– ¿No hubo ningún resultado?
– Nada.
Lena consultó la tabla.
– Pero entonces, si no hubo ningún resultado y la letra más frecuente es la «e», ¿por qué no suponer que el texto está escrito en otra lengua diferente del portugués?
– Bien, porque eso significaría que ésta no era una cifra de sustitución, sino…
Se interrumpió, sorprendido por lo que acababa de decir.
– ¿Sino qué? -intervino Lena, pidiéndole que completase el razonamiento.
Tomás se quedó callado un instante, considerando las inesperadas perspectivas que se le abrían con la conclusión a la que inadvertidamente había llegado. Se pasó la mano por la boca; sus ojos se perdieron en una reflexión sobre la posibilidad que ahora contemplaba.
– ¿Sino qué? -insistió olla, impaciente.
Tomás por fin la miró.
– Hmm, tal vez sea eso.
– ¿Eso qué?
Él volvió la atención al acertijo apuntado en el cuaderno.
– Tal vez ésta no es realmente una cifra de sustitución.
– ¿Ah, no? Entonces ¿qué es?
Tomás se puso a contar las letras del acertijo.
– Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… -murmuró en voz baja, con el dedo saltando de letra en letra, casi al azar-. Catorce -dijo por fin y anotó ese número en la libreta y reanudó el cómputo de letras-. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… -La letanía prosiguió hasta llegar a los trece-. Trece -concluyó y lo anotó en la libreta, por debajo del catorce. Después cogió el libro y consultó la tabla de frecuencias-. ¡Es eso! -exclamó cerrando el puño en señal de victoria.
– ¿Eso qué? -repitió Lena sin entender nada.
Tomás le señaló un valor registrado en la tabla de frecuencias.
– ¿Ves esto? El valor señalado frente al dedo era 48 por ciento.
– Sí -confirmó Lena-. Cuarenta y ocho por ciento. ¿Qué quiere decir eso?
Tomás sonrió.
– Es el índice de vocales en los textos portugueses.
– ¿Qué?
– Una media de 48 por ciento de las letras encontradas en un texto portugués son vocales -explicó él, excitado y señaló los valores que se veían al lado-. ¿Lo ves? Sólo los italianos usan tantas vocales como los portugueses. Los españoles tienen 47 por ciento, los franceses 45 por ciento, mientras que los ingleses y los alemanes se quedan en el 40 por ciento.
– ¿Y?
– ¿Sabes cuántas vocales tiene el acertijo del profesor Toscano?
– ¿Cuántas?
– Catorce. Y las consonantes son trece. Es decir, más de la mitad de las veintisiete letras del acertijo son vocales. -La miró a los ojos-. ¿Sabes qué significa eso?
– ¿Que el mensaje está escrito en portugués?
– Tal vez -admitió Tomás-. Pero el verdadero significado es otro. Un índice tan elevado de vocales, cuando se aplica a un mensaje cifrado cuya lengua original se supone que es europea, y en particular el portugués, sólo puede llevarnos a la conclusión de que la cifra utilizada no es de sustitución, sino de transposición.
– ¿De transposición?
– Sí. O sea, que estamos frente a un nuevo anagrama.
– Disculpa, no llego a seguir tu razonamiento.
– Es sencillo. Si la cifra fuese de sustitución, las letras más comunes que se encuentran en un texto, las vocales, estarían transformadas en consonantes. Por ejemplo, imagina que la «e» ha sido sustituida por la «x». Ocurriría que, después del análisis de frecuencias, descubriríamos que había un porcentaje anormalmente elevado de «x» en el texto. Pero no es eso lo que ocurre, ¿no? En este acertijo, las vocales mantienen un índice muy elevado. La conclusión que surge es que las vocales siguen siendo frecuentes porque no han sido sustituidas. Es decir, fueron transpuestas, cambiaron simplemente de lugar. Estamos frente a un anagrama.
– ¿Como el de Moloc?
– Exactamente. Sólo que esta vez con más letras y aún más complejo. -Consultó el acertijo-. Y usando un método que crea la impresión visual de que se trata de una cifra de sustitución.
Se bebieron el café.
– ¿La tabla de frecuencias puede ayudarte a descifrar el mensaje?
