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Sobre un pedestal, en medio del patio, cuatro estatuas de bronce policromo, con el rostro de alabastro, ropas propias del siglo xvi, solemnes y suntuosas, cargaban un sarcófago en hombros. El pequeño ataúd, también de bronce y ornamentado con placas metálicas esmaltadas, estaba cubierto por un sudario y tenía un escudo dibujado en el lado derecho, que Tomás reconoció. Eran las armas de Colón. Observó por debajo del sarcófago y vio las armas heráldicas de España clavadas en la base y rodeadas por palabras escritas en letra gótica. Giró la cabeza, siempre observando de abajo hacia arriba, y leyó la inscripción:

AQUÍ YACEN LOS RESTOS DE CRISTÓBAL COLÓN DESDE 1796.

LOS GUARDÓ LA HABANA Y ESTE SEPULCRO POR R. D.TO DEL 26 DE FEBRERO DE 1891.

La tumba de Colón.

O, mejor dicho, el sitio donde se dice que se encontraban los huesos del gran navegante. Pero Tomás sabía que, hasta en la muerte, el descubridor de América se había revelado como un maestro en las artes del misterio, un supremo ilusionista. Todo comenzó cuando Cristóbal Colón fue a vivir a Sevilla después de sus cuatro viajes al Nuevo Mundo. Con la muerte de su protectora, la reina Isabel, en 1504, cayó en desgracia en la corte. Al año siguiente, para intentar recuperar el favor del rey Fernando, ya envejecido y enfermo, el Almirante de la mar océana se desplazó a Valladolid. La misión acabó en fracaso y Colón murió en esa ciudad el 20 de mayo de 1506. Después de permanecer casi un año en un convento franciscano de Valladolid, el cadáver fue trasladado al monasterio de la Cartuja de las Cuevas, en Sevilla, iniciando una complicada serie de viajes. Treinta años después, se decidió que los restos mortales de Cristóbal y de su hijo portugués, Diogo, que también había muerto, serían enterrados en La Española, por lo que los dos cuerpos fueron trasladados a la catedral de Santo Domingo. Más de doscientos años más tarde, en 1795, el Tratado de Basilea estipuló que la parte española de la isla sería entregada a Francia, por lo que los huesos del descubridor de América se llevaron a la catedral de La Habana en medio de una gran pompa. Pero la independencia de Cuba, en 1898, impuso un nuevo traslado, esta vez de regreso punto de partida, Sevilla. El problema es que, en medio de tantas mudanzas, puede haberse cometido un error en alguna parte, probablemente en Santo Domingo, y los restos que se encontraban tan majestuosa y solemnemente guardados en la catedral de Sevilla no serían, en definitiva, los de Cristóbal Colón, sino los de su hijo primogénito, el portugués Diogo Colom, o incluso los de otros descendientes.

Tomás se quedó un buen rato junto a la tumba, indiferente a la duda histórica. A fin de cuentas, su homenaje privado no se perdería; si aquél no era el gran navegante, por lo menos sería su hijo Diogo, un compatriota, y eso le bastaba. Acabó por fin volviendo la espalda a la tumba y alejándose en dirección a la nave del santuario. Deambuló lentamente por la catedral, admirando la bóveda y la Capilla Mayor, protegida por enormes rejas, y se desplazó hasta la puerta oeste, llamada puerta de la Asunción. A mitad de camino se encontró con una nueva tumba, esta vez más discreta; era la sepultura de Hernando Colón, el hijo español de Cristóbal, el autor de una de las obras más importantes sobre la vida del descubridor de América. Rodeó la lápida y se dirigió al ala izquierda de la nave, donde se abría otra puerta. La cruzó y sintió la luz débil del sol de invierno que entraba leve, a cielo abierto. Aquél era el patio de los Naranjos, un patio rectangular y cubierto de naranjos dispuestos geométricamente; en el centro se vislumbraba una pequeña fuente circular y, alrededor, largas galerías, como si aquél fuese un claustro cerrado. Junto con la torre de La Giralda, que no pasaba de ser un minarete disimulado, el patio era lo que quedaba de la antigua mezquita de los sarracenos, demolida para construir la catedral gótica.

