– Bien, pues… no sé si a mi mujer le sentará bien…
– ¿Tu mujer?
– Sí, mi mujer.
La sueca se encogió de hombros.
– Es evidente que nunca estará de acuerdo.
– Pues eso.
– Entonces no debes decirle nada, ¿no?
El profesor volvió a pasarse la mano por el pelo, nervioso.
– Pues…, sí…, ése también es un problema. Es que no puedo vivir así…
– ¿Cómo que no puedes vivir así? Has estado casi dos meses viviendo con dos mujeres y nunca te vi para nada preocupado por ello. ¿Qué bicho te ha picado ahora?
– Tengo dudas sobre lo que estamos haciendo.
Ahora le tocaba a Lena abrir la boca por el asombro.
– ¿Dudas? Pero ¿qué dudas? ¿Eres tonto o qué? Tienes una familia en tu casa que no sabe nada. Tienes una novia, disculpa la falta de modestia, que le gustaría tener a cualquier hombre y que no trae ningún problema. Aún más: una novia a la que no le importa que conserves la vida tan cómoda que llevas. ¿Cuál es, al fin y al cabo, tu problema? ¿Dónde está la duda?
– El problema, Lena, es que no sé si quiero seguir viviendo tan cómodamente.
La sueca desorbitó los ojos y abrió más la boca.
– No sabes si… -Frunció el entrecejo, intentando encontrar un sentido a lo que él decía-. Tomás, de verdad, ¿qué ocurre?
– Ocurre que no quiero seguir así.
– Entonces ¿qué quieres?
– Quiero acabar con esto.
Lena bajó los hombros y se apoyó en la silla, atónita. La boca se mantenía abierta, con una expresión incrédula en los ojos; observaba a Tomás con la actitud de quien cree estar ante un loco. -¿Quieres que nos separemos? -preguntó por fin, casi deletreando las palabras.
El profesor meneó afirmativamente la cabeza.
– Sí. Discúlpame.
– Pero ¿tú estás chiflado? Así que yo te estoy diciendo que no me importa nada que sigas con tu mujer, que no tendrás ningún problema, ¿y tú quieres que nos separemos? ¿Por qué?
– Porque no me veo bien en esta situación.
– Pero ¿por qué?
– Porque vivo en la mentira y quiero la verdad.
– ¡Vaya! -exclamó ella-. La chaqueta de la verdad está muchas veces forrada de mentiras.
– No me vengas con más refranes.
Lena se inclinó sobre la mesa y le sujetó las manos con fuerza.
– Dime qué puedo hacer para que te sientas mejor. ¿Quieres más espacio? ¿Quieres más sexo? ¿Qué quieres?
Tomás se sintió admirado por la forma en que la sueca se aferraba a su relación. Había imaginado que ella, al sentirse rechazada, abandonaría el café furiosa y el asunto quedaría zanjado. Pero no era eso, evidentemente, lo que estaba ocurriendo.
– ¿Sabes, Lena? No puedo andar con dos mujeres al mismo tiempo. No puedo, ya está. Me siento deshonesto. Me gustan las situaciones claras, transparentes, inequívocas, y lo que estamos viviendo es todo menos eso. Me gustas mucho, eres una chica formidable, pero también me gusta mi familia; mi mujer y mi hija son muy importantes para mí. Cuando me preguntaste, hace días, si hacía el amor con mi mujer, hubo algo dentro de mí que estalló, no sé explicar qué. En un momento estaba deslumbrado contigo, y en el instante siguiente, después de que hicieras esa pregunta, volví en mí y empecé a cuestionar nuestra relación. Fue como si hubieses pulsado sin querer un interruptor y la luz se hubiera encendido y yo hubiese empezado a ver claro donde antes sólo andaba a ciegas. Esa luz me despertó a la realidad, a una serie de preguntas que comencé a plantearme a mí mismo. En el fondo, fue como interpelar a mi conciencia sobre las cuestiones verdaderamente fundamentales.
– ¿Qué cuestiones?