– No, la tabla de frecuencias sólo es útil en el caso de las cifras de sustitución. Con respecto a estos anagramas, sólo sirve para identificar que se trata de una cifra de transposición, no para descifrarlos.
– Entonces ¿qué vas a hacer?
– Tengo que comprobar los vínculos de las vocales con las consonantes para intentar ver si alguna cobra sentido. Si logro captar algo, podré deducir el tipo de ruta usado por el profesor Toscano. Por ejemplo, en el caso de Moloc él recurrió a una ruta simétrica, en espejo, en la que se tenía que leer de derecha a izquierda. -Mostró el acertijo-. Pero en este caso no parece funcionar simétricamente. Fíjate. -Empezó a leer la primera línea de la primera columna de derecha a izquierda-: «Ouc». -Se encogió de hombros-. No tiene sentido. -Leyó la primera línea de la segunda columna-: «Ele» -vaciló-. Bien, «ele» quiere decir algo. Pero si vamos a la segunda línea y utilizamos la misma ruta, queda «atf», lo que no quiere decir nada.
– ¿Y se puede intentar de abajo para arriba?
– La ruta puede ser cualquiera. De izquierda a derecha, de abajo para arriba o de arriba para abajo, en diagonal, a saltos, en zigzag, en fin…
– «Cldun» -murmuró Lena, leyendo las primeras letras de la primera columna de arriba para abajo; después intentó el sentido contrario-: «Nudlc».
Tomás analizó el acertijo y, después de un examen atento, cogió un lápiz.
– Vamos a hacer la prueba de juntar las dos columnas.
Reprodujo el acertijo en la página contigua; ya no en grupos de tres en sucesión horizontal, sino de seis. El resultado siguió siendo confuso:
«Cuoele» -continuó la sueca, susurrando, abarcando ahora todo el espectro horizontal, en este caso la primera línea; como el sonido no le resultaba familiar, leyó la misma línea, pero esta vez de derecha a izquierda-: «Eleouc».
– No tiene sentido -murmuró Tomás, meneando la cabeza.
– «Laefta» -insistió ella dedicándose a la segunda línea-: «Atfeal».
Mientras Lena proseguía con la lectura en diversas direcciones, Tomás se concentró en el orden de los diagramas y de los trigramas. En portugués, se pueden formar diagramas con «es», «os», «di», «as» y «ro», por ejemplo. Buscó en el acertijo los puntos donde estas letras se encontraban unas junto a otras, formando esos pares. Falló con los «es», «os», «as» y «ro» y sólo encontró un «di» invertido en «id» en medio de la última línea horizontal. Leída de derecha a izquierda, esa última línea se pronunciaba «5ndien», lo que no parecía tener ningún significado. Desanimado, se dedicó a los trigramas. En los textos portugueses, los conjuntos más comunes de tres letras asociadas son «que», «ien», «nte», «des» y «est». Los buscó en el acertijo y falló el «que», el «nte», el «des» y el «est» y sólo encontró un «ien», justamente en la misma última línea, leída de derecha a izquierda: «5ndien».
– Vaya -murmuró casi imperceptiblemente-. Otra vez esta misma línea.
La coincidencia le llamó la atención. Uno de los diagramas, «di», se encontraba en la misma línea donde estaba uno de los trigramas más comunes, el «ien». Tomás se esforzó en recordar palabras que usasen la secuencia «dien». Había muchas: «Diente. Ardiente. Sediento».
– «Dun» -continuaba Lena, al lado, concentrándose ahora en las tres últimas letras de las líneas verticales-: «Nud».
Claro que estaba el problema del dígito cinco y de la «n» ligados al «dien»: «5ndien». El cinco allí no tenía sentido, aunque la «n» sí. En vez de «dien», «ndien», una secuencia frecuente en varias lenguas europeas. No había dudas de que aquel «ndien», asociando un diagrama y un trigrama más o menos comunes, difícilmente podía ser una coincidencia. El problema es que las líneas de encima, leídas en la misma secuencia, no parecían tener ningún significado. La penúltima línea horizontal, leída de derecha a izquierda, daba «eucau» y la antepenúltima se leía «doctp». Nada claro.