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– Es otro refrán sueco -aclaró Lena y mostró el volumen de la Historia de la locura en la época clásica repitiendo la frase-. Todos los locos son hermanos.

Con el lápiz afilado bailando entre los dedos, Tomás centró de nuevo su atención en el libro y se abstrajo del mundo que tenía a su alrededor. Las páginas iniciales lo dejaron inmediatamente angustiado, pálido, llegando al punto de interrumpir la lectura con un rictus de náusea; nunca había leído nada tan violento, tan brutalmente gratuito.

– ¿Qué pasa? -quiso saber Lena, intrigada por aquella reacción.

– Esto es algo horroroso -dijo él revirando los ojos.

– ¿Qué?

– Esta historia al comienzo del libro.

– ¿Qué historia? -Lena se incorporó y miró la obra-. Cuéntame.

Tomás se rio y meneó la cabeza.

– No sé si la querrás escuchar…

– Claro que quiero -insistió la sueca, perentoria-. Anda, cuenta.

– Mira que no te va a gustar.

– Anda, déjate de tonterías. Cuenta.

El reabrió el libro sin apartar los ojos de su amante.

– Te he avisado, después no te quejes. -Bajó la mirada hacia las primeras palabras del texto-. «Este es un documento que describe la ejecución pública en París de Robert Damiens, un fanático que intentó asesinar a Luis XV en Versalles en 1757. La ejecución fue llevada a cabo por un grupo de verdugos dirigidos por un tal Samson y preveía que se le aplicase tormento en las tetillas, los brazos, los muslos y las pantorrillas. La mano derecha, sujetando el cuchillo del crimen, debería ser quemada con fuego de azufre y a las partes sometidas a tortura se les echaría plomo derretido, aceite hirviendo, brea caliente, cera y azufre derretidos a la vez; el cuerpo, finalmente, sería descuartizado por cuatro caballos. Este era el plan. Su ejecución acabaría siendo relatada en detalle por el jefe de policía, Bouton, quien lo presenció todo.» -Volvió a mirarla-. ¿Estás segura de que realmente quieres escuchar?

– No -respondió Lena quitándole el libro de las manos.

– ¿Qué haces? Necesito leerlo…

– Lo leerás después.

La muchacha se acercó al equipo de sonido y puso un CD; la voz de Bono inundó el apartamento con los sonidos melodiosos de Joshua Tree, creando una atmósfera sensual en el apartamento. Comenzaron intercambiando sonrisas cómplices, cada vez más provocadoras, hasta convertirse en miradas lascivas, de gula, lúbricas. Cuando acabaron la infusión y los bizcochos, Lena retiró la bandeja y, desabrochándose el cuello, le anunció que era la hora del postre. Se quitó el vestido de seda blanco y se inclinó, desnuda, sobre Tomás, con su piel nívea latiendo por anticipado, caliente de deseo, ávida de carne. El profesor cogió a la muchacha y se poseyeron ahí, sobre el sofá, al lado del calentador, Michel Foucault abierto en el suelo, tal vez revelando el secreto que Toscano se había esforzado por ocultar. El sexo fue tumultuoso, como solía ser entre los dos, hecho sin palabras, sólo sensaciones, con gritos y gemidos hasta la liberadora eclosión de fluidos; y, cuando el huracán se agotó en el vértigo voraz de los cuerpos hambrientos, ambos se dejaron estar tumbados en el sofá, exhaustos, vacíos, abandonados al estertor de los sentidos satisfechos, complacidos, embriagados por el meloso sopor del placer. Lena estiró perezosamente los brazos, se apoyó en uno de sus codos y se inclinó sobre Tomás, con los abundantes senos de pezones rozados pendientes sobre el pecho jadeante del hombre.

– Tú no haces el amor con tu mujer, ¿no?

Despertando del letargo al que lo habían sumergido las impetuosas olas de lascivia, Tomás la miró perplejo.

– No -repuso, meneando la cabeza; jamás habría esperado tal pregunta-. Claro que no.

La muchacha suspiró, resignada, y se dejó caer sobre el sofá, tendida con los cabellos rubios sueltos sobre el cojín y los ojos azules fijos en el techo.

– Tendré que creer en ti.

