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Tomás se frotó los ojos con la mano derecha.

– Comprendo -dijo-. ¿Y ahí entra Foucault?

– «Michel» Foucault surge como consecuencia de estos descubrimientos -asintió Saraiva, volviendo a acentuar el nombre de pila que Tomás había ignorado-. Lo que hizo fue demostrar que las verdades dependían de los presupuestos de la época en que fueron enunciadas. Trabajando casi como un historiador, llegó a la conclusión de que saber y poder se encuentran tan intrínsecamente ligados que se transforman en saber/poder: son casi dos caras de la misma moneda. En el fondo, en torno a este eje fundamental se desarrolló todo su trabajo. -Hizo un gesto dirigido a Tomás-. ¿Alguna vez leyó a Michel Foucault?

– Bien… -vaciló Tomás, temiendo ofender a su interlocutor-. No.

Saraiva meneó la cabeza, con un gesto de reprobación paternal.

– Tiene que leerlo -recomendó.

– Pero hábleme sobre él.

– ¿Qué quiere que le diga, mon cher? Michel Foucault nació en 1926 y era homosexual. Después de descubrir a Martin Heidegger, se centró en Friederich Nietzsche y en su mensaje sobre el papel básico del poder en toda la actividad humana. Eso fue una revelación que lo marcó profundamente. Michel Foucault concluyó que el poder estaba por detrás de todo y se dedicó a la misión de analizar la forma en que el poder se ejerce a través del conocimiento, usando el saber para imponer el control social. La mencionada alianza saber/poder.

– Pero ¿dónde está escrito eso?

– Oh, en varios libros. Mire, en Les mots et les choses, por ejemplo, analizó los presupuestos y prejuicios que organizan el pensamiento en determinada época.

Pronunció el nombre del libro en un francés muy parisién, con un toque chic en el acento.

Tomás tomaba notas.

– Espere un poco -dijo mientras escribía deprisa-. Les mots et les choses, ¿no?

– Sí. Se trata tal vez del texto más kantiano de Michel Foucault, en el que las palabras son la manifestación de lo real y las cosas lo propiamente real. De alguna forma, este libro contribuyó a destruir la noción absoluta de la verdad. Pues si nuestro modo de pensar está siempre determinado por los presupuestos y prejuicios de nuestra época, no es posible, entonces, llegar a la verdad objetiva. La verdad se vuelve relativa, depende del modo en que son vistas las cosas.

– Eso es lo que decía Kant.

– Claro. Por ello muchos han considerado a Michel Foucault un nuevo Immanuel Kant.

– ¿No será, tal vez, un seguidor más? En resumidas cuentas, sólo retomó las ideas de Kant…

– Michel Foucault colocó esas ideas en un nuevo contexto -replicó Saraiva, preocupado por asegurarse de que su filósofo favorito no fuese visto como una especie de plagiario-. Voy a contarle una historia, mon cher. Cuando lo invitaron a dar clases en el Collège de France, le preguntaron cuál era el título de su asignatura. ¿Sabe qué respondió?

Tomás se encogió de hombros.

– No.

– Profesor de Historia de los Sistemas de Pensamiento. -Saraiva soltó una carcajada-. Deben de haberse quedado pasmados. -La risa se transformó en un suspiro de buen humor-. En el fondo, eso es lo que era, ¿no? Un historiador de los sistemas de pensamiento. Además, quedó claro en su obra siguiente, L'archéologie du savoir. Michel Foucault definió allí la verdad como una construcción, un producto del conocimiento de cada época, y extendió esa visión a otros conceptos. Por ejemplo, el concepto de autor de una obra literaria. Para él, un autor no es meramente alguien que escribe un libro, sino una construcción surgida a partir de un conjunto de factores, incluidos el lenguaje, las corrientes literarias del momento y varios otros elementos sociales e históricos. Es decir, el autor no es más que el producto de su material y de sus circunstancias.

Tomás hizo una mueca, no muy convencido.

