Dejó la foto, cogió la pistolera y la acercó a la luz. Una Colt 1911. Todo el mundo tenía una, era algo habitual. La sacó y se sorprendió del peso. El arma que Liz debía haber llevado encima en Potsdam. Los tres en el mercado. Se la quedó mirando un minuto, reacio pese a todo a desarrollar hasta el final la teoría que se estaba formando en su cabeza. ¿La habían disparado? Se podían comparar las balas, pues las marcas de estrías eran tan distintivas como las huellas dactilares. Pero era una locura. Abrió el arma: la recámara estaba vacía. Se la acercó a la nariz; sólo detectó un rancio olor a grasa, ¿qué había esperado? ¿El olor a pólvora permanecía en la recámara como si fuese ceniza o desaparecía? Sin embargo, no había ninguna bala. Ni siquiera estaba cargada, sólo era una herramienta para mantener a los lobos a raya. Se acordó de Frau Hinkel y su palabrería, que lo había cercado con su engaño. Arrojó el arma al montón de fotografías, recogió las fotos con ambas manos y se lo llevó todo arriba.
La lupa era pequeña, pero cumplió su propósito: el fondo seguía sin verse con nitidez, pero al menos las imágenes borrosas adquirieron forma. Uniformes que desfilaban por delante de otros uniformes; decididamente, botas. Siguió la línea en sentido ascendente: un uniforme estadounidense, una cara que podía ser la de Tully, y de hecho, tenía que ser la de Tully… Las botas lo corroboraban. Al final resultaba que Liz sí lo había captado con su cámara. ¿Y qué? No había nada que no hubiese sabido antes. Tully acababa de llegar y en ese momento miraba a algo que había a su izquierda. Jake desplazó la lupa por la fotografía, pero sólo se veía el negro de la cabeza de Brian, los mismos uniformes que antes, ninguno de los cuales miraba hacia Tully, y luego el filo blanco.
Se recostó hacia atrás y arrojó la fotografía a la mesa, frustrado, interpretando la sonrisa de Ron como una especie de provocación. Cuando detuvo la mirada en la copia en el montón, hasta parecía mover la cabeza riéndose. Una más, habría dicho Liz para sí al moverse para conseguir un ángulo mejor, Ron como punto fijo en un estereoscopio. ¿Cuántas fotos habría sacado? Jake se inclinó hacia delante y cogió las fotografías. ¿Bastarían para una pequeña panorámica? Recogió las instantáneas del aeropuerto del montón de fotos descartadas y las distribuyó encima de la mesa en forma de abanico. Encajó los fragmentos superpuestos del fondo sin hacer caso de la imagen de Ron: la cabeza de Brian con la cabeza de Brian, y luego hacia la izquierda, ajustando las puertas de la salida hasta unir todos los bordes y poder contemplar el gentío tal y como lo habría hecho Tully.
Cogió la lupa y la desplazó trazando una línea recta hacia la izquierda desde la cara de Tully: soldados enfrascados en sus asuntos, el molesto bulto de la cabeza de Ron tapando lo que hubiese detrás, aunque ahora había más caras más allá del borde de la primera foto, unas más nítidas que otras, unas cuantas mirando en dirección a Tully. Alguien esperando con un jeep. Jake se obligó a mover la lupa muy despacio porque entre tanta gente era muy fácil pasar por alto alguna cara conocida. Así, al llegar casi al borde, la atrapó: una forma fuera de lugar, ribetes estrechos y rectos en los hombros, un uniforme equivocado. Ruso. Jake detuvo el movimiento de la lupa. El cuerpo vuelto hacia Tully, como si lo hubiese visto, y luego el rostro, casi nítido entre las caras borrosas porque era muy familiar: mejillas amplias, ojos eslavos y perspicaces. Sikorsky había ido a recogerlo.