Las flores gruesas se aglomeraban en los jarrones de cerámica, estirándose por encima de las hojas como si estuviesen de puntillas, ansiando aire fresco; los pétalos eran finos, ligeros como plumas, resplandecían en diferentes tonalidades de color rosa y se doblaban sobre el centro como conchas rasgadas. Eran flores hermosas, voluptuosas, sensuales.

– ¿Son rosas? -preguntó Tomás con un vaso de whisky en la mano.

– Parecen rosas -respondió Constanza-. Pero son peonías.

Habían terminado de cenar y estaban relajados en la sala, aprovechando una pausa, mientras Margarida se ponía el pijama en su habitación.

– Nunca he oído hablar de las peonías -murmuró él-. ¿Qué flores son ésas?

– Peonio era el médico de los dioses griegos. Dice la leyenda que curó a Plutón con las semillas de unas flores especiales. En homenaje a Peonio, fueron bautizadas con el nombre de peonías. Plinio el Viejo sostenía que las peonías podían curar veinte enfermedades, pero nunca pudo probarse tal afirmación. No obstante, las raíces de las peonías se usaron en el siglo xviii para proteger a los niños de la epilepsia y de las pesadillas, lo que sirvió para relacionar estas flores con la infancia.

Tomás mantuvo los ojos fijos en las flores.

– Juraría que son rosas.

– En cierto modo, lo son. Pero sin las espinas. ¿Sabes? La falta de espinas llevó a los cristianos a comparar las peonías con la Virgen María. Decían que ambas eran rosas sin espinas.

– ¿Y qué representan?

– La timidez. Los poetas chinos siempre recurrieron a las peonías para describir el rubor embarazoso de las muchachas, asociando esta flor a cierta inocencia virginal.

La voz de Margarida irrumpió en la sala, lanzada a la distancia, desde la habitación, como una súplica.

– Mamá, ven a conta'me una histo'ia.

Constanza miró con aspecto cansado a su marido.

– Esta vez ve tú. Ya he cerrado la tienda por hoy.

Tomás fue a la habitación de su hija y la encontró mirándose al espejo. La acostó en la cama, la tapó con la manta y se inclinó; besó sus mejillas rosadas y le acarició su fino cabello, ambos ronroneando con deleite.

– ¿Qué historia quieres hoy?

– Cenicienta.

– ¿Otra vez la misma historia? ¿No quieres mejor una nueva?

– Que'o Cenicienta.

Apagó la luz central y sólo mantuvo encendida la lámpara de la mesilla de noche; la luminosidad amarilla era mortecina, huidiza, ideal para el efecto de indolencia que pretendía obtener. Se acomodó al borde de la cama, cogió la mano de su hija y, con un susurro hipnótico, comenzó a contar la historia de la Cenicienta, la niña que había perdido a su madre, después a su padre, hasta que no tuvo más remedio que quedarse a vivir con la madrastra malvada y sus dos hijas consentidas. Margarida mantuvo los ojos muy abiertos hasta la escena del baile, cuando Cenicienta conoció al príncipe, momento en que, tranquilizada por el encuentro previsto, sintió que los párpados le pesaban y dejó de luchar contra ellos, se entregó al ritmo cadencioso de las palabras susurradas por su padre y se abandonó a la dulce molicie que invadió su cuerpo. Los párpados se cerraron y la respiración se hizo por fin acompasada, profunda. Tomás volvió a besar a su hija y apagó la lámpara. De puntillas, casi sin respirar, salió de la habitación, cerró la puerta con suavidad y regresó a la sala.

Constanza dormía sobre el sofá, con la cabeza inclinada sobre un hombro; en el televisor encendido emitían un concurso que no solían ver. Cogió a su mujer y la llevó en brazos hasta la habitación; le quitó la chaqueta con una mano, la descalzó y la acostó sobre las sábanas, cubriéndola con la manta hasta el mentón. Ella murmuró algo imperceptible y se volvió, aferrada a la almohada, con el calor de la manta que le enrojecía las mejillas pecosas sobre su piel blanca, parecida a un bebé. Tomás apagó la luz e hizo ademán de volver a la sala. Pero vaciló. Se detuvo en el umbral de la puerta y dio media vuelta, mirando a su mujer, que ahora dormía profundamente. Se acercó despacio, con cuidado para no hacer ruido, la miró un instante y se sentó al borde de la cama; se quedó contemplándola en silencio, viendo cómo la manta subía y bajaba, suavemente, siguiendo el ritmo de la respiración.