– Eso es evidente, ¿no le parece? -preguntó-. Todos somos un producto de lo que hacemos y de las circunstancias en que lo hacemos. ¿Cuál es la novedad?

– Una vez más es el contexto, mon cher. Al diseccionar así el concepto, lo está deconstruyendo.

– Ah -exclamó Tomás, como si finalmente hubiese entendido. En realidad, sin embargo, no veía allí nada extraordinario, ni siquiera innovador, pero no quería contradecir a Saraiva ni enfriar su entusiasmo-. ¿Y qué más?

Con un ojo en Tomás y el otro en el horizonte, el profesor de filosofía hizo un largo resumen de la obra de Foucault, describiendo detalladamente el contenido de la Histoire de la folie a L’âge classique, de la Naissance de la clinique, de Surveiller et punir y de los tres volúmenes de la Historie de la sexualité. Fue una exposición entusiasta, que el historiador siguió con una mezcla de atención y cautela. Con atención porque pretendía captar elementos relevantes para el enigma; con cautela porque pensaba que los deconstructivistas tendían a sobrestimar la importancia de Foucault.

– Eso fue todo -concluyó Saraiva al final de su larga exposición-. Dos semanas después de entregar el manuscrito del tercer volumen de la Histoire de la sexualité, Michel Foucault tuvo un colapso y fue ingresado en el hospital. Tenía sida. Murió en el verano de 1984.

Tomás consultó sus notas, hojeándolas hacia delante y hacia atrás.

– Hmm -murmuró pensativo, con sus ojos fijos en las anotaciones-. No encuentro aquí ninguna pista.

– ¿Pista de qué?

– De un acertijo que estoy intentando descifrar.

– ¿Un acertijo sobre Michel Foucault?

Tomás se pasó la mano por la cara, frotándosela distraídamente.

– Sí -dijo.

Alzó los ojos hacia el vasto océano que tenía enfrente; las aguas relucían con un brillo dorado, centelleante, resplandeciendo como si tuviesen una luminosa alfombra de diamantes flotando en la superficie, ondulantes e inquietos, a merced de las olas. Ya estaba muy entrada la tarde y una bola de un amarillo rojizo se ponía a la derecha, más allá del manto de nubes; era el Sol, que se liberaba de la túnica gris que moldeaba el cielo y se sumergía en la distante línea del horizonte, proyectando aquel luminoso centelleo flamante sobre el mar.

– ¿Qué acertijo es ése?

Tomás miró vacilante a Saraiva. ¿Valdría la pena mostrarle el enigma? En rigor, ¿qué tenía que perder? Podía incluso ocurrir que el profesor de filosofía tuviese una idea. Volvió a hojear la libreta de notas y localizó la frase; levantó la libreta y se la mostró a Saraiva.

– ¿Lo ve?

Saraiva se inclinó y miró la línea con el ojo derecho, mientras el izquierdo se perdía en algún punto del mar. Frente a él se repetía la extraña pregunta:

¿CUÁL ECO DE FOUCAULT PENDIENTE A 545 ?

– Pero ¿qué diablos es esto? -se preguntó Saraiva-. ¿Cuál eco de Foucault? -Miró a Tomás-. Pero ¿qué eco es ése?

– No lo sé. Dígamelo usted.

El profesor de filosofía volvió a observar la frase escrita en la libreta de notas.

– Mon cher, no tengo la menor idea. ¿Será alguien que hace eco a Michel Foucault?

– Esa es una idea interesante -acotó Tomás pensativo y miró a Saraiva con un asomo de ansiedad-. ¿Sabe si hay alguien en quien se perciban ecos de Foucault?

– Sólo Immanuel Kant. Aunque, ciertamente, debería decirse que en Michel Foucault hay ecos de Immanuel Kant y no al contrario.

– Pero ¿no ha habido nadie que haya seguido a Foucault?

– Michel Foucault ha tenido muchos seguidores, mon cher.