– Il Palazzo Ducale -proclamó Mateo minutos más tarde, en medio de una frase sobre las cualidades terapéuticas del vino rosso, mientras apuntaba a un bonito edificio antiguo en la Piazza Matteotti, con la fachada cargada de columnas jónicas y ventanas altas-. Le piace?
– Si -asintió Tomás sólo por ser amable, con una mirada indiferente.
El taxista se dedicó, acto seguido, y casi sin hacer una pausa, a las milagrosas propiedades del vino bianco secco y a las ventajas del menu fisso de una trattoria de su agrado, por la Piazza Campetto, un poco más atrás, al mismo riempo que ridiculizaba a los que sólo comían piatti vegetariani. El taxi se internò por la Salita Poliamoli y giró a la izquierda en Vico Tre Re Magi, altura en que Mateo confesó, muy consternado, sono allergico alle noci. A medida que el pequeño Fiat recorría la Via Ravecca, el conductor discurría con lujo de detalles acerca de los efectos alérgicos que las nueces le provocaban en la piel, incluidas las manchas rosse que, aparentemente, trataba con carta igienica mojada con acqua calda, hasta que, para gran alivio de Tomás, llegaron por fin a la Piazza Dante.
– Eccoti qua! -proclamó Mateo con gran solemnidad, deteniéndose delante del semáforo verde.
Presionado por un coro de bocinazos de automóviles que querían avanzar, Tomás pagó deprisa y el taxista, ajeno a las protestas, se despidió con un a più tardi que hizo sentir al cliente un escalofrío recorriéndole el cuerpo: ésa era una promesa que sonaba como una amenaza. El plan original del paseo abarcaba sólo un simple paso por la Piazza Dante para observar el local histórico que se encontraba allí, pero la incontinente hemorragia verbal del italiano llevó al portugués a alterar apresuradamente los planes y a transformar el paso en parada, un buen pretexto para verse libre de aquel taxi infernal; siempre admiró el simpático carácter expansivo de los italianos, pero la verdad es que aquel conductor se pasaba dos pueblos.
Dos torres semicilíndricas, hechas de piedra en estilo gótico y unidas por un puente, imponían su presencia sobre la plaza. Era la Porta Soprana, la entrada oriental de la parte vieja de la ciudad. En la cima de las torres medievales, y entre las almenas, se agitaban dos banderas blancas rasgadas por una cruz de San Jorge encarnada, el estandarte de la ciudad. La insignia cruxata comunis Janue era testimonio de tiempos gloriosos, cuando Génova imperaba en el Mediterráneo y su presencia bastaba para hacer retroceder al enemigo, hasta el punto de que se decía que los mismos ingleses adoptaron la bandera de la ciudad para poder navegar bajo su protección. En la Edad Media, la imponente Porta Soprana formó parte de las murallas defensivas de Génova; durante la Revolución francesa, allí estaba la guillotina y uno de los verdugos vivía en la cima de una de las torres, transformada en prisión; su más famoso recluso fue el veneciano Marco Polo, encerrado allí después de la batalla de Korcula. En la base, por debajo del puente entre las dos torres, la gran puerta oval daba acceso a un parque cuya principal atracción eran las ruinas de los claustros del antiguo convento de Sant'Andrea, pero la atención del visitante no se dirigió a esas ruinas, sino a otro punto justo al lado.
Junto a la Porta Soprana, entre arbustos vigorosos, se encontraban unas ruinas miserables de piedra y cubiertas de hiedra; parecían los restos de una casa rústica tramontana, tosca y limpia, con una puerta ancha en la planta baja y dos ventanas estrechas en el primer piso. Tomás se acercó y observó el sitio. Un cartel indicaba que las ruinas estaban cerradas al público y una placa anunciaba:
Nessuna cusa luí nome più degno di questa.
Qui nell'abitazione paterna, Cristoforo Colombo trascorse l'infanzia e la prima giovinezza.
