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La pregunta de Lena aún resonaba en su mente, ahora más alto que nunca. «Tú no haces el amor con tu mujer, ¿no?», le había preguntado con un asomo de ansiedad. En realidad, ya llevaba algún tiempo sin hacer el amor con su mujer; nunca lo había hecho desde que iniciara la relación extraconyugal. Pero ¿cómo podría él asegurar que no lo haría un día? ¿Cómo podría prometer tal cosa? Aquella pregunta, así formulada, en el rescoldo de la intensa refriega amorosa, lo arrancó del sueño irreal en que flotaba y, despertándolo con brutalidad, como si le hubiese sumergido la cabeza en agua helada, lo llevó a la dura confrontación con la realidad. Fue como si algún interruptor se hubiese encendido dentro de sí. O quizás apagado. ¿Qué tenía ahora por delante? ¿Haría el amor con ambas mujeres, engañando no sólo a una, sino a las dos al mismo tiempo? ¿Qué futuro, a fin de cuentas, quería para sí, para su mujer, para su hija, para su amante? ¿Qué destino los aguardaba? ¿Estaría jugando con fuego? ¿Sería señor de su suerte o eran las circunstancias las que lo controlaban ahora? ¿Quería vivir en la verdad? Pero ¿qué verdad? ¿No fue Saraiva quien le dijo que la verdad objetiva es inaccesible? Tal vez. Sin embargo, como ser humano, siempre tenía la alternativa de acceder a otra verdad, la verdad subjetiva. La verdad moral.

La honestidad.

Y lo cierto es que no vivía en la verdad moral; vivía en la ilusión, en la duplicidad, en la mentira. Mentía a su mujer y, dentro de poco, estaría mintiendo a su amante. ¿Era ése el futuro que deseaba para él y para las tres mujeres con las que estaba ligado? La pregunta de Lena, aparentemente tan inocua y fortuita, puso en marcha una compleja cadena de pensamientos, desencadenó un tumulto en la mente de Tomás, lo colocó frente a frente consigo mismo, mirándose por primera vez a los ojos, mareado por el vértigo frente al abismo que era su espejo, viéndose como realmente era, interrogándose sobre lo que quería ser, cuestionándose en cuanto al camino incierto por el que ahora transitaba.

¿Qué extraña historia, miradas bien las cosas, le revelaba la aventura en que se había metido? Tal vez fuese la historia de una parte suya sumergida en la sombra, escondida en un remoto rincón de la mente, sobre la cual sentía las mayores incertidumbres y alimentaba los mayores temores. ¿Qué era Lena, al fin y al cabo, para él? ¿Una mera hazaña sexual? ¿Una busca de algo indefinible? ¿Una veleidad irresponsable? ¿Un gusto por el riesgo en el que el peligro sólo servía de afrodisíaco? Tal vez, consideró, tal vez ella representase algo diferente. Un desvío, un subterfugio, una demanda.

Una fuga.

Balanceó la cabeza afirmativamente, como si hubiese encontrado la palabra exacta, aquella que mejor definía la lucha que lo desgarraba. Una fuga. Quién sabe, tal vez Lena, más que la química del sexo, le ofrecía la química de la fuga, la fuga de sí mismo, la fuga del cansancio de su mujer, la fuga de las dificultades de Margarida, la fuga de los problemas generales por la falta de dinero, la fuga de la desilusión frente a la vida. Lena era una escapatoria, una salida, una evasión. Una fantasía. Pero una fantasía que día tras día perdía misterio, una quimera a la que ya comenzaba a faltarle brillo, un capricho que había consumido casi todo su esplendor. ¿Qué le quedaba entonces?

Se había rendido a los encantos de la sueca para escapar a la complicada tela de sus innúmeras dificultades. La ilusión funcionó; por lo menos en algunos momentos. Pero ahora veía que los problemas no habían desaparecido nunca de verdad, sólo se habían camuflado con el fulgor deslumbrante de la relación embriagadora con Lena. Se sentía como un conejo paralizado por los faros de un automóvil; permanecía estático en medio de la carretera, fascinado por aquel brillo asombroso, maravillado por los centelleantes focos de luz que despuntaban por el manto pardusco de la noche, olvidando que, por detrás de la bella llamarada luminosa, surgiendo disimuladamente de la tiniebla oscura, asomaba un bulto invisible, enorme y furtivo, tremendo y amenazador, que saltaría de la sombra como un felino y lo aplastaría en el asfalto. Ésa era, al fin y al cabo, la terrible elección que tenía frente a sí. ¿Querría él ser aplastado por ese bulto escondido? ¿Sería capaz de ver más allá del brillo deslumbrante de los faros? ¿Lograría romper el peligroso hechizo que lo hipnotizaba en medio de la carretera?

