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– ¿Tiene fotocopia de ese texto?

– No -repuso Tomás meneando la cabeza-. No se ha conservado ningún ejemplar del Libretto.

– ¿Entonces cómo sabe lo que allí se dice?

– Lo cita Francesco da Montalboddo en Paesi nuovamente retrovati, publicado en 1507.

– ¿Basta con eso?

– Sí, si aceptamos el principio de las fuentes secundarias. Pero lo cierto es que, una vez más, volvemos a no tener acceso al texto original, sólo a una copia de segunda mano, con todas las consecuencias que puedan derivarse de ello. Por otro lado, es importante subrayar que Trevisano no conoció a Cristóbal Colón personalmente, limitándose, también él, a citar de segunda mano, en este caso Anghiera. Es decir, Montalboddo cita a Trevisano, que cita a Anghiera. -Buscó una anotación en su libreta-. Además, el propio Montalboddo llegó a afirmar que «después de los romanos, sólo los itálicos descubrieron tierras», una declaración extraordinaria que, de tan absurda, indica que este autor tenía la intención de probar que todos los descubridores eran italianos, incluso los que no lo eran. -Miró a su interlocutor-. Como puede suponer, la fiabilidad de la información transmitida en estas condiciones y con estas motivaciones no es muy elevada.

– Eliminemos entonces a Trevisano. ¿Qué queda?

– Muchas cosas, muchas cosas. -Sacó un pequeño volumen de fotocopias de la cartera-. En 1516, diez años después de la muerte de Colón, un fraile genovés que fue obispo de Nebbio, llamado Agostino Giustiniani, publicó un texto en varias lenguas, titulado Psalterium hebraeum, graecum, arabicum et chaldeum, etc., que se reveló un maná de información hasta entonces desconocida. Giustiniani reveló al mundo que el descubridor de América, un Christophorus Columbus de «patria Genuensis», era de «Vilibus ortus parentibus», o sea, de padres plebeyos humildes, dado que el padre habría sido «carminatore», un cardador de lana, al que no nombró. Según Giustiniani, además, Colón fue también cardador de lana, y recibió una instrucción rudimentaria. Antes de morir, habría dejado un diezmo de sus rentas al Ufficio di San Giorgio, el banco de San Jorge, de Génova. Estas informaciones fueron reiteradas por Giustiniani en una segunda obra, el Castigatissimi Annali, publicada póstumamente en 1537, donde sólo corrigió la profesión de Christophorus. Ya no sería un cardador de lana, sino un tejedor de seda.

– Eso coincide con lo que hoy sabemos sobre Cristóbal Colón.

– Sin duda -reconoció Tomás-. Sin embargo, en las notas que dejó, el profesor Toscano enumeró algunos problemas que detectó en toda la información registrada por Giustiniani en el Psalterium y en el Castigatissimi Annali. En primer lugar, Colón no puede haber dejado al banco de Génova un diezmo de sus rentas porque murió en la miseria: un diezmo de nada es menos que nada -dijo esbozando una sonrisa-. Pero éste es sólo un detalle absurdo. Mucho más seria es la información de que Colón era un tejedor de seda sin ninguna instrucción, dado que suscita enormes perplejidades. Entonces, si tejía seda y era un paleto ignorante, ¿dónde diablos consiguió los avanzados conocimientos de cosmografía y náutica que le permitieron navegar por mares desconocidos? ¿Cómo es posible que, en esas condiciones, le hayan confiado, no un barco, sino escuadras enteras? ¿Cómo puede haber llegado a almirante? ¿Es admisible que tal plebeyo se haya casado con doña Filipa Moniz Perestrelo, una portuguesa de origen noble, descendiente de Egas Moniz y pariente del condestable don Nuno Alvares Pereira, en una época de grandes prejuicios de clase en que las uniones entre hombres del pueblo y mujeres de la nobleza no existían? ¿De qué modo un individuó tan ignorante obtuvo acceso a la corte del gran don Juan II, en su tiempo el más poderoso e informado monarca del mundo? -Agitó las copias de las anotaciones de Toscano-. Me parece claro que, para el profesor Toscano, nada de esto tenía sentido. Para colmo, Giustiniani no conoció al navegante personalmente, limitándose a citar informaciones ajenas. El propio hijo español del descubridor, Hernando Colón, acusó a Giustiniani de ser un falso historiador y le señaló varios errores factuales fácilmente comprobables para sugerir, crípticamente, que el autor genovés también había dado falsas informaciones sobre «este caso que es oculto», expresión enigmática del libro de Hernando que se supone referida a los orígenes de su padre.

