– Constanza, ¿por dónde andáis? -Fue la primera pregunta que soltó en cuanto pulsó el botón verde.
– Estamos en casa de mis padres -respondió su mujer, con un tono muy frío y distante, como si no tuviese la obligación de rendirle cuentas sobre su paradero.
– ¿Todo está bien?
– Magnífico.
– Pero ¿qué estáis haciendo ahí?
– ¿Qué te parece? -repuso ella, acentuando en la voz el desafío-. Ocupándome de mi vida, claro.
– ¿Cómo? ¿Ocupándote de tu vida? -insistió Tomás, fingiendo que no se había dado cuenta de nada, que era ella la que se encontraba en falta. Alimentaba la secreta esperanza de que, si se hacía el desentendido, si fingía que aquellas flores no estaban en los jarrones ni significaban lo que aparentemente significaban, el problema se esfumaría-. Que yo sepa, tu vida está aquí.
– ¿Ah, sí? ¿Y la tuya dónde está?
– ¿La mía? -preguntó él simulando sorpresa-. Mi vida está aquí, claro, ¿dónde querías tú que estuviese?
– ¿Ah, sí? ¿Has visto por casualidad las flores que te he dejado?
– ¿Qué flores?
Ella hizo una pausa, vacilante. Tomás pensó que había obtenido un punto a su favor y se sintió más confiado.
– No te hagas el tonto -exclamó Constanza al cabo de unos instantes; se había dado cuenta de que su marido fingía no enterarse para no tener que afrontar la situación; lo conocía demasiado bien para caer en ese juego-. Has visto las digitales y las rosas amarillas y sabes muy bien lo que significan.
A esas alturas, Tomás entendió que su táctica evasiva no resultaría, pero, por una cuestión de coherencia, mantuvo la versión.
– No las he visto, no -repitió-. ¿Qué significan?
– ¿El nombre Lena no te dice nada?
La frase fue lanzada con una calma glacial y Tomás sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo. Era evidente, si aún quedaban dudas, que Constanza estaba realmente al tanto de todo. -Es una alumna mía.
– ¡Bonita alumna! -exclamó Constanza con ironía-. ¿Y qué materia le estabas enseñando, si es que puede saberse?
Esta vez fue Tomás quien hizo una pausa. ¿Cómo rayos se había enterado? Intentó reordenar las ideas e inmediatamente concluyó que las evasivas no lo conducirían a ningún lado, tenía que asumir la situación e intentar medir las consecuencias. Si es que eso aún era posible.
– Hubo realmente una historia con esa alumna -admitió con una entonación débil, sumisa-. Duró poco y ya acabó, de modo que…
– ¿Una historia? -preguntó Constanza, subiendo el tono de su voz, llena de indignada firmeza-. ¿Una historia? ¿Llamas «historia» a echar unos polvos con una alumna?
Se avecinaba un ataque frontal, presintió Tomás, encogiendo la cabeza desde el otro lado de la línea, en un gesto reflejo.
– Bien…, pues…
– ¿Así que yo ando como una esclava de un lado para el otro ayudando a nuestra hija, luchando por el profesor de educación especial, yendo a toda hora al Ministerio de Educación a hacer solicitudes y a presentar reclamaciones, enseñándola a leer y a escribir, llevándola a los exámenes médicos que jamás se acaban, quedándome exhausta, y el señorito se pasa las tardes en un apartamento de Lisboa echándole unas intrépidas historias a una puta sueca? ¿Cómo te atreves tú, después de andar metido con esa ordinaria, a venir a casa hecho un corderito, eh? ¿Cómo te atreves a hacerme eso a mí, que ando hecha unos zorros, haciendo lo posible y lo imposible para que el barco siga adelante? ¿Cómo te atreves…?
Los gritos de despecho, lanzados en un tropel de ansiedad, se ahogaron en un torbellino de sollozos. Constanza lloraba.
– Ya está, mi amor. Ya está.
– Hijo de puta -murmuró ella en medio de un gemido doloroso-. ¡Maldito cabrón!
– Disculpa, disculpa. Te juro que estoy arrepentido.
