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– Que se lo va a pensá'.

Nada más pudo sonsacarle a Margarida. La entregó a la tarde siguiente, dejándola en el portón de la casa de Sâo João do Estoril; le dio un beso en la mejilla, ella rehusó el segundo, y la vio desaparecer tras la puerta de la casa de sus suegros. Durante varios días, y a pesar de las esperanzas que alentaba, no recibió noticias de su mujer.

En compensación, volvió a encontrar a Lena en el aula. El tema de esa mañana se centraba en las cuestiones relacionadas con el arte de los pergamineros y el trabajo de los copistas en los scriptoria, con un amplio análisis de algunas caligrafías dominantes, especialmente la carolingia y la uncial, además de los diferentes tipos de gótico, comenzando por el primitivo y pasando por el fraktur, por el textura, el rotunda, el cursivo y el bâtarde. La sueca se sentó, como era habitual, en el fondo de la sala, pero venía más provocadora que nunca. El vestido, muy ajustado al cuerpo y de un rojo chillón, se abría en un amplio escote en el que abultaban los macizos senos, comprimidos el uno contra el otro y dibujando un surco profundo; era difícil mirarla sin que los ojos bajasen a la altura de ese pecho opulento. No intercambiaron palabra, pero, en determinado momento, Tomás se sintió tentado de retomar la conversación en el punto en el que se había interrumpido; a fin de cuentas, las circunstancias habían cambiado profundamente desde la última vez que se vieron, en el Chiado; él ahora vivía solo y la joven sueca, apetitosa como siempre, seguía estando disponible. El profesor controló, no obstante, sus instintos, dominó la tentación que lo asaltaba en aquel momento de debilidad y dejó que las cosas siguieran como estaban.

Tomás pasó las noches solitarias leyendo a Michel Foucault, siempre empeñado en la desesperante tarea de encontrar una pista para el irritante acertijo de Toscano. Pero la mente deprisa abandonaba los temas de Vigiar e punir y se engolfaba en la confusión que dominaba su vida desde que Constanza se fuera de casa con su hija. Todas las horas de aislamiento en casa, pasadas como si fuese un ermitaño retirado del mundo, lo llevaron a repensar profundamente en la relación con su mujer y la opción de la escapada con la amante. Más que una aventura sexual, consideró, el adulterio fue tal vez un síntoma de la forma en que se aisló de Constanza, un aislamiento posiblemente resultante de la depresión provocada por el derrumbe de las elevadas expectativas que había alimentado para su futuro común. Fruto de esa desilusión, que, a pesar de racionalizada, nunca acabó de resolver emocionalmente, cargaba en su pecho un indecible resentimiento, una rebelión silenciosa, tal vez hasta esa desesperación de quien se ha visto arrojado a un callejón sin salida.

Echado en la cama o arrellanado en el sofá, siempre a la espera de una llamada que Constanza se resistía a hacer, Tomás volvió innúmeras veces al mismo pensamiento, en un esfuerzo de titánica introspección para reconstruir los pasos que, lenta pero inexorablemente, lo habían llevado a aquel desenlace. El devaneo con Lena, según lo veía ahora, no había sido otra cosa, en resumidas cuentas, que un mensaje oculto, un texto escrito en un código invisible sobre aquella rebelión latente que cargaba en el alma. En un viaje hacia el descubrimiento de sí mismo, exploró los continentes que seguían vírgenes en un rincón de su existencia, intentando oír las voces mudas que le gritaban desde las entrañas más remotas, en algún lugar entre las profundidades del inconsciente. El adulterio fue, entendió, el único sonido que lograron emitir, y era ese sonido el que ahora trataba de entender, escuchándolo como si fuese la más significativa narración emocional alguna vez escrita sobre su persona. ¿Y qué le decía aquel grito que repercutía en su mente y martillaba su conciencia?

