– Tu acento es bueno -repuso Jake, aún confuso pero mirándola a los ojos-, pero no estoy seguro de entender todo lo que estás diciendo.
– ¿Les cambió la expresión de la cara a los guardias? -preguntó.
– No.
– Así que me quedé en Berlín -dijo en alemán-. Y por supuesto, las cosas empeoraron: las estrellas, los bancos especiales en el parque… Ya sabes todo eso. Entonces los judíos tuvieron que ir a trabajar a las fábricas. Yo estuve en Siemenstadt. Mi madre también, una anciana. Casi no se aguantaba en pie al final de la jornada. Y pese a todo, estábamos vivas. Luego empezaron las redadas. Tenían nuestros nombres. Sabía lo que eso significaba: que ella no iba a sobrevivir. Así que pasamos a la clandestinidad.
– ¿Os convertisteis en submarinos?
– Sí, por eso lo sabía, ¿sabes? Por eso sabía cómo funcionaban, lo que hacían. Todos sus trucos. Los zapatos… a nadie se le había ocurrido. «Qué lista», me dijeron, pero yo lo sabía. Yo tenía el mismo problema, así que sabía que irían allí. Y por supuesto, iban.
– Pero no seguiste en la clandestinidad.
– No, me atraparon.
– ¿Cómo?
Sonrió, con una mueca de dolor.
– Un Greifer. Un chico al que conocía. Yo siempre le había gustado. Nunca quise salir con él. Un judío. Verás, yo nunca me había considerado judía; yo era… ¿Qué? Alemana. Cuando me acuerdo de eso ahora… Qué idiota… Total, que ahí estaba él, en la cafetería, y yo sabía que para entonces él también debía de estar en la clandestinidad, en aquellos tiempos. Yo llevaba días sin hablar con nadie. ¿Sabes lo que es eso, no poder hablar con nadie? Sientes hambre de palabras, como si fuera comida. Sabía que le gustaba y pensé que tal vez él me ayudaría. Cualquiera que pudiese ayudarme…
– ¿Y lo hizo?
Se encogió de hombros.
– Llamando a la Gestapo. Me metieron en un coche y me dieron una paliza. No demasiado fuerte, no como alguna de las otras, pero fue suficiente. Así que supe que había dejado de ser alemana. La siguiente vez sería peor. Querían saber dónde estaba mi madre. No se lo dije, pero sabía que la próxima vez sí lo haría. Y entonces el chico sí me ayudó. Tenía amigos allí… Amigos, los demonios para los que trabajaba. Dijo que podía conseguirme un trato: yo podía trabajar con él y ellos nos borrarían de las listas, a mi madre también. Si me iba con él. «¿Después de lo que ha pasado?», le dije. ¿Sabes lo que me contestó?: «Nunca es demasiado tarde para hacer un trato en esta vida. Sólo en la próxima». -Hizo una pausa-. Así que me fui con él. Ese era el trato. El me tenía a mí y yo conservaba mi vida. La primera vez que salí, fuimos juntos; su discípula. Pero fui yo la que encontró a la mujer ese día, sabía perfectamente qué aspecto tenían, ¿sabes? Y después de la primera vez… Bueno, ¿qué importa cuántas veces más? Sólo es la primera vez, repetida cada día.
– ¿Qué pasó con él?
– Lo deportaron. Cuando estaba conmigo le iba muy bien, formábamos buen equipo. Luego nos separaron y por su cuenta no era tan efectivo. Era yo la que sabía, la que tenía ojo para detectarlos. A él ya no le quedaba nada con lo que poder negociar, así que…
Aplastó la colilla del cigarrillo.
– Pero a ti sí -dijo Jake, mirándola.
– Era mejor que él. Y a Becker le gustaba. Seguía conservando mi belleza. ¿Ves esto de aquí? -Se señaló la mejilla izquierda, cerca de la comisura del ojo-. Sólo esto. Cuando me pegaban se me hinchaba la cara, pero luego bajaba la hinchazón. Sólo esto. A Becker le gustaba esta marca, le recordaba algo, supongo. No sé exactamente qué. -Apartó la mirada, embargada por la desolación al fin-. ¡Oh, Dios! ¿Cómo podemos estar hablando así? ¿Cómo puedo describirte lo que era? ¿Acaso cambiaría eso algo? Escribe lo que quieras, no puede ser peor. Crees que sólo estoy buscando excusas. Fue David. Fue Becker… Y, sí, fui yo. Creía que iba a poder hacer esto, que podríamos hablar, pero al explicarlo… Mira tu cara: la ves sólo a ella, a la mujer que mataba a los suyos. Eso es lo único que quieren para las revistas.
