– Escucha, nos movemos por un terreno muy resbaladizo. Esos tipos forman el mejor equipo de fabricación de misiles del mundo, no hay nadie que les llegue ni a la suela de los zapatos. Tenemos que tenerlos con nosotros, pero son alemanes, y para algunas personas eso es un tema delicado. Una cosa es que sólo cumplieran órdenes, porque… ¿quién diablos no lo hacía? Pero si hay algo más… En fin, no podemos poner a Breimer en una situación embarazosa. Necesitamos su ayuda, él no puede…
– Dar trabajo a unos nazis.
– A los malos, en cualquier caso.
– Y pensaste que podía haber algo embarazoso en esos documentos.
– No, no fue eso lo que pensé. -Apartó la mirada-. Además, no lo había. No sé qué demonios quiso decir Brandt, si es que quiso decir algo. Lo importante es que no había nada, absolutamente nada en esos papeles. Esos tipos están limpios.
– Pues Teitel no opina que estén tan limpios.
– Es judío, ¿qué esperabas?
Jake lo miró.
– A lo mejor esperaba no tener que oír a un americano decir eso -dijo despacio.
– Ya sabes a qué me refiero. Ese tío encabeza una jodida cruzada. Muy bien, pues no va a cazar a estos tipos. Allí no hay nada.
Jake se levantó.
– Tiene que haberlo. Algo que Tully supuso que podía venderles a los rusos.
– Desde luego, no el hecho de que fueran nazis, porque eso a los rusos les trae sin cuidado.
– Y a nosotros también.
Shaeffer levantó la cabeza de golpe, con una expresión herida.
– Estos tipos no.
Fuera, la luz había empezado a apagarse, dando paso al suave y parsimonioso final del día. En su alojamiento se estarían preparando para cenar, la anciana estaría sirviendo la sopa. Jake aparcó el jeep y echó a andar por Gelferstrasse, recordando la primera noche, cuando Liz había coqueteado con él en el baño. Más o menos a la misma ahora en que Tully debía de estar leyendo los documentos, esperando a alguien. ¿O lo habrían sorprendido? Había que empezar con los números. Tully llega al aeropuerto; alguien de las imágenes borrosas de las fotografías de Liz, a menos que también las fotografías fuesen sólo documentos vacíos.
El anciano estaba preparando la mesa cuando Jake pasó junto al comedor, rehuyendo el grupo de gente reunido en el salón para tomar unas copas. Arriba, alguien había aireado y quitado el polvo de su habitación, y la colcha de chenilla rosa cubría la cama, completamente lisa, sin una sola arruga. Servicio de habitaciones. Las fotos de Liz estaban apiladas en un montón ordenado sobre el tocador, tal y como las había dejado, sin seguir ningún orden en particular. El avión estrellado en el Tiergarten, algunos desplazados en una esquina. Churchill. Los chicos de Missouri. Otra igual, aunque no era una copia, sino una pose ligeramente distinta. Liz empleaba la técnica de todos los fotógrafos que había conocido: sacar montones de instantáneas y fingir que la buena era la única que habías sacado, un arte basado en el azar. Una que le había pasado desapercibida antes, él mismo contemplando los escombros de Pariserstrasse, con los hombros caídos y la cara impregnada de un sentimiento de decepción. En una revista, sin pie de foto, podría haber sido un soldado de regreso. Se miró al espejo, para mirar su verdadero rostro. El de otra persona.
El aeropuerto. Tomó la foto del montón y la examinó con atención, desplazando los ojos lentamente por la imagen como si la estuviera revelando, tratando de hacer más nítidas las figuras borrosas. El efecto, curiosamente, fue como si estuviese mirando la foto de Pariserstrasse, una escena fuera de contexto. ¿De verdad había estado allí? Una fracción de segundo que no creía haber vivido: Ron de pie, en el centro, con su sonrisa chulesca, y el gentío de Templehof arremolinado detrás de él. La parte de atrás de la cabeza de alguien que podía ser Brian Stanley, atrapando toda la luz con la tonsura. Un soldado francés con una gorra de borla. Nada. Cogió la siguiente foto; casi la misma pero desde otro ángulo, porque Liz se había desplazado hacia la izquierda. Al pasar las imágenes rápidamente una detrás de otra, las figuras se ponían en movimiento, como en aquellos antiguos libritos. A la derecha, un pequeño resplandor. ¿Serían unas botas pulidas? Acercó la cara a la foto, que se volvió más borrosa, y luego la alejó de nuevo. Quizá fueran botas, porque la altura coincidía, pero no se distinguía el rostro. Volvió a pasarlas rápidamente, pero el brillo no se movía. Si era Tully, se había quedado de pie muy quieto, de lado respecto a la cámara, mirando a la izquierda.
