– No, di por supuesto que Sikorsky condujo…
– ¿Hasta Zehlendorf nada menos? Bueno, puede ser. No me gusta dejar ningún cabo suelto. No estaría de más comprobarlo.
– Está bien. Más tarde.
Gunther cogió la taza y escondió a medias la cara tras ella.
– ¿Herr Geismar? Pregúntele algo de mi parte. -Jake esperó-. Pregúntele qué sentía.
En el centro de detención de las inmediaciones de Alexanderplatz, lo condujeron a una salita tan sobria como el improvisado tribunaclass="underline" una sola mesa, un par de sillas y un retrato de Stalin. El escolta, con minuciosa cortesía, le ofreció café y luego lo dejó esperar a solas. No tenía nada que mirar aparte de la lámpara del techo, una esfera de cristal esmerilado que antes podía haber funcionado a gas, una antigualla de estilo guillermino. Dos guardias hicieron entrar a Renate por la puerta opuesta y la dejaron junto a la mesa antes de situarse contra la pared, inmóviles como si fueran dos apliques.
– Hola, Jake -dijo ella, con una sonrisa tan vacilante que su rostro no pareció moverse en absoluto. La misma bata gris y el pelo cortado casi a cepillo.
– Renate.
– Dame un cigarrillo, creerán que tienes permiso -dijo en inglés, sentándose.
– ¿Quieres que hagamos la entrevista en inglés?
– Al menos una parte, para que no sospechen nada. Uno de ellos habla alemán. Gracias -dijo, pasando al alemán mientras aceptaba el fuego que le ofrecía e inhalaba-. Dios, es mejor que la comida… Nunca se pierde el gusto por fumar. Allí me tienen prohibido fumar. ¿Dónde está tu cuaderno de notas?
– No lo necesito -respondió Jake, confuso. ¿Sospechar qué?
– No, por favor, quiero que anotes cosas. ¿Lo tienes?
Él sacó el bloc del bolsillo y por primera vez advirtió que la mano de Renate temblaba, que estaba nerviosa pese a su apariencia de seguridad. Acercó al cenicero el cigarrillo trémulo.
Jake se entretuvo con el bolígrafo, sin saber qué decir. «Pregúntele cómo se sentía», le había dicho Gunther, pero ¿qué iba a decir ella? Un centenar de veces había señalado a alguien a quien luego habían metido en un coche.
– ¿Tan difícil resulta mirarme?
Remiso, Jake levantó la cabeza y la miró a los ojos, aún familiares bajo los mechones de pelo irregular.
– No sé cómo hablar contigo -se limitó a decir.
Ella asintió.
– La peor persona del mundo. Lo sé, eso es lo que ves. Peor que un monstruo.
– Yo no he dicho eso.
– Pero tampoco me miras. Peor que un monstruo. ¿Cómo pudo hacer esas cosas? ¿Es ésa la primera pregunta?
– Si quieres…
– ¿Sabes la respuesta? Ella no lo hizo: fue otra persona. Aquí dentro. -Se dio unos golpecitos en el pecho-. Dos personas. Una es el monstruo; la otra, la misma que conocías. La misma. Mira a esa persona. ¿Puedes hacerlo? Sólo de momento. Ellos ni siquiera saben que existe -dijo, ladeando un poco la cabeza hacia los guardias-. Pero tú sí.
Jake no dijo nada, esperando.
– Escribe algo, por favor. No tenemos mucho tiempo.
Otra chupada brusca al cigarrillo, ansiosa.
– ¿Por qué querías verme?
– Porqué tú me conoces. No a esta otra persona. ¿Recuerdas aquellos tiempos? -Levantó la mirada del cenicero-. Una vez quisiste acostarte conmigo. Sí, no lo niegues. ¿Sabes? Te habría dicho que sí. En aquellos tiempos, todos los americanos nos parecían elegantísimos. Como la gente que salía en las películas. Todo el mundo quería ir allí. Te habría dicho que sí. Es curioso, las vueltas que da la vida…
Jake la miró, consternado. Tenía la voz tan temblorosa como la mano, tensa e íntima a un tiempo, la energía desesperada de una persona trastornada.
Jake bajó la mirada hacia el cuaderno de notas, escudándose en él.
– ¿Es eso lo que quieres? ¿Que hablemos de los viejos tiempos?
– Sí, un poco -dijo, en inglés-. Por favor, es importante para ellos. -Volvió a dirigir la mirada hacia los guardias y luego la clavó de nuevo en él, una mirada firme, en absoluto trastornada. La de una mujer a punto de salirse con la suya-. Bueno -prosiguió, en alemán-, ¿y qué es de todos los demás? ¿Cómo les ha ido? Cuéntame.