Miró a Constanza. Su mujer dormía aferrada a la almohada, con aspecto inocente, la expresión frágil, los cabellos dibujando rizos sobre la almohada y la sábana. Suspiró. Tal vez, pensó, el adulterio tenía menos que ver con Lena que consigo mismo; era quizá algo que hablaba más acerca de su forma de ser, de los miedos que lo dominaban, de las expectativas que alimentaba, de la forma en que administraba los conflictos y encaraba los problemas de su vida. Constanza era la fuente de ansiedad, el rostro de las dificultades de las que pretendía huir; Lena representaba la concha protectora, el anhelado billete que prometía arrancarlo de aquel turbulento mar de obstáculos y soltarlo en las vastas planicies de la libertad. Pero, ahora tomaba conciencia, ese billete, en resumidas cuentas, no lo llevaría a lugar alguno, no lo transportaría al destino que él suponía, porque la verdad era que tal destino no existía, por lo menos no para él; si se embarcase en aquel viaje, se descubriría en otro apeadero, acaso más complicado, aún con los viejos problemas y además con nuevas contrariedades.

Pasó los dedos por los rizos del cabello de Constanza, jugando distraídamente con ellos. Sintió su respiración suave y admiró el espíritu con que la mujer enfrentaba las dificultades ante las cuales él claudicaba. Acariciando las líneas de su rostro, sintiendo su piel cálida y suave, imaginó que disponía de dos billetes en la mano, uno para quedarse, el otro para partir, y tendría que tomar una decisión. Miró alrededor, como quien quiere retener en la memoria las sombras de la habitación, el soplido bajo y armonioso de la respiración de su mujer, el leve aroma a Chanel 5 que flotaba en el aire. Respiró hondo y allí mismo, en aquel instante, mientras acariciaba con ternura el semblante plácido de Constanza, su línea de raciocinio llegó a su fin.

Tomó una decisión.

El hormigueo nervioso de la multitud apresurada era lo que más lo perturbaba siempre que tenía que ir al Chiado. Después de dar muchas vueltas por la Rúa do Alecrim buscando dónde aparcar, dejó el coche en el aparcamiento subterráneo de Camões y bajó por la plaza hasta la entrada de la Rúa Garrett, esquivando a los transeúntes que iban y venían, unos subían en dirección al Bairro Alto, otros descendían hasta la Baixa; todos, con la mirada perdida en un punto infinito, pensaban en el dinero, suspiraban por su novia, odiaban a su jefe, se ocupaban de sus asuntos.

Cruzó la perpendicular empedrada y anduvo, por fin, por la amplia acera de la Rúa Garrett. El espacio era amplio, es cierto, pero se volvía exiguo por todas aquellas mesitas y sillas que hervían de clientes ociosos, el más famoso de los cuales era Fernando Pessoa, con la carne hecha de bronce, igual que el sombrero, las gafas de aros redondos y las piernas cruzadas. Tomás observó el espacio a su alrededor, intentando vislumbrar el oro de los cabellos de Lena, pero ella no estaba allí. Giró a la izquierda, en dirección a la gran puerta con figura de arco del café, A Brasileira anunciada en la parte cimera, lugar predilecto de la antigua Lisboa bohemia y literaria.

El primer paso al cruzar la puerta del café constituyó un salto en el tiempo, había retrocedido a la década de los veinte. A Brasileira era una cafetería estrecha y larga, ricamente decorado al estilo art nouveau, con el techo y la parte alta de las paredes forrados de madera labrada, decorados con cornucopias, líneas curvas y cuadros de época. El suelo era ajedrezado, en blanco y negro, y del centro de los dibujos esculpidos en el techo colgaban varias lámparas de aspecto antiguo, parecían arañas con las patas arqueadas hacia abajo y hacia arriba que sujetaban pequeñas velas en las puntas. Una sensación de amplitud provenía del lado izquierdo; toda la pared se abría al café, una ilusión creada por los hermosos espejos dorados que, distribuidos hasta el fondo del establecimiento, le otorgaban el doble de su real anchura. Las mesitas del interior estaban dispuestas junto al enorme espejo, mientras que el lado derecho estaba ocupado por un largo mostrador lleno de hierros finos curvilíneos estilo art nouveau; una batería de botellas de vino, aguardiente, orujo, whisky, brandy y licor, dispuestas unas encima de las otras, decoraba la pared por detrás del mostrador. Al fondo, marcando las once, se destacaba un reloj antiguo con números romanos.