio. Tras esa primera solicitud, tras ese acuerdo mortal, empezaban los verdaderos documentos, repletos de fechas y sucesos, un aluvión de papeleo entre jefes de departamento para aprovechar la ocasión mientras durase. El 7 de julio, una demostración del A-4 para Hitler, que se muestra impresionado. El 24 de julio, el gran bombardeo sobre Hamburgo. El 25 de julio, el A-4 recibe el visto bueno con máxima prioridad para fabricar sus misiles, las armas de la venganza. El 18 de agosto, bombardeo sobre Peenemünde. El 19 de agosto, como respuesta inmediata, Hitler ordena a Himmler que suministre más mano de obra de los campos para acelerar la producción. Tres días más tarde, el 21 de agosto, Himmler asume la construcción de un nuevo centro de producción en Nordhausen, lejos de las bombas. El 23 de agosto llegan los primeros trabajadores, el caballo ya está dentro del recinto.

Los siguientes documentos describían la carrera de la construcción de la cueva de Aladino, excavada en la montaña para albergar la inmensa fábrica subterránea. Un documento tras otro de abrumadores detalles sobre la construcción, informes semanales con los progresos, nuevos campos para los trabajadores. Mientras la mirada de Jake se vidriaba con las cuentas del día a día, veía tomar forma a una ciudad entera, la escalofriante proporción de todo justo allí, en los números. Diez mil trabajadores. Dos túneles gigantescos que se adentraban en la roca hasta un total de tres kilómetros; 47 túneles entrecruzados, cada uno de ellos del tamaño de dos campos de fútbol. Y cada día crecía más, igual que debieron de construirse las pirámides. De hecho, exactamente iguaclass="underline" los diez mil eran esclavos. Por no hablar de cuántos morían… Se deducía por las solicitudes de reemplazos del interminable suministro de Himmler. Todo aquel terrible entramado quedaba oscurecido por cálculos de ingeniería y objetivos mensuales. En Berlín fechaban los informes, los sellaban y los archivaban. ¿Habría visto Emil a esos hombres en Peenemünde, donde los científicos se reunían por las noches con una taza de café para hablar de trayectorias?

Mientras tanto, página a página, el tamaño de los túneles crece, se empiezan a construir los misiles, más campos, y finalmente, la toma del poder es oficiaclass="underline" 8 de agosto de 1944, Hans Kammler, teniente general de las SS, sustituye a Dornberger como director del programa. Ahora los científicos y sus fabulosos misiles pertenecen a Himmler. Se reparten medallas. Jake se entretuvo un minuto con el memorando que describía la ceremonia. En Peenemünde, no en Berlín. Sin la presencia de las familias, una comida especial. Habían brindado varias veces con champán.

Más carpetas. Febrero de 1945, el equipo a cargo de la fabricación de misiles finalmente abandona Peenemünde. Se solicita un tren especial, pues el transporte aéreo es demasiado arriesgado para el personal formado por científicos, con el cielo plagado de bombarderos. Luego todos van hacia el sur y se dispersan por pueblos cercanos a la fábrica principal. La población de presos alcanza los cuarenta mil, y van llegando traslados procedentes de los campos del este a medida que se acercan los rusos. Pese a todo, los V-2 siguen saliendo a diario de la montaña con rumbo a Londres. Más documentos en marzo: demandas poco realistas de aumento de la producción. Y el súbito cese de informes en papel. Aun así, Jake podía terminar la historia por sí solo: ya la había escrito. El 11 de abril, los americanos toman Nordhausen. Fin del A-4. Jake se reclinó hacia atrás en la silla. ¿Qué significaba todo aquello? Cajones llenos de información que él desconocía pero que se suponía otros sí conocían. Nada por lo que mereciese la pena volar hasta Berlín y arriesgarse a ser asesinado. ¿Qué estaba pasando por alto?

Dejó el último documento abierto sobre la mesa y salió a fumar un cigarrillo, a sentarse en las escaleras bajo el sol. La luz amarilla de la tarde bañaba los árboles de Grunewald. Horas enteras desperdiciadas sin averiguar nada. ¿Había pasado Tully el día allí?

– ¿Necesitas un respiro? -dijo Bernie desde la puerta-. Has aguantado más que la mayoría. A lo mejor tienes más estómago que los demás.

– No hablan de eso. Sobre todo son informes de oficina. Estadísticas de producción… Nada.

Bernie encendió un cigarrillo.

– No sabes cómo leerlos. Eso no es alemán, es un nuevo idioma. Las palabras significan otra cosa.

– Häftlinge -contestó Jake, a modo de ejemplo.

Bernie asintió con la cabeza.

– Pobres desgraciados. Supongo que eso facilitaba a las secretarias la tarea de escribirlo todo a máquina. En lugar de decir lo que eran realmente. ¿Has visto lo de «medidas disciplinarias»? Eso era colgarlos: los colgaban de una grúa a la entrada del túnel para que todo el mundo tuviese que pasar por debajo al acudir a trabajar. Los dejaban allí una semana, hasta que empezaban a oler mal.

– ¿Por qué disciplina?

– Por actos de sabotaje, por un tornillo demasiado flojo, por no trabajar lo bastante rápido… A lo mejor ésos eran los más afortunados, al menos era una muerte rápida. Los otros… Tardaban semanas en caer rendidos al suelo. Pero caían. La tasa de muertes era de ciento sesenta por día.

– Eso sí que es una estadística.

– Un cálculo aproximado. Alguien cogió un lápiz y calculó el promedio. Para que quedase constancia. -Se acercó a los escalones-. Entonces, deduzco que no has encontrado lo que buscabas.

– Nada. Volveré a leerlos. Tiene que haber algo. Sea lo que sea.

– El problema es que no sabes lo que buscas, mientras que Tully sí lo sabía.

Jake se quedó pensativo un momento.

– Pero no sabía dónde. El también debía de andar buscando a tientas, por eso necesitaba tu ayuda.

– Entonces, tal vez tampoco él encontrara lo que buscaba.

– Pero vino aquí. Su nombre figura ahí, en el libro, bien claro. Tiene que estar aquí.

– Entonces, ¿ahora qué?

– Ahora hay que volver a buscar. -Jake arrojó la colilla al suelo polvoriento-. Cada vez que creo estar llegando a algún sitio, vuelvo al punto de partida: Tully bajándose de un avión. -Se levantó y se sacudió la suciedad de los pantalones-. Escucha, Bernie, ¿puedo pedirte otro favor? Vuelve a hablar con tus amigos de Francfort, averigua si Tully aparece en la lista de embarque de un vuelo del dieciséis de julio. Quién lo autorizó. Se lo he preguntado a los del GM, pero me saldrán canas si espero a obtener respuesta de ellos. Tienen la costumbre de extraviar las consultas y toda clase de papeles en las bandejas de entrada de algún despacho. Averigua también si alguien sabe dónde estuvo el fin de semana que Brandt se marchó.