– Yo qué sé. -Miró a su alrededor, como si en algún punto del café pudiera encontrar respuesta a la pregunta-. Me pregunto, por ejemplo, sobre los motivos que me llevan a poner en peligro mi vida familiar. ¿En nombre de qué? ¿Por qué lo hago? ¿Merece realmente la pena? A fin de cuentas, tengo problemas en mi vida que debo afrontar, no puedo estar escapándome de ellos. Por eso me parece que es mejor que primero resuelva esos problemas, mi vida. Tengo que darle a mi matrimonio una segunda oportunidad, se la debo dar a mi mujer y a mi hija. Si las cosas se dan bien, encantado. Si se dan mal, tendré que recomenzar de otra manera. Ahora, lo que no es justo, lo que no es honesto, es que esté engañándoos a las dos a la vez. Eso no.
– O sea que me dejas. ¿Es eso?
– No merece la pena que dramaticemos. Soy un hombre casado y tengo que cuidar de mi familia. Tú eres una muchacha joven, soltera y muy hermosa. Como tú misma has dicho, basta con que levantes un dedo y tienes a tu alrededor a los hombres que quieras. Por tanto, no vamos a complicar las cosas. Cada uno hace su vida y tan amigos.
La muchacha sacudió la cabeza, desalentada.
– No creo en lo que estoy escuchando.
Tomás la miró y pensó que, de ahora en adelante, sólo se repetiría. Ya había tomado su decisión y había dicho lo que tenía que decir. Después de un compás de espera, se levantó de la mesa y le tendió la mano a Lena. La sueca miró la mano, aún atónita y conmovida, y devolvió el saludo. El la retiró torpemente y se volvió hacia la salida.
– Nos vemos en la facultad -dijo a modo de despedida.
Lena lo siguió con los ojos.
– Gallo que canta por la mañana -le lanzó entre dientes- estará por la tarde en el pico del halcón.
Sin embargo, Tomás ya había salido de A Brasileira y subía por Rúa Garrett, a paso acelerado, en dirección al Largo Luís de Camões.
Capítulo 10
Las aguas tranquilas del Mediterráneo brillaban, cristalinas, bajo el reflejo dominante del sol matinal. El viejo faro de Porto Antico se alzaba entre el espejo azulado de la ensenada y los veleros blancos anclados en el muelle; la Lanterna permanecía firme a la entrada de la bahía, un centinela del tiempo con la misión de vigilar aquel rincón apacible del mar de la Liguria. Las escarpas abruptas de los Apeninos rodeaban la costa, protegiendo el pacífico caserío bajo que orlaba la falda de los montes.
El taxi giró a la derecha y se sumergió en el laberíntico interior de la ciudad antigua, zigzagueando por la maraña de las callejuelas estrechas y agitadas de Génova.
– La Piazza Acquaverde -anunció el taxista, siempre locuaz, cuando entraron en la plaza. Señaló con la mano, con un gesto amplio, una enorme estatua en el centro con una figura humana en el extremo-. Questo é Cristoforo Colombo.
Por momentos, el tráfico congestionado obligó al coche a detenerse. Tomás miró desde la ventanilla y vio a Colón en lo alto, con la cabellera larga y ondulante, vestido con un corto tabardo español y una capa larga y abierta; la mano izquierda se apoyaba en un ancla, mientras que la derecha acariciaba el hombro de una india arrodillada. Otras cuatro figuras permanecían sentadas más abajo, en los rincones, sobre pequeños pedestales; entre ellas había bajorrelieves encuadrados con lo que parecían ser escenas de la vida del navegante. En la base del monumento, entre múltiples coronas de flores colocadas sobre la piedra, la dedicatoria «A Cristoforo Colombo, La Patria».
El tráfico retomó la marcha y el taxi siguió el flujo, llevado por la ruidosa corriente de automóviles. El taxista, un hombre jovial que dijo llamarse Mateo, de apellido terminado en «ini» y origen calabrés, empezó a contar detalles de su atribulada vida en un italiano nervioso y precipitado. En medio de aquella cerrada metralla de palabras, disparada en tropel por entre abundantes gotas de saliva y profusos movimientos con las manos, Tomás entendió que el conductor era divorziato, que tenía due bambini y buscaba compañía para il letto matrimoniale, incluso porque le gustaba mucho avere la colazione in camera. De ahí pasó a lo que prefería cenare. Sus preferencias, por lo visto, eran la zuppa di lenticchie y, sobre todo, los spaghetti alla puttanesca, plato cuyo nombre llevó al cliente a fruncir el ceño y a preguntarse si habría escondido allí algún traicionero doble sentido.