– Nelson -dijo Tomás en voz baja-. El príncipe Juan murió el 4 de octubre de 1497.
– ¿Y?
– Haga cuentas. Si murió en 1497, ¿cómo puede haber confirmado la copia de una minuta en 1498? -Guiñó el ojo-. ¿Eh?
Moliarti se quedó estático durante un largo instante, con los ojos fijos en su interlocutor, analizando la incongruencia.
– Bien…, pues… -vaciló.
– Este, mi estimado Nelson, es un problema técnico muy grave. Mina totalmente la credibilidad de la copia del Mayorazgo. Y lo peor es que no constituye la única inconsistencia del documento.
– ¿Hay más?
– Por supuesto. Fíjese solamente en esta frase de Colón. -Cogió una fotocopia del texto-: «Lo suplico al Rey y a la Reina, Nuestros señores, y al Príncipe Don Juan, su primogénito, Nuestro Señor». -Levantó la cabeza y miró al estadounidense-. El mismo problema. Colón hace una súplica al príncipe Juan como si éste aún estuviera vivo, cuando ya había muerto el año anterior con sólo diecinueve años. El acontecimiento fue tan sonado en la época que la corte se vistió de luto riguroso, las instituciones públicas y privadas se mantuvieron cerradas durante cuarenta días y se colocaron señales de luto en los muros y puertas de las ciudades españolas. En esas condiciones, y siendo una persona cercana a la corte, y en particular a la reina, ¿cómo es posible que el Almirante desconociese la muerte del príncipe don Juan? -Sonrió y meneó la cabeza-. Ahora fíjese en ésta. -Volvió a observar las fotocopias-. «Habrá el dicho Don Diego…» -empezó para inmediatamente interrumpirse y aclarar-: Diego es Diogo en castellano. -Después retomó la lectura -: «o cualquier otro que heredare este Mayorazgo mis oficios de Almirante del Mar Océano, que es de la parte del Poniente de una raya que mandó asentar imaginaria su Alteza sobre a cien leguas sobre las islas de las Azores, y otros tanto sobre las de Cabo». -Miró a Moliarti-. Esta breve frase tiene una increíble serie de inconsistencias. En primer lugar, ¿cómo es posible que el gran Cristóbal Colón afirmase que el meridiano de Cabo Verde es igual al de las Azores? ¿No sabía lo que todos los hombres de mar ya conocían en esa época, es decir, el hecho de que las Azores están más al oeste que Cabo Verde? ¿Alguien cree que el descubridor de América, que, incluso, llegó a visitar esos dos archipiélagos portugueses, fuera capaz de afirmar semejante burrada? En segundo lugar, es preciso acotar que esta referencia a las cien leguas consta en la bula papal Inter caetera, fechada en 1493 y referente al Tratado de Alcáçovas/Toledo. El problema es que en 1498, cuando se firmó el Mayorazgo, ya estaba en vigor el Tratado de Tordesillas, hecho sobradamente conocido por Colón, dado que fue él mismo quien estuvo en la gestación de esa línea divisoria del mundo entre Portugal y España. ¿Cómo es posible, pues, que el Almirante usase expresiones papales referentes a un tratado que ya no era válido? ¿Se habría vuelto loco? En tercer lugar, al decir que aquélla era «de una raya que mandó asentar imaginaria, su Alteza», estaba anticipando la muerte de la reina Isabel, que falleció en 1504, seis años más tarde. ¿Cómo es posible que Colón se dirigiese en singular a los dos Reyes Católicos? Lo normal, como aparece en cualquier documento de la época, era dirigirse a «Sus Altezas»; «Sus», en plural. ¿Habría decidido Colón insultar a uno de los reyes, insinuando su inexistencia? ¿O acaso este documento fue escrito después de 1504, cuando sólo había un monarca, por un falsario que descuidó tal detalle y que falsificó la fecha poniendo 1498?
– I see -comentó Moliarti cabizbajo-. ¿Eso es todo?
– No, Nelson. Hay más. Es importante que analicemos la cuestión de que Cristóbal Colón haga en el Mayorazgo nada más ni nada menos que cuatro referencias a Génova. -Levantó cuatro dedos-. Cuatro. -Bajó dos-. Y que dos de esas referencias mencionen explícitamente que ésa es la ciudad donde nació. -Se recostó en la silla y reordenó las fotocopias-. Fíjese. Cristóbal Colón se pasó toda la vida escondiendo su origen. Su preocupación fue de tal modo obsesiva que el criminòlogo Cesare Lombroso, uno de los mayores detectives del siglo xix, lo calificó de paranoico. Sabemos, por su hijo Hernando, que el Almirante, después del descubrimiento de América, en 1492, se volvió aún más reservado. Fíjese en esta frase de su hijo en la Historia del Almirante. -Abrió el libro y buscó un pasaje subrayado-. «Quando fue su persona a propósito y adornaba de todo aquello, que convenía para tan grand hecho, tanto menos conocido y cierto quiso que fuese su origen y patria.» -Miró a su interlocutor-. Es decir, cuanto más conocido se volvía Colón, menos quería que se supiese cuál era su origen y patria. Así pues, ¿este hombre se pasa años y años manteniendo el secreto sobre el lugar donde nació, haciendo un estoico trabajo para encubrir ese hecho bajo un espeso manto de silencio, y, de repente, se le cruza un cable y, sin más, suelta un reguero de referencias a Génova en su testamento, borrando de un plumazo todos sus esfuerzos anteriores? ¿Tiene esto algún sentido?