Por encima de las galerías se encontraba el verdadero objetivo de Tomás. El profesor subió los escalones del edificio y se presentó en la Biblioteca Colombina. Después de identificarse y registrarse le permitieron el acceso al local. La biblioteca fue iniciada en el siglo XVI por Hernando Colón, el mismo que se encontraba sepultado en la catedral, delante de la puerta de la Asunción. El hijo español del descubridor de América reunió un total de doce mil volúmenes, incluidos libros y documentos que pertenecían a su padre. A su muerte, Hernando legó el precioso acervo a los dominicanos del monasterio de San Pablo, en Sevilla, y los manuscritos acabaron depositados en el edificio que circunda el patio de los Naranjos, en el lado izquierdo de la catedral.

Las obras de la Biblioteca Colombina se encontraban dispuestas en estanterías acristaladas, distribuidas en varias salas. Era en las vitrinas centrales donde estaban expuestas las joyas de la corona, los libros y documentos que pertenecieron al propio Colón. Provisto de una autorización especial, concedida en razón de la naturaleza del estudio y de las credenciales de la Universidad Nova de Lisboa y de la American History Foundation, que exhibió de inmediato, Tomás consiguió que le abriesen las estanterías y lo dejasen consultar las obras allí guardadas.

El historiador se pasó la tarde analizando los ejemplares que el Almirante poseyó y leyó quinientos años antes, comenzando por el Libro de los profetas, el documento que Colón citó profusamente en su diario y en sus cartas; por lo visto, el descubridor de América admiraba en especial al profeta Isaías, el más citado de todos. Recorrió también con los ojos la Imago Mundi, del cardenal Petrus d'Ailly, un texto sobre el mundo con notas al margen manuscritas por el propio descubridor; y la Historia natural, de Plinio, también llena de apuntes reveladores. Qué coincidencia, pensó el investigador, ese Plinio era posiblemente el mismo que había mencionado Constanza a propósito de las peonías. Tomás estudió con cuidado las anotaciones, la mayor parte de ellas en castellano y portugués, y sólo una en lo que parecía ser italiano. Concentró después su atención en las extrañas notas encontradas en la Historia rerum ubique gestarum, del papa Pío II, antes de volcarse en las restantes obras. Examinó el ejemplar de De consuetudinibus et conditionibus orientalium regionum, de Marco Polo, y también un libro de Plutarco, varias obras de Séneca y un volumen escrito por el judío ibérico Abraao Zacuto, el influyente consejero de don Juan II.

Salió de la Biblioteca Colombina al anochecer, con la búsqueda concluida y algunas fotocopias en la cartera. Giró a la izquierda, cogió la avenida de la Constitución hasta la puerta de Jerez, desde donde se dirigió hacia el río; siempre a pie, cruzó el Guadalquivir por el puente de San Telmo, desembocó en la plaza de Cuba y se internó en la calle del Betis, la pintoresca calle marginal donde se encontraba su hotel, El Puerto. Dejó las cosas en la habitación y, después de detenerse en la ventana para contemplar unos instantes el barrio histórico de donde había venido, con la Torre del Oro a la derecha, la blanca y amarilla plaza de toros de la Maestranza a la izquierda y la esbelta Giralda al fondo, se sentó en el borde de la cama y cogió el móvil. Llamó a Constanza, pero el teléfono de su mujer estaba desconectado. Dejó un recado en el buzón de voz y bajó a la calle.

Recorrió relajadamente la alegre calle del Betis, se sentó en una terraza a la orilla del río con una cerveza en la mano, con los ojos perdidos contemplando el movimiento lento de los barcos sobre el espejo oscuro del Guadalquivir. Del otro lado del río, en el paseo de Cristóbal Colón, era igualmente visible la agitación de la ciudad rebosante de vida. Pasó parte de la noche en aquella colorida calle tapeando, disfrutando del arte andaluz de ir de una tasca a otra para saborear las diferentes tapas, acompañadas de manzanilla, siempre a expensas de la fundación, claro. Se instaló después en otra terraza para leer un capítulo más de Vigiar e punir, en busca de pistas para el acertijo de Toscano, que se obstinaba en no dejarse descifrar; sin embargo, pronto, el brillo de las luces en el río, danzando a merced de la corriente, y el bullicio agitado de la ciudad lo disuadieron de seguir trabajando y decidió sumergirse en la alegre vida nocturna de Sevilla.