– Sólo trato de entenderlo.
– ¿Entenderlo? ¿Quieres entender qué pasó en Alemania? ¿Cómo puedes entender una pesadilla? ¿Cómo pude hacerlo? ¿Cómo pudieron hacerlo ellos? Te despiertas, y aún sigues sin poder explicártelo. Empiezas a pensar que tal vez no sucedió jamás. ¿Cómo pudo suceder algo así? Por eso tienen que librarse de mí: nada de pruebas, ninguna Greiferin, nunca sucedió.
Meneaba la cabeza al hablar con la vista perdida y los ojos a punto de anegarse en lágrimas.
– Y ahora mira. Creía haber acabado con eso, no más lágrimas. No como mi madre, que lloraba a todas horas. Ya lloraba bastante por las dos. «¿Cómo puedes hacer eso?» Para ella era fácil decirlo. Era yo la que tenía que hacer el trabajo, no ella. Cada vez que la miraba, lágrimas-: ¿Sabes cuándo cesaron las lágrimas? Cuando subió al camión. Los ojos completamente secos; y yo pensé: «Siente alivio por no tener que vivir así nunca más. Por no tener que verme».
Jake sacó un pañuelo del bolsillo y se lo ofreció.
– Tu madre no pensaba eso.
Renate se enjugó las lágrimas y siguió negando con la cabeza.
– Sí, sí lo pensaba, pero ¿qué podía hacer yo? Oh, basta ya… -se dijo a sí misma, secándose la cara-. No quería hacer esto, no delante de ti. Quería que vieses a la Renate de antes para que pudieses ayudarme.
Jake soltó el bolígrafo.
– Renate -empezó a decir, despacio-, sabes que lo que yo escriba no cambiará nada. Es un tribunal soviético, a ellos les trae sin cuidado.
– No, no me refiero a eso. Necesito tu ayuda, por favor… -Volvió a cogerle la mano-. Tú eres la última oportunidad. Para mí ya se ha acabado todo. Después te vi en el juicio y pensé: «Todavía no, todavía no, todavía queda una última oportunidad. El lo hará».
– ¿Hacer qué?
– Vaya, ya estoy otra vez -dijo, enjugándose las lágrimas de nuevo-. Sabía que si empezaba… -Se volvió hacia los guardias y, por un instante, a Jake se le pasó por la cabeza que estaba fingiendo, que las lágrimas formaban parte de un drama impostado.
– ¿Hacer qué? -repitió.
– Por favor -le dijo al guardia-, ¿me trae un poco de agua?
El guardia de la derecha, el que hablaba alemán, asintió, le dijo algo en ruso al otro guardia y salió de la sala.
– Anota esto -le ordenó a Jake en inglés, en voz baja, con los resquicios de un sollozo-: Wortherstrasse, en Prenzlauer, el tercer edificio pasada la plaza. A la izquierda, hacia Schonhauserallee. Un antiguo edificio berlinés, el segundo patio. Frau Metzger.
– ¿De qué va esto, Renate?
– Apúntalo, por favor. No nos queda mucho tiempo. ¿Recuerdas que en el juicio declaré que no lo hice por mí?
– Sí, ya lo sé. Tu madre.
– No. -Lo miró fijamente, con la mirada intensa y los ojos secos-. Tengo un hijo.
Jake dejó de escribir.
– ¿Un hijo?
– Anota el nombre. Metzger. Ella no sabe quién soy, cree que trabajo en una fábrica. Le pago, pero el dinero se acaba este mes. Ahora lo echará de su casa.
– Renate…
– Por favor… Se llama Erich. Un nombre alemán. Es un niño alemán, ¿entiendes? Nunca se lo hice. Ya sabes, ahí abajo.
Señaló su propia entrepierna, sintiéndose cohibida de repente.
– La circuncisión.