– I see -murmuró Moliarti taciturno-. ¿Y qué más?

– En lo que respecta a las reivindicaciones italianas hechas en el siglo xvi, no hay más que decir.

El camarero interrumpió la conversación con el almuerzo. Retiró los platos vacíos de las entradas y sirvió unos filetes de rape con limón a Moliarti y un plato de gambas y langostinos al horno con salsa de tomate, limón y alcaparras y gachas de maíz blanco y ciruelas a Tomás; echó en las copas, a petición del estadounidense, un Casal García blanco muy frío.

– Lo que más me gusta de Portugal es el pescado -comentó el hombre de la fundación, a medida que exprimía el limón sobre el rape-. Pescado a la plancha y vino verde frío.

– No está mal, no -coincidió Tomás con una gamba clavada en el tenedor.

– ¡Hmm, delicioso! -exclamó Moliarti mientras saboreaba el rape. Hizo un gesto con el tenedor en dirección a su invitado-. ¿No hay más?

– ¿No hay más qué?

– Pues… cronistas del siglo xvi con ese tipo de referencias a Colón.

– Están los autores ibéricos. -Bebió un trago de vino-. Comencemos por los portugueses. Ruy de Pina, a comienzos del siglo xvi, habló de «Cristovam Colonbo, italiano». Garcia de Resende hizo lo mismo en 1533 y Antonio Galvão en 1550, mientras que Damião de Góis en 1536 y João de Barros y Gaspar Frutuoso en 1552 especificaron el origen genovés del navegante, a quien la mayoría llamaba Colom.

– Son muchas personas diciendo lo mismo…

– En efecto -concedió Tomás-. Pero sólo Ruy de Pina merece crédito especial, pues fue contemporáneo de los acontecimientos y, probablemente, conoció a Colón en persona. Los restantes cronistas portugueses se limitaron a repetirlo, a él y a los autores italianos que ya he mencionado. Unos escribieron que Colón era italiano porque fue eso lo que Pina dijo, otros señalaban el origen genovés porque ésa era la información difundida por Trevisano, Montalboddo y Giustiniani.

– ¿Considera auténtica la afirmación de Pina?

– Totalmente.

– Ah. -Moliarti sonrió frotándose las manos con satisfacción-. Muy bien.

– Pero debo decir que, al consultar las notas del profesor Toscano, comprobé con sorpresa que él tenía dudas.

– ¿Dudas?

– Sí -confirmó Tomás, esbozando un rictus con la boca-. No obstante, no las fundamentó. Sólo anotó a lápiz, al margen de la copia microfilmada de la Crónica do Rei. D. Joao II, que se encuentra en la Torre do Tombo, una observación curiosa. -Consultó la fotocopia en cuestión-. Escribió: «Vaya, esto sí que es bueno», y añadió «listillos».

Moliarti contrajo los músculos faciales, frunció el ceño e hizo una mueca de intriga.

– ¿Qué diablos quiere decir eso?

– No tengo la menor idea, Nelson. Voy a tener que estudiarlo.

El estadounidense meneó la cabeza, condescendiente.

– Bien, ¿y los demás autores ibéricos?

– Ya he mencionado a los portugueses, faltan ahora los españoles. Comencemos por el vicario Andrés Bernáldez, que publicó en 1518 la Historia de los Reyes Católicos. Nuestro amigo Bernáldez dijo que Colón nació al mismo tiempo en dos ciudades, Milán y Génova.

– ¿En dos ciudades? O nació en una o nació en la otra.

– No, si creemos a Bernáldez. La edición de 1556 de su obra, editada en Granada, plantea que Colón nació en Milán, y la de 1570, de Madrid, sitúa su cuna en Génova.