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– Ofrécele tabaco -le sugirió, poniéndose de pie-. Así me tratarán bien.

Jake se levantó y le ofreció el paquete.

– Entonces, ¿te sirve? -preguntó ella-. Un último trabajo para ti.

Jake asintió.

– Sí.

– Pues prométemelo.

– De acuerdo.

Ella sonrió y le cambió el semblante. Tenía la tez flácida y parecía a punto de echarse a llorar de nuevo, perdiendo al fin toda la compostura.

– Entonces, se ha terminado.

Antes de que Jake pudiera reaccionar, Renate rodeó la mesa para avanzar hasta él y, mientras el guardia seguía metiéndose un cigarrillo tras otro en el bolsillo, le arrojó los brazos alrededor del cuello, casi abalanzándose sobre él. El se levantó con torpeza y la cogió entre los brazos, sin llegar a abrazarla del todo, notando la presión de sus huesos por debajo de la bata, tan frágiles que parecían a punto de quebrarse. Lo abrazó una vez y luego le habló al oído, a escondidas del guardia.

– Gracias. Él es mi vida.

Retrocedió un paso y dejó que el guardia la cogiera del brazo mientras apoyaba la otra mano en el pecho de Jake, tirando de la tela de la camisa.

– Pero no se lo digas nunca. Por favor.

El guardia le tiró del brazo y Renate se fue con él, mirando a Jake por encima del hombro, tratando de esbozar una sonrisa, pero su paso era torpe, un movimiento forzado y desganado, ni rastro de los andares vivaces que él recordaba de aquel andén.

Burgstrasse estaba a pocas manzanas al oeste de Alexanderplatz, pero Jake decidió ir hasta allí conduciendo, pues se sentía más seguro en el jeep. No tenía ningún sentido pararse, pero tenía que comprobar si el edificio de verdad estaba allí, que no era ninguna mentira, un último intento de agarrarse a un clavo ardiendo. La calle estaba al otro lado de la cloaca abierta en que se había convertido el Spree, y los escombros de la catedral destrozada, pero parte del número veintiséis aún se mantenía en pie, tal como había dicho Renate, con una bandera roja ondeando en la puerta. Pasó despacio junto al edificio, fingiendo haberse perdido, una mole de paredes gruesas que habían perdido todo resquicio de yeso, una pesada puerta de entrada flanqueada por guardias de rostros asiáticos: la jerarquía rusa familiar, con los mongoles en la parte más baja del escalafón. Detrás de todo aquello, en alguna parte, Emil miraba por una ventana. Pero ¿cómo podría entrar Shaeffer? ¿Un asalto en el centro de Berlín, con las balas zumbando por encima de la cabeza de Lena? Imposible sin una buena estrategia, pero precisamente ésa era su especialidad, así que lo mejor era dejar que lo planease Shaeffer. Al menos ahora sabían dónde estaba. La última presa de Renate, su parte del trato. Jake se detuvo casi al final de la calle para comprobar su cartera; llevaba dinero suficiente para Frau Metzger hasta que el padre Fleischman fuese a buscar al niño. Un último pago del que no quedaría constancia en ninguna parte.

El edificio de Prenzlauer era un viejo bloque de vecinos en cuyo interior se sucedían tres patios consecutivos. Siguió las instrucciones de Renate hasta el segundo patio, lleno de tendederos con la colada, y luego subió dos tramos de escaleras sucias iluminadas por un agujero que algún proyectil debía de haber abierto en el techo. Tuvo que llamar unas cuantas veces para que una mano recelosa le abriese la puerta unos centímetros.

– ¿Frau Metzger? Vengo por Erich.

– ¿Usted? ¿ Qué le pasa a ella? ¿Está demasiado ocupada? -Abrió la puerta del todo-. Pues ya iba siendo hora. ¿Es que se cree que nado en la abundancia? Nada desde junio, nada de nada. ¿Cómo se supone que voy a dar de comer a nadie? Un niño necesita comida.

– Le pagaré lo que le debe -se ofreció Jake, sacando su cartera.

– Así que ahora se ha buscado un americano. Bueno, no es asunto mío. Mejor que un ruso, al menos. Ahora te darán un montón de chocolate -dijo, dirigiéndose a un niño que había de pie junto a la mesa. Jake calculó que debía de tener unos cuatro años, unas piernecitas escuálidas en pantalones cortos, con los ojos oscuros de Renate pero más grandes, casi demasiado grandes para aquella cara, abiertos casi como platos con una expresión de alarma-. Vamos a por tus cosas. No tengas miedo, es amigo de tu madre -siguió diciendo, en tono amable pero con brusquedad, y luego volvió a dirigirse a Jake-. Su amigo. Esa si que sabe, mientras que los demás… No, es demasiado -dijo, mirando el dinero-. Sólo debe dos meses, no soy ninguna ladrona. Sólo lo que debe. Iré a por sus cosas.