Jake volvió a mirar, temeroso de que la cara se disolviese entre la confusa muchedumbre, de que se convirtiera en una especie de espejismo. No, no había error posible, era Sikorsky. Alguien muy interesado en Nordhausen, alguien que había ordenado a Willi vigilar al profesor Brandt. «Es un nombre muy común en Alemania, ¿verdad?», le había dicho a Lena en la puerta del Adlon. Relacionado con Emil, los números coincidían. Y ahora relacionado con Tully. Sikorsky, que había sido el Greifer en Potsdam, otra conexión. Jake se detuvo, soltó la lupa e instintivamente estiró la mano hacia el otro lado de la mesa en busca del arma con la misma desazón angustiosa que había sentido detrás de Alexanderplatz. Aunque puede que no fuese otra conexión, puede que fuese la misma, una línea directa que llevaba directamente hasta él, dando traspiés tras los pasos de Tully, el único que no estaba dispuesto a olvidar el asunto. Ni Shaeffer, ni Liz. Miró al espejo: el mismo hombre al que Sikorsky, detrás de Liz, había señalado en el mercado.
Ahora que ya lo sabía, ¿qué hacía con esa información? ¿Llamar a Karlshorst para pedir una entrevista? Salió del alojamiento a toda prisa y luego se detuvo en mitad de Gelferstrasse sin saber, de repente, qué dirección tomar. Se habían encendido unas cuantas luces en la penumbra, pero estaba solo en la calle, tan desierta como una ciudad de western antes de un tiroteo. Palpó el arma, que llevaba sujeta al cinto. En una de las novelas de Gunther se enfrentaría a los forajidos a la espera de que llegase la caballería. Con un arma descargada. Apartó la mano con un sentimiento de impotencia. ¿A quién podía recurrir? ¿A Gunther, que esperaba encontrar nuevo jefe? ¿A Bernie, entregado en cuerpo y alma a un crimen distinto? Y entonces, por extraño que parezca, se le ocurrió que ya estaba donde tenía que estar: «Que no se te olvide qué uniforme vistes». La caballería estaba justo al final de la calle, rascándose el vendaje.
Breimer se había reunido con Shaeffer para cenar, y ambos estaban sentados con sendas bandejas en el regazo. Jake se detuvo en el umbral.
– ¿Qué pasa? -preguntó Shaeffer, leyendo la expresión de su rostro.
– Necesito hablar contigo.
– Habla. No hay secretos entre nosotros, ¿verdad que no, congresista?
Breimer levantó la vista con aire expectante y el tenedor en la mano.
– Lo tiene Sikorsky -dijo Jake.
– ¿Qué tiene? -inquirió Breimer.
– A Brandt -respondió Shaeffer en tono ausente, sin mirarlo-. ¿Cómo lo sabes?
– Fue a recoger a Tully al aeropuerto. Liz sacó una foto, no hay ninguna duda. Sikorsky lo ha tenido todo este tiempo.
– Mierda -exclamó Shaeffer, apartando la bandeja.
– Eso es lo que creías, ¿verdad? -le dijo Breimer.
– Creía que podía ser.
– Bueno, pues ya lo sabes -insistió Jake-. Con toda seguridad.
– Estupendo. ¿Qué hacemos ahora? -dijo Shaeffer, sin que fuese una pregunta en realidad.
– Traerlo de vuelta. Ésa es tu especialidad, ¿no?
Shaeffer lo miró.
– Estaría bien saber dónde lo tiene.
– En Moscú -respondió Breimer-. Los rusos no tienen que obtener el visto bueno del maldito Departamento de Estado para hacer las cosas: lo hacen y ya está. Bien, ya está -repitió, recostándose hacia atrás-. Después de todo lo que…
– No, está en Berlín -intervino Jake.
– ¿Qué te hace pensar eso?
– Todavía están buscando a su mujer. Brandt no les sirve de nada si no coopera: quieren tenerlo feliz y contento.
– ¿Alguna sugerencia? -preguntó Shaeffer.
– Ése es tu departamento. Que algunos de tus hombres sigan a Sikorsky. Sólo es cuestión de tiempo antes de que vaya a hacerle una visita.
Shaeffer meneó la cabeza, pensando.
– Podría parecer un poco hostil.