Era el número treinta y siete de la antigua Vico Diritto di Ponticello, el lugar donde, según un viejo libro de facturas y otro documento archivado en la Biblioteca Apostólica Vaticana, entre 1455 y 1470, vivió Dominicus Columbus y su familia, incluidos los hijos Bartholomeus, Jacobus y Christofforus. Fue en esa casa, en suma, donde Colón pasó su juventud.
Un autobús se detuvo junto a la acera y de él bajó una multitud de turistas japoneses. Los visitantes confluyeron en las ruinas con una batería de cámaras fotográficas y de vídeo, hormigueando frente a la puerta. Otro japonés gritaba instrucciones e informaciones, se trataba evidentemente del guía.
– Non mi piace questo -le comentó un italiano a Tomás, con actitud cómplice, mientras miraba a la multitud de frenéticos turistas disputándose un palmo de terreno para la fotografía.
– Mi scusi -se disculpó Tomás-. Non parlo italiano. Parla lei inglese?
– Ah, perdón -dijo el italiano en inglés-. ¿Usted es estadounidense?
– No, portugués.
El italiano esbozó una expresión de sorpresa.
– ¿Portugués?
– Sí. ¿Qué decía?
– Pues… nada, nada.
– Venga, diga lo que quiera decir.
El hombre vaciló.
– Es que…, en fin…, me disgusta que engañemos a los turistas de este modo.
– ¿Por qué habla de engaño?
El italiano miró a su alrededor, bajó la voz y adoptó un tono conspirativo.
– ¿Sabe? Esta casa es muy fascinante, muy bonita. Pero Cristoforo Colombo, probablemente, nunca vivió aquí.
– ¿Ah, no?
– Es una atracción turística, nada más -dijo a modo de confidencia-. La casa es de la época de Cristoforo Colombo, sin duda, pero nada prueba que sea éste realmente el edificio mencionado en los documentos. Se sabe que Domenico Colombo, el padre de Cristoforo, les había alquilado a los monjes una casa junto a la Porta Soprana. Ahora bien, en aquel tiempo había por aquí muchas casas y no hay manera de saber cuál de ellas era la verdadera. Eligieron ésta, como podrían haber elegido cualquier otra de la zona.
– En otras palabras, todo esto es pura patraña.
El hombre dibujó un gesto vago en el aire y curvó los labios.
– Digamos que se facilitaron un poco las cosas, ¿comprende? Todo con fines turísticos y también para reivindicar con más solidez el origen genovés de Colombo. -Levantó el índice y adoptó una expresión grave, como haciendo una advertencia-. Lo que, por otra parte, es verdad. Que Cristoforo Colombo era genovés está científicamente probado y a ese respecto no hay dudas.
Tomás sonrió. Se habría sorprendido mucho de haber visto a un genovés defendiendo lo contrario.
– Sí -condescendió-. Pero ¿y la casa?
El italiano inclinó la cabeza, como si hiciera una concesión.
– Es improbable, realmente, que ésta haya sido la verdadera casa de Colombo…
El tráfico era intenso y Tomás quiso coger otro taxi, pero no encontró ninguno disponible. Decidió ir caminando rumbo a la Piazza Matteotti, con la esperanza de conseguir más adelante algún vehículo que lo llevase a los archivos que pretendía visitar, y se internó por la Via di Porta Soprana. Sintió hambre a mitad de camino y, sin buscar mucho, fue a almorzar a un restaurante de nombre apropiado: La Cantina di Colombo. Como pagaba la fundación, no anduvo con vueltas. Comenzó con papardelle al ragú di coniglio alia ligure, una entrada con una especie de macarrones planos con salsa de liebre; pidió después un filetto all'aceto balsamico di Modena, que consistía en unos filetes de carne de vaca a la parrilla acompañados de una ensalada con vinagre balsámico; y acabó con un postre delicioso, una degustazione di cioccolatini Domori e bicchiere di Rum. Toda la comida fue regada con vino tinto de Liguria, unafrutado Rossesc di Dolceacqua 1999 Giuncheo, y acompañada por un misto formaggi con confetture, una exquisita selección de quesos con mermelada.