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– ¿Y desde cuándo te ha frenado eso?

– Chicos, no es un buen momento para iniciar hostilidades -intervino Breimer de improviso-. Sobre todo ahora que volvemos a estar juntos en la misma cama. -Recogió el Stars and Stripes del alféizar de la ventana: «Rusia aliada en la guerra contra los japoneses»-. Justo ahora que todo está a punto de acabar, los muy cabrones. ¿Quién les mandará intervenir? -Soltó el tenedor, como si aquello le hubiese quitado el apetito-. Así que ahora nosotros jugamos a ser buenos y simpáticos con ellos mientras que ellos no tendrían ningún escrúpulo en rajarnos la garganta. Si quiere saber mi opinión, creo que nos equivocamos de guerra.

Jake lo miró, irritado.

– No, si ha leído los documentos de Nordhausen -señaló-. Además, no se preocupe, tal vez tendrá otra oportunidad.

– Sí, sí, eso ya está previsto -repuso Breimer, haciendo caso omiso del tono de Jake-. No se preocupe por eso. Cabrones de mierda… -Miró a Shaeffer-. Pero, mientras, supongo que será mejor reducir al mínimo las tácticas de cowboy. El GM tendrá que hacerles reverencias a los rusos durante un tiempo. -Hizo una pausa-. Durante un largo tiempo.

– No serviría de nada, de todos modos -dijo Shaeffer, aún pensativo-. No podemos seguir a Sirkosky, se darían cuenta de inmediato.

– No, si lo sigue la persona adecuada -sugirió Jake, apoyándose en la estantería, de brazos cruzados.

– ¿Como por ejemplo?

– Conozco a un alemán que lo conoce. Profesional. Podría interesarle, por un precio.

– ¿Cuánto?

– Un Persil.

– ¿Qué es eso? -inquirió Breimer, pero nadie respondió.

En lugar de eso, Shaeffer sacó un cigarrillo, mirando a Jake.

– Eso no puedo prometerlo -contestó, encendiendo el pitillo-. Mi firma no vale una mierda. Tendría que hacerlo sin contar con esa garantía. Por supuesto, si de verdad localizase a Brandt…

– Entonces encontrarías una firma más importante, ¿verdad? Ya le preguntaré.

– ¿Estáis hablando de contratar a un alemán? -terció Breimer.

– ¿Por qué no? Usted lo hace -repuso Jake.

Breimer echó la cabeza hacia atrás con brusquedad, como si le acabasen de dar un bofetón.

– Eso es algo completamente distinto.

– Sí, ya lo sé, reparaciones de guerra.

– No queremos involucrar a alemanes -le dijo Breimer a Shaeffer-. La FIAT es una operación estadounidense.

– Pues usted dirá -siguió Jake-, porque alguien tiene que llegar hasta Sikorsky, y él es el único hilo que tenemos.

Shaeffer lo miró a través de las volutas de humo, sin decir nada.

– Esta bien, pensadlo -dijo Jake, apartándose de la estantería, impaciente-. Queríais que encontrase a Brandt y eso he hecho. O al menos he descubierto cómo encontrarlo. Ahora la pelota está en vuestro tejado. Mientras tanto, ¿puedo tomar prestada munición? -Dio unas palmaditas al arma-. A Liz se le había acabado. Además es la misma Colt -le dijo a Shaeffer.

– Creía que los periodistas tenían prohibido llevar armas -comentó Breimer, sin reparar en la elocuente mirada que se habían cruzado los otros dos hombres.

– Eso era antes de que empezase a trabajar para la FIAT. Ahora me pongo nervioso. Veo que usted también lleva una. -Señaló con la cabeza hacia el bulto del bolsillo de Breimer.

– Para su información, esto es para el padre de un chico de mi distrito.

Shaeffer abrió el cajón de su mesilla de noche, cogió una caja y se la arrojó a Jake.

– Vaya con cuidado, no sea que se le dispare por accidente -le dijo Jake a Breimer-. Sería una forma muy patética de perder unas elecciones. -Se sentó en la cama y metió las balas en la recámara del arma antes de cerrarla-. Muy bien, eso está mejor. Ahora lo único que tengo que hacer es aprender a usarla.

Shaeffer, que se había mantenido en silencio, acariciando el cenicero con la punta de su cigarrillo, levantó la vista en ese momento.

– Geismar, eso no va a funcionar. Lo sabes, ¿verdad?