Al ver que no respondía, aún desconcertado, la joven se inclinó hacia delante para tocarle la mano.
– Cuéntame.
– Hal volvió a Estados Unidos -empezó a decir, confuso, mirándola-. O al menos estaba a punto de marcharse la última vez que lo vi. -Ella asintió, animándolo a seguir-. ¿Te acuerdas de Hannelore? Está aquí, en Berlín. La he visto. Está más delgada. Conserva su piso.
La cháchara de dos antiguos amigos poniéndose al día. ¿Qué pensarían los guardias, plantados debajo de Stalin?
Renate asintió y cogió otro cigarrillo.
– Eran amantes.
– Eso me dijo. Yo no lo sabía.
– Bueno, yo era mejor reportera.
– La mejor -repuso Jake, sonriendo a medias, retrocediendo en el tiempo con ella sin querer-. No se te escapaba nada. -Se interrumpió, avergonzado, y regresó de nuevo a aquella habitación.
– No. Es un don -dijo ella, apartando la vista-. ¿Y tú? ¿Cómo te ha ido?
– Escribo para revistas.
– No haces radio, y eso que tenías tan buena voz…
– Renate, tenemos que…
– ¿Y Lena? -inquirió, sin hacerle caso-. ¿Está viva?
Jake asintió.
– Está aquí. Conmigo.
Su rostro se dulcificó.
– Me alegro por ti. Después de tantos años… ¿Dejó al marido?
– Lo hará. Cuando lo encuentren. Está desaparecido.
– ¿Cuando lo encuentre quién?
– Los americanos quieren que trabaje para ellos. Es un científico, una propiedad muy valiosa.
– ¿Ah, sí? -exclamó, hablando para sí, intrigada por aquello-. Y siempre tan calladito… Las vueltas que da la vida… -Volvió a mirarlo-. Así que todos siguen vivos.
– Bueno, no sé nada de Nanny Wendt.
– Nanny Wendt -repitió ella con voz muy distante, en una especie de trance-. Solía pensar en vosotros, en todos los de esa época. Fui realmente feliz, ¿sabes? Me encantaba el trabajo. Tú hiciste aquello por mí. Ningún alemán lo habría hecho, no en aquel entonces. A veces me preguntaba por qué lo hiciste. Ni siquiera eres judío. Podrían haberte detenido.
– A lo mejor es que era demasiado insensato.
– Cuando te vi en el tribunal… -Bajó la cabeza y se le fue apagando la voz-. «Ahora él también lo sabe -pensé-. Ahora sólo la verá a ella.» -Se golpeó el costado derecho del pecho-. A la Greiferin.
– Pero pese a eso pediste verme.
– No hay nadie más. Tú me ayudaste una vez. Te acuerdas de quién era yo.
Jake se removió en la silla, incómodo.
– Renate, no puedo ayudarte. No tengo nada que ver con los miembros del tribunal.
– Ah, eso -dijo, haciendo oscilar el cigarrillo-. No, no me refiero a eso. Me colgarán, ya lo sé. Voy a morir -sentenció, con calma.
– No te van a colgar.
– ¿Acaso es distinto? Me enviarán al este. Nadie vuelve de allí. Siempre el este. Primero los nazis y ahora ellos. Nadie vuelve. Yo solía verlos marchar, lo sé.
– Dijiste que no lo sabías.
– Yo lo sabía -dijo, señalando de nuevo el pecho-. Pero ella no. Ella no quería saberlo. ¿Cómo, si no, iba a hacerlo? Cada semana, más caras. ¿Cómo podías hacerlo si lo sabías? Al cabo de un tiempo ya podía hacer cualquier cosa. Sin llorar. Era un trabajo. Es todo verdad, todo lo que dijeron en el juicio. Los zapatos, el Café Heil… todo. Y los campos de trabajo. Ella creía que eran sólo campos de trabajo. ¿Cómo, si no, iba a hacerlo? Eso es lo que le pasó.
Jake levantó la vista y señaló con la cabeza a su verdadero yo.
– ¿Y qué le pasó a ella?
– Sí -dijo en tono cansino-, has venido para eso. Adelante, escribe. -Irguió la espalda y lanzó una mirada de soslayo a los guardias-. ¿Por dónde empezamos? ¿Cuando te marchaste? El visado no llegó nunca; veintiséis marcos. Un certificado de nacimiento, cuatro fotografías para el pasaporte y veintiséis marcos. Eso es todo. Sólo que alguien tenía que llevarte, y ya había demasiados judíos. Pese a mi inglés. Todavía lo hablo, ¿lo ves? -alardeó, cambiando de idioma de nuevo-. Y con buen acento, además. Hablemos un rato en inglés, creerán que lo hago para presumir delante de ti. Así se acostumbrarán…