Выбрать главу

Cada día traía un progreso en la meditación de Tomás, resuelto a hurgar en lo más profundo de su ser para encontrar las respuestas que buscaba. Enfrentado con las consecuencias de sus acciones y con la soledad que lo rodeaba, entendía en este momento, de modo más claro, lo que se había dado mal. Había proyectado en el mundo lo que el mundo no era; es decir, no vivía con Constanza y con Margarida, sino con una imagen que había construido a partir de ellas por anticipado, vivía con una fantasía que no era posible realizar. La fragmentación de esa imagen fantasiosa, provocada por las circunstancias de la vida, constituyó un golpe demasiado duro para su universo de expectativas; en vez de aceptarlas tal como eran, huyó y buscó refugio en otra ilusión, liberándose de la tensión negativa que acumulaba en el silencio tumultuoso del inconsciente. En esta fase, el problema que tenía frente a sí ya no era tanto entender lo que se había dado mal, sino determinar qué podría hacer ahora para enmendar la plana. Y para ello fue necesario que diese un paso más en la introspección en la que se había sumergido.

La respuesta estaba, quería creer, en la creación de intimidad. Cuando se casaron, arrebatados por los poderosos vientos de la esperanza y resplandeciendo bajo la luz celestial emanada de sus sueños, no sabían hacer otra cosa que compartir. Su relación, tal como se desarrolló en los primeros años, hizo que Tomás recordase el mito de Aristófanes, relatado por Platón en su Symposium. Según ese mito, el hombre primordial tenía cuatro brazos y cuatro piernas; las cosas comenzaron a estropearse cuando esa criatura fundadora decidió desafiar a los dioses; Zeus, para castigarla, la cortó en dos, dividiendo al hombre en una parte masculina y en otra femenina, ambas condenadas a vivir en la ilusión de que un día restablecerían la unión primordial perdida. Ése era, en el fondo, el estado de espíritu en el que se encontraban cuando se casaron; los dos querían ser eternamente uno, buscaban fundirse en uno solo, y era en ese vano anhelo donde se inscribía su intimidad.

Fue Margarida, con su interminable sarta de problemas, quien deshizo el sueño de fusión y volvió extraños a quienes antes eran íntimos. Nació la hija y la dura realidad sustituyó a la dulce ilusión. Había una nueva prioridad para sus vidas: ayudarla a vivir lo más normalmente posible. Ya no era cuestión de hacer de ella la figura extraordinaria con la que antes fantaseaban, sino de sostenerla simplemente para que fuese una mera figura normal; tendrían que contentarse ahora con mucho menos de lo que antes ambicionaran. El choque los dejó conmovidos y, en la dolorosa convalecencia de la brutal caída en la realidad, rodeados por las trizas del sueño destruido, no les quedó espacio para volver a reconstruir el ser primordial dividido por Zeus. Asumieron la tarea de ayudar a su hija con obstinada resignación, evitando verbalizar entre ellos la desilusión que los corroía, como si el mero acto de poner en palabras lo que sentían tuviese el poder de agravar la situación. Reprimieron, por ello, la rebelión muda que fustigaba sus entrañas, se convirtieron en actores de una pieza de disimulaciones, sangraban por dentro y sonreían por fuera. Él, más que ella, vio que el mundo se desmoronaba, era como si sus sueños fuesen un castillo de arena y la realidad una ola desaforada. Por el camino, se perdió la intimidad, sumergida bajo la marea de las dificultades cotidianas, sofocada por el súbito corte de las líneas de comunicación, estrangulada por el golpe que les había asestado la frustración de las expectativas cuando se dieron cuenta de que su hija jamás sería como los otros niños.

Encerrado en casa, enfrentado con los recuerdos de su matrimonio destrozado, Tomás se mostraba ahora firmemente convencido de que tenía que recuperar esa intimidad y aceptar esa realidad si quería tener algún vislumbre, aunque fuera muy remoto, de volver a construir la vida con Constanza.

Cuando sonó el teléfono, Tomás pulsó de inmediato el botón verde, siempre con la esperanza de que aquélla fuese la llamada que tanto deseaba de Constanza, hacía casi una semana que la esperaba, una sola, aunque más no fuese, pero tuvo una nueva decepción.

– Hi, Tom -lo saludó Moliarti.

– Hola, Nelson -repuso Tomás con un tono pesado, consiguiendo disimular a duras penas su desilusión.

– Hace mucho tiempo que no llama para dar noticias, hombre. ¿Qué pasa?

El portugués lanzó con la lengua un chasquido resignado.

– La cosa no está fácil -se disculpó-. El profesor Toscano ha dejado un acertijo que me está costando mucho descifrar.

– Pero la fundación le ha pagado el viaje a Génova y a Sevilla. Seguramente habrá avanzado algo, ¿no?

– Sí, sin duda -reconoció. El estadounidense tenía razón en protestar por la falta de novedades en la investigación y Tomás se maldijo por haber dejado que el trabajo quedase relegado a segundo plano, por no decir incluso casi abandonado-. He consultado documentos preciosos y he traído copias de todos los que me parecieron relevantes. Pero mi problema, en este momento, es entrar en la caja fuerte del profesor Toscano. Ahora bien, para hacerlo, tengo que resolver este acertijo complicado que dejó y que, supuestamente, me dará la clave del código.

– ¿Usted no puede hacer un… cómo se dice? Eh… ¿un break in?

– ¿Forzar la caja fuerte? -Tomás se rio, divertido con la mentalidad práctica de los estadounidenses-. No puede ser, la viuda no lo permitiría.

– Fuck her!-exclamó Moliarti-. ¿Por qué no hace el break in a escondidas?

– Oh, Nelson, usted está loco. Yo soy un profesor universitario, no un chorizo. Si usted quiere forzar la caja fuerte sin autorización de la viuda, vaya al Cais do Sodré y contrate a un profesional para que le haga ese trabajo. Yo no lo haré.

Moliarti suspiró del otro lado de la línea.

– Okay, okay. Olvídelo. Pero necesito que me entregue un briefing.

– Claro -asintió Tomás y miró de reojo su documentación, desparramada sobre la mesita de la sala-. ¿Nos encontramos mañana?

– De acuerdo.

– ¿Dónde? Voy al hotel, ¿vale?

– No, en el hotel no. Yo estaba pensando en ir a almorzar al restaurante Casa da Aguia. ¿Sabe dónde queda?

– ¿La Casa da Aguia? ¿No está en el Castelo de Sao Jorge?

– Exacto. Nos vemos a la una de la tarde, sharp. Okay?

Con todos los problemas que se habían acumulado últimamente en su vida, distrayéndolo del trabajo, Tomás descuidó la lectura de Michel Foucault. La llamada de Moliarti tuvo el mérito de hacer volver al primer puesto de sus prioridades la resolución del acertijo de Toscano, por lo que centró de nuevo su atención en la lectura de Vigiar e punir. Ya iba por las últimas páginas, por lo que pudo terminarlo esa misma noche. Cerró el volumen y se quedó contemplándolo; se sentía abatido una vez más, a pesar del enorme esfuerzo que hizo para concentrarse en los detalles, por no haber logrado detectar ninguna pista que lo llevase a responder a la enigmática pregunta formulada por el difunto historiador. Sabiendo que no tenía la opción de desistir y que existía un premio suculento al final del camino, en caso de que lograse llevar a buen término la investigación, se puso una chaqueta y salió de casa; había más libros que consultar y mucho trabajo aún por delante.