– No, no lo entiende. Ya enviaré a alguien a recoger al niño. Hoy no puedo llevármelo.

– ¿Qué quiere decir? No estará muerta, ¿verdad?

– No.

– Entonces el niño se marcha ahora. Yo me voy con mi hermana, ¿o cree que me voy a quedar aquí con los rusos? Le dije que le daba una semana más, y luego… Pero bueno, aquí está usted, así que está bien. Venga, no tardaré nada. No tiene muchas cosas. Le dije que me diera cupones para la comida, pero ¿me los ha traído? No, ella no. ¿Es que no podía venir ella? ¿Tenía que enviar a un ami? Mírelo, está muerto de miedo. La verdad es que nunca habla mucho. Di hola, Erich. Bah… -exclamó, al tiempo que hacía un aspaviento con la mano-. Bueno, él es así.

El niño lo miró fijamente, en silencio. No parecía tener miedo, sólo curiosidad, como un animal a la expectativa de ver qué le sucedería a continuación.

– Pero hoy no puedo llevármelo.

– Sí, tiene que ser hoy. He estado esperando y esperando. No querrá que… -Empezó a vaciar un cajón, a meter cosas en un petate-. La guerra ha terminado, ¿sabe? ¿Qué esperaba ella? Tenga. Ya se lo he dicho, no tiene muchas cosas.

Le dio la bolsa, zanjando de ese modo la discusión.

Jake volvió a sacar la cartera.

– Pero no puedo… Deje que le pague algo de dinero extra.

– ¿Un regalo? Ah, muy bien, eso es todo un detalle -contestó, aceptando el dinero-. Así que a lo mejor ella ahora tiene suerte. ¿Ves, Erich?, es un buen hombre. Todo irá bien. Anda, ven a darle un abrazo a tu tía.

La mujer inclinó el cuerpo, sin llegar a abrazarlo, en un ademán de despedida indiferente. ¿Cuánto tiempo habían estado juntos? El niño permaneció de pie, inmóvil.

– Venga -le ordenó, dándole un pequeño empujón-. Ve con tu madre.

El niño dio un paso brusco hacia delante por el zarandeo de la mujer: Jake miró la mano de ella sobre el hombro del chico, sintiéndose herido, con el corazón lacerado por cada una de las cosas horribles de las que había oído hablar en Berlín y ahora conmovido al fin por aquello, por un solo momento de disimulada crueldad. ¿Qué le había pasado a todo el mundo?

El niño dio un paso adelante, cabizbajo. Frau Metzger contó por encima los billetes de Jake y luego se los metió en el bolsillo del delantal.

– ¿Eso es todo lo que va a decirle? -exclamó Jake-. ¿Se despide así, sin más? Es un crío.

– ¿Qué sabrá usted? -replicó ella, con los ojos encendidos-. Lo he cuidado bien, ¿verdad? Mientras ella lo pasaba en grande. Me he ganado hasta el último marco. Y digo yo, cuánto le durará usted… Bueno, pues le dice que no venga aquí a llamar a la puerta cuando se le acabe, que el hotel está cerrado. -Había llegado a la puerta y la mantenía abierta. En ese momento miró a Erich con un atisbo de vergüenza-. Lo he hecho lo mejor que he podido. Tú… tú sé bueno y pórtate bien, y no te olvides. No te olvides de tu tía.

Salieron al pasillo y la puerta se cerró tras ellos con un chasquido suave, acaso lo único que el chico no llegaría a olvidar jamás, el suave chasquido de una puerta al cerrarse. Permanecieron inmóviles unos segundos y luego el niño levantó la mano, sin hablar aún, esperando sólo a que se lo llevasen de allí.

Su silencio se prolongó durante el trayecto en el jeep; permaneció callado, con una actitud completamente pasiva, viendo pasar las calles, como los niños de Silesia. Bajaron la suave pendiente de Schonhauserallee y luego dejaron atrás las paredes agujereadas del Schloss en dirección al Linden; bicicletas y soldados; los restos del avión en el Tiergarten. Sus ojos lo absorbían todo sin articular una sola palabra, y volvió a coger a Jake de la mano en el paseo desde Savignyplatz.