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– A partir de las fotocopias que encontré en la casa de la viuda y en los registros de peticiones de las bibliotecas de Lisboa, Río de Janeiro, Génova y Sevilla, es posible establecer, fuera de toda duda, que el profesor Toscano pasó la mayor parte de su investigación averiguando los orígenes de Cristóbal Colón -anunció Tomás-. Parecía sobre todo interesado en analizar todos los documentos que ligan al descubridor de América con Génova y, en particular, quería verificar su fiabilidad. Lo que voy a exponerle a continuación son, en consecuencia, los datos que reunió el profesor y las conclusiones a las que creo que llegó.

– Déjeme aclarar ese punto -pidió Moliarti-. ¿Usted está en condiciones de asegurar que el profesor Toscano no dedicó casi ningún tiempo al estudio del proceso del descubrimiento de Brasil?

– Se dedicó al tema para el que fue contratado en la fase inicial del proyecto, eso me parece seguro. Pero en mitad de la investigación debe de haberse cruzado sin querer con algún documento que lo desvió del rumbo trazado al principio.

– ¿Qué documento?

– Ah, eso no lo sé.

Moliarti meneó la cabeza.

– Son of a bitch! -insultó en voz baja-. Realmente ha estado engañándonos todo ese tiempo.

Se hizo una pausa. Tomás se mantuvo quieto, aguardando a que su interlocutor se calmase. Con gran sentido de la oportunidad, el camarero regresó con las entradas, un foie gras sauté al natural con pera al vino y hojas de achicoria para el estadounidense, y una tarrina de queso de cabra con tomate cherry confitado, manzana caramelizada, miel y orégano para su invitado. El aspecto exquisito del hors d'oeuvre contribuyó a serenar a Moliarti.

– ¿Continúo? -preguntó Tomás en cuanto el camarero se retiró.

– Sí. Go on. -Cogió el tenedor y sumergió su pera en el foie gras sauté-. Buen provecho.

– Gracias -dijo el portugués y se dispuso a probar la manzana caramelizada en el queso de cabra-. Vamos a ver, pues, qué documentos ligan a Colón con Génova. -Se inclinó en la silla y cogió la cartera, que estaba apoyada en una de las patas de la mesa; sacó un folio de la cartera-. Esta es una fotocopia de la carta ciento treinta, remitida por el prior del arzobispado de Granada, el milanés Pietro Martire d'Anghiera, al conde Giovanni Borromeo el 14 de mayo de 1493. -Entregó el folio al estadounidense-. Léala.

Moliarti cogió el folio, lo estudió fugazmente y se lo devolvió.

– Tom, discúlpeme, pero no entiendo latín.

– Ah, perdón. -El portugués sujetó la fotocopia y señaló una frase-. Dice aquí lo siguiente: «redita ab Antipodibus ocidinis Christophorus Colonus, quídam vir ligur».

– ¿Y eso qué quiere decir?

– Quiere decir que llegó de los antípodas occidentales un tal Christophorus Colonus, hombre ligur. -Sacó un segundo folio de la cartera-. Y, en otra misiva dirigida al cardenal italiano Ascanio, la carta ciento cuarenta y dos, se refiere a Cristoforo Colombo como «Colonus ille novi orbis repertor», o sea, Colonus, el descubridor del Nuevo Mundo. -Alzó el dedo-. Atención: Anghiera lo llamó Colonus, no Colombo.

– ¿Dónde están esas cartas?

– Las publicó en 1511 el alemán Jacob Corumberger con el título Legado Babilónica y las reeditó en 1516 el milanés Arnaldi Guillelmi en la obra De orbe novo decades, un relato de la historia de Castilla repleto de errores.

– Pero ¿usted vio las cartas originales?

– No, creo que no se han conservado.

– Entonces los que las compilaron pueden haberse equivocado en las referencias al nombre de Colón.

Tomás balanceó afirmativamente la cabeza mientras acababa el resto de su terrina de queso de cabra.

– Es evidente que, al no existir los textos originales, ése es un problema serio. Además, se ha vuelto incluso recurrente en los documentos sobre los orígenes de Colón. No podemos saber hasta qué punto los copistas fueron rigurosos y hasta qué punto no hubo intentos de apropiación de la nacionalidad del navegante, en algunos casos forjando documentos; en otros, probablemente mayoritarios, cambiando sólo puntos clave de los respectivos contenidos. Como sabe, basta a veces con alterar una simple coma para modificar totalmente el sentido de un texto. Dado que no he visto las cartas originales de Anghiera, sino sólo sus reproducciones de 1511 y 1516, es posible que haya habido adulteración del nombre. Es importante destacar, no obstante, que lo que es válido para el nombre es igualmente válido para la referencia al origen de Colón. Anghiera sugirió que él era de la Liguria, pero ¿se habrá trascrito correctamente el origen del descubridor de América?

– ¿Anghiera conocía personalmente a Cristóbal Colón?

– Algunos historiadores creen que sí, pero la verdad es que, en la carta ciento treinta, él se refiere al navegante como un tal Christophorus Colonus. Ahora bien, cuando una persona, al referirse a otra, dice «un tal», está implícito que, por lo menos en ese momento, no la conoce personalmente, ¿no?

– Vale -asintió Moliarti, mientras acababa el foie gras sauté-. Admitamos que hay problemas de fiabilidad en el texto del tal Anghiera. Pero supongo que existen otros documentos que vinculen a Colón con Génova, ¿o no?

– Hay más cosas, claro. -Tomás sonrió-. Otro italiano, el veneciano Angelo Trevisano, envió en 1501 a un coterráneo suyo una traducción al italiano de una primera versión de De orbe novo decades, de Anghiera, donde mencionó la amistad que Anghiera tenía con «Chistophoro Colombo zenoveze», estableciendo así, y por primera vez de forma clara, el vínculo del navegante con Génova.

– ¿Lo ve?

– El problema es que el profesor Toscano desconfiaba de la veracidad de elementos de esta edición, citando, para ello, en sus notas, las sospechas del investigador Bayerri Bertomeu. Fui a leer a Bertomeu y comprobé que este autor duda de la autenticidad del texto de Anghiera por parecerle que estaba todo adaptado al gusto del público letrado italiano. Es un poco como si De orbe novo decades fuese un texto sensacionalista, del género de los que Américo Vespuccio publicó en esa época sobre el Nuevo Mundo. No decía necesariamente la verdad, sino lo que el público quería escuchar. Y lo que los italianos querían escuchar es que el responsable de la grande scoperta de América era italiano.

– Hmm -murmuró Moliarti, rascándose el mentón-. Me parece pura especulación.

– Es especulación -coincidió Tomás-. Pero, al fin y al cabo, ¿qué no es especulación en torno a la figura de Cristóbal Colón? -Sonrió-. Esa es la cuestión. Sólo permítame que le diga que Trevisano publicó en 1504 el Libretto di tutte le navigationi di Re di Spagna, en el cual se refiere nuevamente al «Cristoforo Colombo Zenovese».

Moliarti señaló la cartera apoyada en el regazo del historiador.