Los golpecitos apenas fueron un golpeteo amable, casi inaudibles. Jake se volvió y vio al anciano asomar la cabeza por la puerta entreabierta.
– Perdone, Herr Geismar. No quería molestarle.
– ¿Qué ocurre?
Durante un segundo, el hombre se limitó a mirarlo, parpadeando, y Jake se preguntó si no estaría viendo a su hija otra vez en su silla de siempre, empolvándose la nariz.
– Herr Erlich me ha dicho que le pregunte por el cuarto del sótano. El equipo de fotografía. No pretendo meterle prisa, pero entiéndalo: necesitamos la habitación. Cuando le vaya bien.
– Lo siento, lo había olvidado. Lo recogeré todo ahora mismo.
– Cuando le vaya bien -insistió el hombre, retirándose.
Jake lo siguió escalera abajo. Estaba a punto de alcanzar la puerta del sótano cuando Ron salió del salón con una copa en la mano.
– Ya me había parecido verte merodeando por aquí. ¿Te quedas a cenar? -La misma sonrisa, como si aún siguiera en la fotografía.
– No puedo. Estoy acabando de recoger las cosas de Liz. ¿Adonde debería enviarlas?
– No lo sé. Al centro de prensa, supongo. Oye, no te escapes, tengo algo para ti. -Sacó un papel doblado del bolsillo-. No me preguntes por qué, pero le han dado el visto bueno. Dicen que lo ha solicitado ella misma. ¿Es que hay algo entre vosotros dos que yo no sepa? El caso es que tienes permiso. Sólo tienes que enseñarles esto. -Le tendió el papel-. Y no lo olvides, no es sólo tuya. Todo el mundo se lleva una parte.
– ¿Una parte de qué?
– De la entrevista. A Renate Naumann. La que pediste, ¿recuerdas? Joder, Jake, me deslomo con los soviéticos y a ti te importa un rábano. Muy típico.
– ¿Ella ha pedido verme?
– A lo mejor cree que vas a sacar su lado bueno. Y por cierto, yo no esperaría demasiado. Los rusos cambian de parecer cada cinco minutos. Además, así podrías escribir un artículo. Nuestros paisanos se están poniendo muy nerviosos. -Sacó un telegrama del mismo bolsillo y se lo enseñó.
– ¿Lo has leído?
– Tenía que hacerlo. Lo dicen las normas.
– ¿Y?
– «Formidable respuesta historia héroe» -citó sin abrir el telegrama-. «Enviar nuevo artículo cuanto antes. Viernes a más tardar.» -Dio unos golpecitos a Jake en el pecho con ambos papeles-. Salvado por la campana, héroe. Me debes una.
– Sí -contestó Jake mientras cogía los papeles-. Cárgalo a mi cuenta.
El cuarto oscuro de Liz era una sala pequeña y con olor a humedad que había cerca de la carbonera, con profundos cajones de madera en uno de los rincones para los tubérculos. Tres bandejas para las soluciones en una mesa sobre la que colgaba una lámpara de bombilla roja. Unos cuantos botes de revelador y algunas fotos colgadas de una cuerda, como si fuera la colada. Una caja de papel mate. ¿Por qué no dejárselo todo a la pareja de ancianos? Todo aquello tenía que valer algo en el mercado negro, aunque ¿quién seguía haciendo fotografías? ¿Todavía se celebraban bodas en Berlín?
En cualquier caso, Liz había sacado montones de fotografías. La mesa estaba plagada de contactos, un montón sujeto con una pesada lupa como las que usaban los bibliotecarios para leer la letra pequeña. Jake miró a través de la lupa y las figuras del tamaño de sellos cobraron de repente vida a tamaño natural. La lupa sería lo bastante potente para saber si aquel brillo procedía de un par de botas. Se la metió en el bolsillo y luego apiló el resto del equipo en un extremo de la mesa. Junto a la pared había una mesa auxiliar con otro juego de fotografías. Las examinó y vio que eran las mismas fotos que había visto arriba, aunque no tan nítidas: eran las descartadas, las que ningún editor llegaría a tener encima de la mesa. La Cancillería. El aeropuerto otra vez, Ron sonriendo aún, pero con el fondo aún más borroso. Al alzarla hacia la luz para buscar las botas, su mirada captó el brillo apagado del arma colgada en la pared.