Enfrentado a esta interrogación, innúmeras veces se levantó y deambuló por el pequeño apartamento, en pijama y sin afeitarse, hablando en voz alta consigo mismo. ¿Cómo interpretar su adulterio? La respuesta, se dijo, radicaba en la profunda decepción que siguió al nacimiento de Margarida. Había proyectado en su hija todos los sueños y aspiraciones que no había logrado para sí mismo, y la revelación de sus limitaciones había sido un golpe demasiado duro, un revés que, a pesar de las apariencias, jamás había podido digerir. Constanza había enfrentado la decepción con arrojo, haciéndole frente al problema. Pero él había reaccionado de modo diferente. Al cabo de nueve años de resistencia, huyó. Lena había sido su fuga, la válvula de escape que le había servido de refugio, evitando el mundo de los conflictos y viviendo en la ilusión de un paraíso. Había creído inconscientemente que, de ese modo, las dificultades desaparecerían sin más ni más, pero ahora sabía que no era así; ellas seguían allí, más vivas que nunca, palpables, ineludibles. En el fondo, concluyó, la escapada con la alumna no tenía nada que ver con ella, con su cuerpo formidable, con el sexo embriagador, sino consigo mismo, con los problemas que lo asolaban, con las expectativas que la vida había frustrado, con los miedos que no lograba afrontar. En busca de bienestar, deambuló solo por la carretera de la ilusión, como un borracho, perdido en las telas anestesiantes del adulterio.

Sabía ahora que fue miedo lo que le impidió enfrentarse con los problemas de su vida. No el miedo a alguien en particular, sólo el miedo a sentir qué se escondía dentro de sí, el miedo al sufrimiento y a la ansiedad que provoca exponerse a sus propios sentimientos. El miedo al dolor del crecimiento, el miedo a la desaprobación, el miedo a elegir y asumir responsabilidades, el miedo a bregar con las consecuencias, el miedo a ser asfixiado por las dificultades y ansiedades de su matrimonio. Lena fue, mirándolo bien, el desvío de la carretera de lo cotidiano, el atajo que creyó que podría tomar para eludir todos aquellos temores que lo atormentaban; fue la droga que ingirió para liberarse de la ansiedad que lo oprimía, como si tuviese los movimientos trabados por una invisible camisa de fuerza y necesitase alguna poción mágica que le diese energía para romper las amarras que lo sujetaban. El adulterio no fue, en fin, más que el caparazón bajo el cual se refugió, con la ilusión de que así se protegía del mundo, como si la vida fuese el mar y Lena una concha.

Tomás se sorprendió hablando solo frente al espejo del cuarto de baño, buscando metáforas sobre sí mismo y sobre su matrimonio. Su favorita era la de que él era un iceberg y la relación con Constanza amenazaba con convertirse en un Titanio. Tal como el iceberg de la célebre tragedia en el Atlántico, la mayor parte de sí mismo, aquella amalgama tenebrosa y desconocida de que estaba hecho el inconsciente, permanecía oculta bajo el agua, más allá de las miradas, alejada del escrutinio de su atención. Era una parte que ignoraba, que regía sus emociones y comportamientos, que buscaba soluciones a problemas de cuya existencia no tenía noción siquiera. Fue por evitar ese mundo subterráneo del inconsciente, de las frustraciones reprimidas y de las expectativas malogradas, por lo que buscó un refugio en otra alcoba, dejando que ese gigante escondido bajo el manto helado del agua rasgase sin querer el combés de su matrimonio. El barco se hundía ahora, herido de muerte por ese monstruo invisible, y él, como el capitán de la trágica historia, se dejaba sumergir, arrastrado hacia el fondo del mar por la incontrolable corriente del destino.

Freud observó cierta vez que el amor es un redescubrimiento. A través del amor intentamos recuperar la inocencia perdida de la felicidad que antaño sentimos, cuando éramos bebés y vivíamos en paz con el mundo. El amor, mirándolo bien, tenía que ver con una voluntad indefinible, etérea e imperceptible, de retornar a la infancia y al afecto materno y se alimentaba de la vana esperanza de reencontrar esa felicidad desaparecida en los primeros tiempos de la existencia. Tomás concluyó que fue eso lo que vio en el rostro pálido y pecoso de Constanza cuando la conoció en Bellas Artes y paseó con ella por la playa de Carcavelos. El matrimonio no fue más que el deseo de reencontrar un paraíso que, en resumidas cuentas, sólo existía en un rincón beatífico de la memoria. No era a Constanza a quien había visto frente a él, sino más bien una idealización, un sueño, una figura inventada por la nostalgia de la infancia, un espejismo construido por el recuerdo inconsciente de tiempos felices. Fue esa idealización la que Margarida, con todas las limitaciones resultantes de su condición, había destruido sin querer. En silencio, sin formular nunca la idea de un modo claro, sin tomar jamás plena conciencia del drama que lo consumía, Tomás se extenuaba frente a la desilusión, incapaz de recuperarse del trauma que había representado la aniquilación del sueño. Destruida una ilusión, buscó enseguida confortarse en otra.