– Estaba bromeando. Ya sé cómo…

– No, me refiero a Sikorsky. No vamos a conseguir nada siguiéndolo, lo siga quien lo siga. Lo conozco: si tiene a Brandt a buen recaudo, ni siquiera sus propios hombres sabrán dónde está. Es muy cuidadoso.

– Deben de tener su propio Kransberg. Empecemos por ahí.

Shaeffer volvió a bajar la vista al cenicero, evitando el contacto visual directo.

– Tienes que traerla.

– ¿Traer a quién? -quiso saber Breimer.

– Geismar es amigo de la mujer de Brandt.

– Por el amor de Dios…

– No -contestó Jake-. Ella no va a ir a ninguna parte.

– Sí, sí que va a hacerlo -replicó Shaeffer despacio y con firmeza-. Va a ir a ver a su marido. Y nosotros estaremos justo detrás de ella. Es la única forma. Hemos estado esperando a que Brandt viniese a buscarla. Ahora se ha acabado la diversión. Tenemos que darle a Sikorsky lo que pide; es la única forma de hacerlo salir.

– Y una mierda. ¿Cuándo se te ha ocurrido esa brillante idea?

– Lo he estado pensando. Hay una forma de hacer que salga bien, pero la necesitamos a ella. Llegas a un arreglo con Sikorsky… o haces que tu amigo lo haga, mucho mejor incluso. Eso bien valdría un Persil. Ella va a verlo y le ponemos un equipo para vigilarla todo el tiempo. No corre ningún peligro, ninguno. Los recuperamos a los dos. Te lo garantizo.

– Me lo garantizas. Con balas por todas partes. Ni en sueños. Piensa otra cosa.

– Nada de balas. He dicho que hay un modo de hacerlo. Lo único que tiene que hacer ella es llevarnos hasta allí.

– No es un señuelo, ¿de acuerdo? Nada de hacer de señuelo. No lo hará.

– Lo haría si tú se lo pidieras -repuso Shaeffer con serenidad.

Jake se levantó de la cama y los miró a ambos alternativamente. Los dos hombres tenían los ojos clavados en él.

– No lo haré.

– ¿Por qué no?

– ¿Y poner su vida en peligro? No tengo tantas ganas de recuperar a Brandt.

– Pero yo sí -insistió Shaeffer-. Escucha, el mejor modo de hacer esto es por las buenas, así funciona mejor el trabajo de equipo… Pero no es el único modo. Si tú no la traes, lo haré yo mismo.

– Primero tendrás que encontrarla.

– Ya sé dónde está. Justo al otro lado del KaDeWe. ¿O acaso crees que no te vigilábamos a ti? -exclamó, casi con petulancia.

Jake lo miró, sorprendido.

– Deberíais haberme vigilado mejor, porque me la he llevado a otro sitio. Quería mantenerla alejada de las manos rusas. Ahora parece que también tendré que mantenerla alejada de las tuyas. Y lo haré. Nadie la toca, ¿de acuerdo? Un solo movimiento y desapareceremos otra vez. Y sé cómo hacerlo, además. Conozco muy bien Berlín.

– Tal vez antes sí. Ahora sólo eres un tío con uniforme, como el resto de nosotros. La gente hace lo que tiene que hacer.

– Pues ella no tiene por qué hacer esto. Piensa en otra idea, Shaeffer. -Hizo amago de dirigirse a la puerta-. Y por cierto, presento mi dimisión. Ya no quiero ser ayudante de nadie. Buscaos a otro.

Breimer había seguido aquel intercambio como un espectador, pero en ese momento los interrumpió, dulcificando el tono de voz, con aire desenvuelto.

– Escucha, chico, creo que olvidas de qué lado estás. Eso es lo que pasa cuando te metes en las bragas de una kartoffel. Tienes que reflexionar sobre lo que acabas de decir, aquí todos somos americanos.

– Algunos somos más americanos que otros.

– ¿Y qué se supone que quiere decir eso?

– Quiere decir que no tiene mi voto. No.

– ¿Tu voto? Esto no es ningún mitin en un pueblucho: aquí se está librando una guerra.

– Pues luche usted.

– Eso es lo que pretendo. Y tú también. ¿O qué crees que hacemos aquí?

– Sé lo que hace usted aquí. Este país está de rodillas, y lo único que quiere usted es hacer favores a la gente que lo ha puesto de rodillas y darle una patada en los cojones a todos los demás. ¿Es ésa la idea que tiene de estar de nuestro lado?