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– Pero ¿no ha dicho usted que publicó el libro en 1518?

– Publicarlo, lo publicó. Pero no se ha conservado ningún ejemplar de las primeras ediciones. Las más antiguas son la de Granada y la de Madrid, que divergen en esa información esencial.

El estadounidense reviró los ojos, impaciente.

– Next.

– El personaje siguiente es otro español -dijo exhibiendo un pequeño fajo de fotocopias-. Se llamaba Gonzalo Fernández de Oviedo y comenzó a publicar su Historia general y natural de las Indias en 1535. Oviedo cita a italianos que se ponen de acuerdo en cuanto a la tierra natal de Colón. Según él, unos dicen que el navegante era de Savona, otros de Nervi y otros incluso de Cugureo. Oviedo no conoció personalmente.1 Colón, y toda la información de que disponía era la de «oír decir» a algunos italianos. -Guardó el fajo de fotocopias en la cartera-. En conclusión, Oviedo no es más que una fuente ele segunda mano.

El estadounidense suspiró con fastidio.

– What else?

– Nos quedan los documentos publicados posteriormente al siglo xvi; tres textos muy importantes, dada la identidad de sus autores.

Hizo una pausa dramática, que despertó la curiosidad de Moliarti.

– ¿Quiénes fueron?

– El historiador español fray Bartolomé de las Casas, el hijo español del descubridor, Hernando Colón, y el propio Cristóbal Colón.

– Muy bien.

– Comencemos por Bartolomé de las Casas que, además de Hernando Colón, fue el cronista contemporáneo a Colón que más escribió sobre el descubridor de América. Redactó su Historia de las Indias entre 1525 y 1559. Dijo que conoció a Colón cuando éste llegó a España y tuvo acceso a sus documentos depositados en el convento de Las Cuevas, en Sevilla. Este historiador le atribuyó origen genovés.

– ¡Ah! -exclamó Moliarti, inclinándose sobre la mesa y rozando con la servilleta los restos del rape-. Ésa es una fuente segura.

– Sin duda -asintió Tomás, mordiendo un langostino-. Lamentablemente, volvemos a encontrar aquí algunos problemas. En primer lugar, la Historia de las Indias no se publicó hasta 1876, más de tres siglos después de haber sido escrita. Quién sabe por qué manos habrá pasado mientras tanto. Lo cierto es que el profesor Toscano detectó raspaduras e intercalaciones en el manuscrito original. Un segundo problema tiene que ver con la fiabilidad del texto de Bartolomé de las Casas. El investigador español Menéndez Pidal encontró exageraciones e inexactitudes, sobre todo en su declaración de que conoció a Colón cuando éste llegó a España.

– ¿No lo conoció?

– Vamos a plantear las cosas de otra manera -dijo Tomás rugiendo un bolígrafo-. Cristóbal Colón entró en España en 1484, proveniente de Portugal. -Escribió «1484» en el reverso de una fotocopia-. De las Casas nació en 1474. -Escribió 1474» por debajo de la fecha anterior y trazó el signo de la resta-. Esto significa que De las Casas conoció al Almirante mando sólo tenía diez años de edad y cuando Cristoforo Colombo, Colón, aún era un desconocido. -Resolvió en el papel el cálculo: «1484 -1474 = 10»-. ¿Le parece creíble que un niño de diez años registre en la memoria un encuentro con un hombre a quien, en aquel momento, ocho años antes del descubrimiento de América, nadie le atribuía la menor importancia? ¿Le parece normal?

Moliarti volvió a suspirar y bajó la vista.

– En efecto…

– Pasemos ahora al testimonio más importante, además del que tenemos del propio Colón. -Guardó el bolígrafo en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un libro de la cartera-. Hernando Colón, el segundo hijo del Almirante, nacido de su relación con la española Beatriz de Arana y autor de la Historia del Almirante. -Le mostró el libro, con el título en castellano, que había comprado en Sevilla-. Aquí está lo que debería ser, sin sombra de dudas, una verdadera mina de informaciones. Hernando Colón era hijo del Almirante y nadie se atreve a discutir el hecho de que conocía a su padre. Tenía, por ello, acceso a información privilegiada. Ahora bien, Hernandito dejó inmediatamente claro que había escrito aquella biografía porque había otros que intentaron hacerlo sin conocer los verdaderos hechos. Entre los falsificadores nombró específicamente a Agostino Giustiniani, el fraile genovés que había anunciado al mundo que Colón había sido tejedor de seda en Génova.