Moliarti suspiró.
– Explíqueme, Tom. ¿Significa que ese testamento es falso?
– Ésa, Nelson, fue la conclusión a la que llegó el tribunal español. De tal modo que la herencia acabó atribuyéndose a don Nuno de Portugal, otro nieto de Diogo Colom.
– Y la confirmación real de 1501, que está guardada en el Archivo General de Simancas, ¿también es falsa?
– Sí.
– Vaya por Dios, no entiendo. ¿Cómo puede haber una confirmación con sello real que sea falsa?
– Lo que existe en el Archivo General de Simancas es un libro de registros del Sello Real de la Corte referente al mes de septiembre de 1501. Pero esa confirmación es anacrónica, dado que también ella menciona al príncipe don Juan como si estuviera vivo. -Se golpeó las sienes con el índice-. Métase esto en la cabeza: jamás la corte registraría un documento dirigido a un príncipe primogénito que ya hubiese muerto; eso sería inaceptable. -Hizo una pausa-. Ahora, Nelson, preste atención a lo que voy a decirle a continuación. Existe un testamento verdadero, pero ha desaparecido. Algunos historiadores, como el español Salvador de Madariaga, creen probable la hipótesis de la falsificación, aunque consideren que muchas cosas del testamento falso están basadas en ese documento original ya perdido. -Consultó sus notas-. Escribió Madariaga: «La mayor parte de las cláusulas ejecutivas son probablemente, pero sólo probablemente, exactas». Entre ellas, la de la extraña firma con iniciales en pirámide. Ésa es también la opinión del historiador Luis Ulloa, quien descubrió que la copia falsificada del Mayorazgo, presentada por el susodicho abogado Verástegui, pasó por las manos de Luisa de Carvajal, que estuvo casada con un tal Luis Buzón, hombre conocido por mutilar y alterar documentos.
– ¿Y el profesor Toscano? ¿Qué opinaba?
– El profesor Toscano coincidía claramente con el tribunal y con Madariaga y Ulloa y creía en la hipótesis de la falsificación a partir de un testamento verdadero, el que se perdió. Por otra parte, sólo el fraude explica estas graves inconsistencias en el texto. Como ya le he indicado, todo el mundo quería ser heredero de Cristoforo Colombo o de Cristóbal Colón y es muy natural que, en tales circunstancias, habiendo tanto dinero en juego, apareciesen falsificadores. Si se especula un poco, se puede creer que un falsario habilidoso, probablemente el tal Luis Buzón, haya rehecho el testamento, con elevada calidad desde el punto de vista técnico, y copiando correctamente las partes más inocuas del documento, incluido lo esencial de las cláusulas ejecutivas, pero que no se haya dado cuenta de determinados anacronismos en el texto que pergeñaba, por falta de conocimientos específicos, especialmente en relación con las súplicas de Colón a un príncipe ya muerto, las disparatadas referencias geográficas evidentemente inspiradas en una consulta a la incorrecta bula papal, la alusión anacrónica al Tratado de Alcáçovas/Toledo y la inaceptable eliminación de uno de los dos reyes en la referencia a «Su Alteza» en singular, detalle que, al ser escrito en la época de los Reyes Católicos, sería insultante, pero, de serlo después de la muerte de al menos uno de ellos, ya no constituiría un problema. -Hizo un gesto con la mano, como si quisiera añadir algo más-. Además, convengamos en que es extraño que Colón haya muerto en 1506 y este testamento no haya aparecido enseguida. Cuando alguien hace un testamento es para que sea conocido y respetado después de su muerte, ¿no? Pero, por lo visto, el Mayorazgo no apareció en el momento en que es normal que aparezcan los testamentos, es decir, inmediatamente después de la muerte de sus autores; por el contrario, lo hizo mucho más tarde. Colón falleció en 1506 y el testamento sólo se materializó en 1578, más de setenta años después. Además, apareció en un periodo en que a una de las partes le convenía que apareciese, aunque con gravísimos anacronismos e incongruencias. En estas circunstancias, ¿qué confianza podríamos tener nosotros en lo que ahí está escrito, eh? -Esbozó una expresión de agobio-. Ninguna.