– ¿Cómo has podido hacerme esto…?
– Constanza, escucha. Hice algo de lo que ya me he arrepentido y que ya se ha acabado. No puedo deshacer lo que he hecho, pero puedo prometerte que nunca volveré a hacerlo y que te quiero mucho.
Ella dejó de llorar y pareció haber recuperado la compostura.
– ¡Vete a la mierda! ¿Has oído? ¡Vete a la mierda, maldito cabrón!
Tomás se sintió hundido; la situación asumía un cariz muy grave, los acontecimientos se precipitaban y amenazaban con quedar fuera de control.
– Oh, mi amor. Sé que he hecho mal, nunca me lo perdonaré.
– ¡Ni yo, ni yo, hijo de puta!
– Basta, serénate.
– Yo estoy serena, ¿has oído? -gritó ella, nuevamente alterada-. ¡Incluso muy serena!
– Basta, basta.
– Sólo te he llamado para informarte de que puedes venir a casa de mis padres el próximo sábado, a las tres de la tarde, a buscar a Marga riela. Y ella tiene que regresar el domingo a las cinco. ¿Has entendido? Quien te la entregará será mi madre, porque no te quiero ver la cara. ¿Has entendido, canalla?
Tomás se agitaba en la cama, frotándose el pelo con la mano libre, muy alarmado por el rumbo que habían tomado las cosas.
– Pero, mi amor…
Tres señales sonoras anunciaron el enmudecimiento del móviclass="underline" su mujer había colgado. Aturdido, Tomás se quedó sentado en la cama mirando el móvil, su mente hundida en un torbellino de ideas, de miedos, de angustias. Y, entre aquel caos que ahora le pesaba en el alma, aquel vendaval que amenazaba con transformar su vida, volvió a interrogarse sobre un punto que no había podido aclarar.
¿Cómo diablos se había enterado Constanza de todo?
Pasó los días siguientes intentando hablar de nuevo con su mujer, pero su suegra le dejó claro que ella no quería ni verlo. Cuando llegó el sábado, fue a Sao Joao do Estoril y se presentó en la casa de sus suegros a las tres menos diez. Doña Teresa, la madre de Constanza, lo recibió con una frialdad poco sorprendente dada la situación; lo dejó plantado en el portón, soportando la llovizna del final de la mañana, a la espera de que Margarida se preparase. La hija se mostró radiante cuando lo vio, más aún cuando le dio la muñeca con las lentejuelas.
Fueron a almorzar a una pizzería del Cascaishopping y decidieron pasar la tarde viendo una película. Margarida eligió Toy Story 2 y Tomás no tuvo más remedio que soportar estoicamente dos horas de Woody y Buzz Lightyear. Sólo por la noche, arrellanados en el sofá de la sala y con un libro de Anita en las manos, logró que su hija le contase algunas novedades.
– Mamá está muy enfadada contigo, papá -le confirmó Margarida-. No pa'a de llo'á', de llo'á', dice que e'es un canalla. -Frunció el ceño-. ¿Qué es un canalla, papá?
– Es alguien que se porta mal.
– ¿Y tú te po'taste mal?
Tomás suspiró, desalentado.
– Sí, hija.
– ¿Qué hiciste?
– Mira, no comí toda la papa.
– Ah -exclamó la pequeña, meditando sobre la gravedad de semejante crimen-. Estás castigado, ¿no?
– Sí, estoy castigado.
– Pob'ecito. Tienes que comé' todo.
– Pues sí. ¿Y qué más dice tu madre?
– Que e'es un ca'bón.
– ¿Un carbón?
– Sí, un ca'bón.
– Ah, un cabrón.
– Pues eso, un g'andísimo ca'bón. Y la abuela le ha dicho que vaya a hablá' con un abogado amigo suyo.
Tomás se incorporó de golpe, se enderezó y miró a su hija, alarmado.
– ¿Un abogado?
– Sí, dice la abuela que es muy bueno, que te va a 'ompé' la c'isma.
– ¿Ah, sí?
– Sí. ¿Qué es c'isma?
– No es nada, hija. ¿Y qué dice tu mamá?