– Pero ¿Hernando confirmó que su padre era de Génova?

– Ahí está el problema. El hijo de Cristoforo Colombo no dijo inequívocamente que era de Génova. Muy por el contrario, reveló haberse desplazado en tres ocasiones a Italia, en 1516, en 1529 y en 1530, para averiguar si tenían fundamento las informaciones difundidas en aquel entonces. Salió en busca de familiares, interrogó a varias personas de apellido Colombo y hurgó en archivos notariales. Nada. No encontró, en las tres veces que pasó por la región de Génova, el rastro de ningún familiar. Sin embargo, localizó los orígenes de su padre en Italia, más concretamente en Piacenza, en cuyo cementerio, según él, existían sepulturas con armas y epitafios de los Colombo. Hernando reveló que sus antepasados eran de sangre ilustre, aunque sus abuelos hubiesen llegado a una situación de gran pobreza, y negó que su padre fuese una persona sin instrucción, llamando la atención sobre el detalle de que sólo alguien con una elevada educación podría dibujar mapas o emprender grandes hazañas. La Historia del Almirante dio también pormenores sobre la llegada de su padre a Portugal. Habría sido a causa de «un hombre, distinguido por su nombre y familia, llamado Colombo», que Hernando identifica después como Colombo el Mozo. Durante un combate en el mar, en algún punto entre Lisboa y el cabo de San Vicente, en el Algarve, Cristóbal habría caído al agua y nadado dos leguas hasta llegar a tierra, agarrado a un remo. Siguió después a Lisboa, donde, según Hernando, «se encontraban muchos de su nación genovesa».

– ¡Ahí está! -exclamó Moliarti con una sonrisa triunfal-. La prueba, dada por el propio hijo de Colón.

– Yo coincidiría con usted -repuso Tomás- si pudiésemos tener la certidumbre de que fue realmente Hernando Colón quien escribió eso.

El estadounidense echó hacia atrás la cabeza, sorprendido.

– ¡Vaya! ¿Y no fue así?

El historiador consultó las fotocopias de las anotaciones de Toscano.

– Por lo visto, el profesor Toscano tenía dudas.

– ¿Qué dudas?

– Dudas relacionadas con la fiabilidad del texto y con extrañas contradicciones e inconsistencias que se descubren en él -aclaró Tomás-. Comencemos por el manuscrito. Hernando Colón culminó su obra, pero no la publicó. Murió sin dejar descendientes, por lo que el manuscrito pasó a su sobrino, Luís de Colón, el hijo mayor de su hermano portugués, Diogo Colom. Luís fue interpelado en 1569 por un genovés llamado Baliano Fornari, que le propuso publicar la Historia del Almirante en tres lenguas: latín, castellano e italiano. El sobrino de Hernando estuvo de acuerdo y entregó el manuscrito a este portugués. Fornari llevó la obra a Génova, la tradujo y en 1576 publicó en Venecia la versión italiana, diciendo que lo hacía para que «pueda ser universalmente conocida esta historia cuya gloria primera debería ir al Estado de Génova, patria del gran navegante». Olvidó las otras dos versiones, incluida la castellana original, e hizo después desaparecer el manuscrito. -Tomás mostró de nuevo el ejemplar en español del libro de Hernando Colón-. Es decir, lo que está aquí no es el texto original en castellano, sino una traducción del italiano, la cual, a su vez es una traducción del castellano encargada por un genovés que se confesaba empeñado en otorgar gloria a Génova. -Dejó el volumen en la mesa-. En definitiva, y en cierto modo, se trata de una fuente más de segunda mano.